ENCAMADOS
Lluvia, lluvia, lluvia. Nada hay más deprimente para mí que una mañana pasada por agua, cielos grises, poquísima luz, prisas en la calle y sueño en la mirada. Vuelvo, en un segundo (como si nunca me hubiera marchado del todo), a los días de niñez y adolescencia en Santander, a la cárcel para jóvenes raritos y con ínfulas literarias que fue para mí Santander...
Aún hoy arrastro la resaca (¿emocional?) que J me dejó ayer. Amigo de R (uno de esos amigos gays que me quiere presentar, para ver si alguno casa conmigo), le conocí la noche del lunes, cuando se unieron en el Angie a todos nosotros. Según le vi, no me gustó. Un chico de lo más normalito, delgado, 25 años, con entradas. Poco más. Para nada mi tipo, en ningún caso uno de esos efebos de pelo largo, lánguidos (y normalmente, ay, aburridos), que me suelen espolear el deseo cuando camino por ahí, o estoy sentado en un parque, o en el autobús camino del trabajo –los niñatos de instituto de la calle Padre Damián... Así se lo solté a E (que me miraba curiosa y con un algo de sorna en la punta de la nariz).
–¿Y éste es el tío que R me iba a presentar? No me gusta nada.
–Parece majo.
–Es feo.
Y bien que me tragué mis propias palabras, apenas unas horas más tarde. Cuando se fueron J&A, quedamos solamente E&R, J y yo. Ellas no estaban muy por la labor de trasnochar, E especialmente se caía por las esquinas (menos mal que, sentada, apenas se le notaba), pero yo me resistía a irme, no bien la noche iba discurriendo por su cauce habitual de mahous y polémicas encendidas (cine, literatura, política), consciente de que J me iba gustando, como un cosquilleo suave en la boca del estómago, y que sin ellas delante la reunión no prosperaba. Resultó ser un tío divertido y ácido, inteligente. Despierto. A las tantas, dejamos el Angie y nos vinimos los cuatro a casa. Ya en el salón (las niñas emigraron al cuarto de R, a las labores propias de su sexualidad), no pude sino prenderme con ansia de su boca, como antes me había colgado de sus palabras. Terminamos en la cama, claro, aunque a mí me sobraban el alcohol y el sueño.
Hasta aquí, lo tantas y tantas veces contado. Una crónica más de seducción y sexo. Vale. Pero luego llegaron las doce del mediodía y me desperté y seguía a mi lado. Y me gustó que estuviera allí –no como otras veces, en que lo único que deseo es que se vistan, rapidito, y desaparezcan–, que me besara fuerte (su barba de días raspándome la nariz, luego en la redacción me comentaron lo roja que estaba) y me abrazara más fuerte todavía. Sentir su piel y el calor que desprendía su cuerpo. Fue un momento de rara intimidad, en que hicimos nuestros los versos de Gil de Biedma, y dejamos que se nos poblara el cuarto de sol y vecindad tranquila, de mañana y de cotidianidad. Hubo muchas risas (bendito sea el sentido del humor), mucho juego de palabras, muchas caricias repetidas. Ya casi al final –eran las cuatro y media, yo trabajaba y debíamos, sí o sí, levantarnos–, a una frase mía, me dijo:
–Estás tratando de parecer interesante–, mientras se echaba a reír.
Yo me quedé sorprendido y un poco cortado (no era consciente de intentar parecer nada, o quizás sí, sin quererlo estaba desplegando la cola de pavo real).
–Joder, eso me pasa por irme a la cama con mentes que luego piensan.
–Ya ves, es lo que tenemos las mentes.
–Bueno... habrá que intentar estar a la altura de las circunstancias.
Luego ya hubo que levantarse. Y como siempre ocurre, en el momento en que recuperamos la verticalidad hubo como una desconexión, ya no éramos un revoltijo de brazos y piernas que se unían y separaban, ni dos alientos que se buscaban, se saboreaban, se mordían. Éramos J y F, dos adultos que se desconocían y se observaban, sorprendidos, en guardia. Con la excusa de la foto en el periódico –que le había robado en un descuido suyo, en el Angie–, le pedí el teléfono. Me lo dio pero no me pidió el mío. Nos despedimos en la Gran Vía, con un beso torpe de principiantes.
Lo demás ya es producto de mi imaginación, las vueltas y desvueltas que le estoy dando a una historia que no es más que lo que es. En el bus hasta el curro, le envié un mensaje en plan "éste es mi número, me gustó conocerte, espero repetir". No contestó. Y cuando le llamé a eso de las nueve, por motivos estrictamente periodísticos (ejem, ejem), estuvo simpático pero no dijo nada de vernos otro día, no sé, el fin de semana, a la mañana siguiente, esa misma noche en su casa o en la mía... Así que uno, que es muy disciplinado, se como las ganas con patatas y no le llamará más mientras no dé señales de vida.
Por una parte, me gustaría saber de él. Que esto no se quede en una noche loca y punto. Por otra... por otra parte, me complicaría la vida. Y no quiero. Raymond, el mulato neoyorquino, llega a Madrid este 2 de noviembre. Y no he olvidado todavía (cómo podría) lo bien que siempre lo hemos pasado juntos. Y están los otros, los chicos desconocidos que aún no están a mi lado, que son otras tantas excitantes posibilidades de aventuras por vivir. No sé. De momento, J ha sido una mañana muy bonita.
Como con Marisa para lo de la crítica gastronómica. Está triste (sus ojos, muy parecidos a los de Bette Davis, son dos focos apagados que barren la sala y se quedan fijos en un punto lejano), cabreada con su jefa, aburrida de lo que hace. Es un cúmulo de frases tópicas que, a la postre, me aburren. Cada vez que quiere decir que algo está "que te cagas" dice "que te Cangas de Onís". Mi jefa, en la misma línea, dice "que te defecas". Hablamos del Ejército (su marido es militar), y me dice que el que decidió acabar con la mili "se cubrió de gloria". Ahora no tienen gente, y aquello es un sumidero de lo peor de cada casa, "putas, chorizos, camellos, asesinos, gente límite". Su marido está desesperado, porque ni siquiera les dejan "dar un coscorrón de cuando en cuando a los reclutas", no sabe adónde vamos a llegar. ¿A la desaparición del Ejército, tal vez? Se acaba la comida como empezó, otro poquito de tópicos, saludo del chef (todo sonrisas: es el poderrrr del cuarto ídem), paseo con Marisa hasta su oficina, autobús 150 al curro y otra tarde más en el tajo. Tacatá.
Aún hoy arrastro la resaca (¿emocional?) que J me dejó ayer. Amigo de R (uno de esos amigos gays que me quiere presentar, para ver si alguno casa conmigo), le conocí la noche del lunes, cuando se unieron en el Angie a todos nosotros. Según le vi, no me gustó. Un chico de lo más normalito, delgado, 25 años, con entradas. Poco más. Para nada mi tipo, en ningún caso uno de esos efebos de pelo largo, lánguidos (y normalmente, ay, aburridos), que me suelen espolear el deseo cuando camino por ahí, o estoy sentado en un parque, o en el autobús camino del trabajo –los niñatos de instituto de la calle Padre Damián... Así se lo solté a E (que me miraba curiosa y con un algo de sorna en la punta de la nariz).
–¿Y éste es el tío que R me iba a presentar? No me gusta nada.
–Parece majo.
–Es feo.
Y bien que me tragué mis propias palabras, apenas unas horas más tarde. Cuando se fueron J&A, quedamos solamente E&R, J y yo. Ellas no estaban muy por la labor de trasnochar, E especialmente se caía por las esquinas (menos mal que, sentada, apenas se le notaba), pero yo me resistía a irme, no bien la noche iba discurriendo por su cauce habitual de mahous y polémicas encendidas (cine, literatura, política), consciente de que J me iba gustando, como un cosquilleo suave en la boca del estómago, y que sin ellas delante la reunión no prosperaba. Resultó ser un tío divertido y ácido, inteligente. Despierto. A las tantas, dejamos el Angie y nos vinimos los cuatro a casa. Ya en el salón (las niñas emigraron al cuarto de R, a las labores propias de su sexualidad), no pude sino prenderme con ansia de su boca, como antes me había colgado de sus palabras. Terminamos en la cama, claro, aunque a mí me sobraban el alcohol y el sueño.
Hasta aquí, lo tantas y tantas veces contado. Una crónica más de seducción y sexo. Vale. Pero luego llegaron las doce del mediodía y me desperté y seguía a mi lado. Y me gustó que estuviera allí –no como otras veces, en que lo único que deseo es que se vistan, rapidito, y desaparezcan–, que me besara fuerte (su barba de días raspándome la nariz, luego en la redacción me comentaron lo roja que estaba) y me abrazara más fuerte todavía. Sentir su piel y el calor que desprendía su cuerpo. Fue un momento de rara intimidad, en que hicimos nuestros los versos de Gil de Biedma, y dejamos que se nos poblara el cuarto de sol y vecindad tranquila, de mañana y de cotidianidad. Hubo muchas risas (bendito sea el sentido del humor), mucho juego de palabras, muchas caricias repetidas. Ya casi al final –eran las cuatro y media, yo trabajaba y debíamos, sí o sí, levantarnos–, a una frase mía, me dijo:
–Estás tratando de parecer interesante–, mientras se echaba a reír.
Yo me quedé sorprendido y un poco cortado (no era consciente de intentar parecer nada, o quizás sí, sin quererlo estaba desplegando la cola de pavo real).
–Joder, eso me pasa por irme a la cama con mentes que luego piensan.
–Ya ves, es lo que tenemos las mentes.
–Bueno... habrá que intentar estar a la altura de las circunstancias.
Luego ya hubo que levantarse. Y como siempre ocurre, en el momento en que recuperamos la verticalidad hubo como una desconexión, ya no éramos un revoltijo de brazos y piernas que se unían y separaban, ni dos alientos que se buscaban, se saboreaban, se mordían. Éramos J y F, dos adultos que se desconocían y se observaban, sorprendidos, en guardia. Con la excusa de la foto en el periódico –que le había robado en un descuido suyo, en el Angie–, le pedí el teléfono. Me lo dio pero no me pidió el mío. Nos despedimos en la Gran Vía, con un beso torpe de principiantes.
Lo demás ya es producto de mi imaginación, las vueltas y desvueltas que le estoy dando a una historia que no es más que lo que es. En el bus hasta el curro, le envié un mensaje en plan "éste es mi número, me gustó conocerte, espero repetir". No contestó. Y cuando le llamé a eso de las nueve, por motivos estrictamente periodísticos (ejem, ejem), estuvo simpático pero no dijo nada de vernos otro día, no sé, el fin de semana, a la mañana siguiente, esa misma noche en su casa o en la mía... Así que uno, que es muy disciplinado, se como las ganas con patatas y no le llamará más mientras no dé señales de vida.
Por una parte, me gustaría saber de él. Que esto no se quede en una noche loca y punto. Por otra... por otra parte, me complicaría la vida. Y no quiero. Raymond, el mulato neoyorquino, llega a Madrid este 2 de noviembre. Y no he olvidado todavía (cómo podría) lo bien que siempre lo hemos pasado juntos. Y están los otros, los chicos desconocidos que aún no están a mi lado, que son otras tantas excitantes posibilidades de aventuras por vivir. No sé. De momento, J ha sido una mañana muy bonita.
Como con Marisa para lo de la crítica gastronómica. Está triste (sus ojos, muy parecidos a los de Bette Davis, son dos focos apagados que barren la sala y se quedan fijos en un punto lejano), cabreada con su jefa, aburrida de lo que hace. Es un cúmulo de frases tópicas que, a la postre, me aburren. Cada vez que quiere decir que algo está "que te cagas" dice "que te Cangas de Onís". Mi jefa, en la misma línea, dice "que te defecas". Hablamos del Ejército (su marido es militar), y me dice que el que decidió acabar con la mili "se cubrió de gloria". Ahora no tienen gente, y aquello es un sumidero de lo peor de cada casa, "putas, chorizos, camellos, asesinos, gente límite". Su marido está desesperado, porque ni siquiera les dejan "dar un coscorrón de cuando en cuando a los reclutas", no sabe adónde vamos a llegar. ¿A la desaparición del Ejército, tal vez? Se acaba la comida como empezó, otro poquito de tópicos, saludo del chef (todo sonrisas: es el poderrrr del cuarto ídem), paseo con Marisa hasta su oficina, autobús 150 al curro y otra tarde más en el tajo. Tacatá.
Comentario:
Nada, que no te casamos. Mejor porque se acabaría la inspiración de tu blog. Besos.
Comentario:
me ha sabido muy bien este post... ay, ese corazoncito :-)