Diario de Madrid
Sindicación
 
ALCOHOLISMO
Con los hilos de la noche (y del mundo) enmarañando mi cabeza, pongo a las pocas neuronas que me quedan en funcionamiento. Atención, firmes, arrr... y paso lista, para ver cuántas murieron en la farra de anoche. Vaya, vaya, no son pocas. Pero no importa, está bien. Todavía quedan para dar y tomar. Rompan filas.
En el Colby, leo a (y me identifico con) John Cheever. Voy por los apuntes de los años sesenta, y el hombre ya es un alcohólico en toda regla, se bebe todo lo que pilla, sufre síndrome de abstinencia si no lo hace, grita a su mujer y a sus hijos, es tremendamente infeliz con su homosexualidad no resuelta. Etcétera. Ayer, en el Angie (cómo no), frente a M, E&R, me preguntaba en voz alta si yo podría terminar alcoholizado. Creo que no. Es cierto que bebo de una forma habitual y más que compulsiva -en realidad, ahora que lo pienso, soy compulsivo en todo-, pero jamás lo hago estando solo, ni fuera de las salidas nocturnas que alegran mi existencia. Beber, pues, no es un problema ni una necesidad, no me tiemblan las manos cuando me llevo el vaso a los labios, no tartamudeo desesperado por una copa. Pero habrá que estar ojo a vizor, no se me vaya la pinza. A veces repaso este diario y me pregunto qué pensará quien me lea y no me conozca. Un tipo que bebe más de la cuenta, folla lo justo y necesario (lo que le dejan), ambivalente en sus emociones, con frecuentes periodos de tristeza intercalados de euforias absurdas. ¿Soy yo ése? Soy ese personaje y muchos más. El niño que enterré hace tiempo también vive en mí y, de cuando en cuando, hace de las suyas. Y el buen/mal hijo tampoco desaparece. Y el payasete divertido que no puede evitar encadenar una broma con otra. Y el tío maduro que dice cosas muy inteligentes y sensatas. Y el alevín de escritor que ya no se quiere comer el mundo, por si acaso. Y el eterno desparejado a la busca de su amorcito. Y el hijoputa canalla que siempre está esperando al próximo amante mientras aún abraza y susurra palabras de amor al oído del que tiene entre las manos. Un conjunto curioso de contradicciones.

Anoche, cuando E&R se marcharon, aún permanecimos un buen rato en el Angie. El penúltimo porro me tumbó y hube de salir precipitadamente del bar, no fuera a dar el espectáculo. No vomité, pero la pálida fue de antología. El camino a casa (apenas tres minutos en condiciones normales) se alargó y se alargó. Cada pocos metros había de parar y sentarme, la cabeza entre las piernas, M/buen samaritano a mi vera, cuidándome y hablándome no sé muy bien de qué. Ya en mi cuarto se hizo el último porro y aunque sólo le di un par de caladas, no fuera a terminar de matarme, me revolucionó por dentro y me puso muy caliente. Hubo un conato de sexo entre los dos, aunque él estaba muy cansado. Se quedó, como siempre, en una ternura extrema, que de todos modos a mí me calmó los ánimos. Pero me sigue gustando dormir a su lado, bucear con las manos en su cuerpo delgado y suave, sin estridencias, que tan bien conozco. Y que a la mañana siguiente nada de eso se interponga en una amistad que cumple por estas fechas diez años. Que sea el amigo que me perdona los deslices y hace que éstos no lo sean.
 
Comentario:
por cierto, no olvido q tenemos una celebración pendiente, diario en mano, porrito en mano... necesito darle brillo al recuerdo, q anda medio nublado, ay. no olvido la promesa, y la escribo aquí por eso, para no olvidarla...
 
Comentario:
a tu vera, diciéndote cosas bonitas... hoy quizá hace diez años que en un bus urbano de santander dos personas se conocían alucinadas, mientras afuera llovía realidad a manos llenas. a mi también, dormir, a tu lado.
No