PROBLEMAS EN EL PISO
El fin de semana ha sido una sucesión de cafés y salidas con los amigos, mucha calle y poco hogar dulce hogar. Apenas he estado en casa lo justo para dormir. P, mi compañera de piso, empieza de nuevo a tocarme las narices con su puto novio.
Veamos, se conocieron hace año y medio, allá por febrero de 2003. Desde el principio han sido la típica pareja (insoportable) que no se separa ni para ir al baño, de los que se hacen muchos arrumacos y todo lo resuelven por la vía del diminutivo. Por no hablar de sus polvos hiper ruidosos y mega estupendos (que me he chupado, una y otra vez, porque en casa las paredes son de papel y entre su habitación y la mía hay una puerta de separación). Por entonces yo estaba en plena crisis con A y no sabía cómo hacer para quitármelo de encima, así que cuando vi que Pedro se iba quedando un poco más cada día, iba metiendo su pezuñita en casa –una mañana no se levantó al sonar el despertador y, cuando P se fue a trabajar, él se quedó solo en la habitación; otro día se hizo con un juego de llaves y ya comenzó a llegar cuando le daba la gana–, miré para otro lado y me desentendí de la historia. De ese modo conseguí tener a P de mi parte en la guerra con A, pero no sabía todavía a costa de qué.
Una vez que A se fue del piso (menuda fiesta ese día), empecé a sufrir la presencia agobiante, continua, de Pedro. Que a todos los efectos vivía con nosotros, dormía cada noche en casa, tomó como su cuartel de invierno el salón (a cualquier hora, allí estaba él, comiendo algo o viendo una peli de las que le gustan, Stallone y esas cosas). Yo no me podía oponer a algo que había permitido, con lo que me sentía atrapado en mi propia trampa. Eso me pasa por dármelas de Maquiavelo...
Bueno, resumiendo. Fue un largo, largo año aguantando al maromo, con alguna pelea entre P y yo (Pedro siempre escondía la mano, aunque detrás de las piedras con que me tiraba P, podía verle perfectamente a él) y mucha mala hostia acumulada. Este verano entraron en crisis y decidieron vivir cada uno por su lado. Pedro alquiló un piso en alguna parte del extrarradio y yo recuperé la tranquilidad en el mío. De cuando en cuando se ven en casa, claro, todavía son novios, pero ya no es la invasión continua que fue. ¿Problema? Este finde, por ejemplo, ha estado en casa a todas horas. Entrando y saliendo a su antojo. Se lo había dejado muy claro a P, "no quiero más novios en este plan, mientras tú estés en casa no tengo nada que decir, pero en cuanto salgas por la puerta él no se queda, se va contigo". Como durante tanto tiempo hice el idiota, la tía debe pensar que soy gilipollas. Y no. Tontín, de vez en cuando, pero cuando me canso me canso. Estoy hasta los mismísimos del zángano de Pedro.
Anoche, por no estar en casa, fui a los Luna. En principio quería ver "El bosque", pero ya la habían quitado, así que como mal menor decidí meterme a ver "Olvídate de mí", de Michel Gondry. Me esperaba cualquier cosa tirando a mala, porque a Jim Carrey no le soporto. Y salí de allí enamorado de la película, que me pareció buenísima.
Luego, como aún no me apetecía ir a dormir, me acerqué hasta Lavapiés, donde estaban E, Espe, L y A (los tres hermanos, a quienes pedí perdón por el desaguisado que monté el día de la fiesta en su casa), junto con más gente. Conocí a Noelia, de la que había oído hablar mucho. Empaque de señora mayor, delgada, ojeras profundas, una mirada de miope velada de tristeza. Apenas si hablamos (lo hice más con Leo, una amiga suya que E dice que se parece a Leonor Watling... E cuando bebe dos o tres cervezas cree ver a la Watling asomarse en todos los rostros) y para las tres de la madrugada el grupo se deshizo. Nos quedamos solos E y yo contra los elementos, así que enfilamos para Chueca, sección Escape. Allí, alcohol y Emilio, un semi cachas embutido en una camiseta azul con el que ligué y a quien terminé por subir a casa. Trabaja en algo de la construcción, tenía un aire franco, de buena persona, sin dobleces. Como debía levantarse a las 9.30 para ir hasta Móstoles y que su abuela no se encontrara sola en casa cuando se despertara, tampoco estuvimos tanto tiempo juntos y yo pude dormir a pierna suelta hasta bien tarde. Al despedirnos, no hubo intercambio de teléfonos. Mejor.
Leo los "Diarios", de John Cheever. Un alma atormentada. ¿Un alma atormentada? Y qué cojones significa esto. Somos esclavos de los lugares comunes, soltamos una frase hecha y nos quedamos tan tranquilos, amparados en su significado de cartón piedra, bien calentitos en su interior. Alma atormentada. Cuando era pequeño, jugaba a repetir una y otra vez alguna palabra. Llegaba un momento (mágico) en que esa palabra perdía corporeidad, se convertía en otra cosa completamente distinta. Era como atisbar otro universo paralelo al nuestro, al que quizás se podría acceder de algún modo, como Alicia con el espejo. Las frases tópicas nos alejan de aquel mundo; la literatura, la buena literatura, supone dinamitar ese camino trillado de palabras llenas de significación, tirar por la calle de en medio, machete en mano, y abrir una vía nueva. La literatura es desmontar pieza por pieza la maquinaria de lo previsible, despanzurrarla y mostrar sus vísceras de tuercas y alambres.
Veamos, se conocieron hace año y medio, allá por febrero de 2003. Desde el principio han sido la típica pareja (insoportable) que no se separa ni para ir al baño, de los que se hacen muchos arrumacos y todo lo resuelven por la vía del diminutivo. Por no hablar de sus polvos hiper ruidosos y mega estupendos (que me he chupado, una y otra vez, porque en casa las paredes son de papel y entre su habitación y la mía hay una puerta de separación). Por entonces yo estaba en plena crisis con A y no sabía cómo hacer para quitármelo de encima, así que cuando vi que Pedro se iba quedando un poco más cada día, iba metiendo su pezuñita en casa –una mañana no se levantó al sonar el despertador y, cuando P se fue a trabajar, él se quedó solo en la habitación; otro día se hizo con un juego de llaves y ya comenzó a llegar cuando le daba la gana–, miré para otro lado y me desentendí de la historia. De ese modo conseguí tener a P de mi parte en la guerra con A, pero no sabía todavía a costa de qué.
Una vez que A se fue del piso (menuda fiesta ese día), empecé a sufrir la presencia agobiante, continua, de Pedro. Que a todos los efectos vivía con nosotros, dormía cada noche en casa, tomó como su cuartel de invierno el salón (a cualquier hora, allí estaba él, comiendo algo o viendo una peli de las que le gustan, Stallone y esas cosas). Yo no me podía oponer a algo que había permitido, con lo que me sentía atrapado en mi propia trampa. Eso me pasa por dármelas de Maquiavelo...
Bueno, resumiendo. Fue un largo, largo año aguantando al maromo, con alguna pelea entre P y yo (Pedro siempre escondía la mano, aunque detrás de las piedras con que me tiraba P, podía verle perfectamente a él) y mucha mala hostia acumulada. Este verano entraron en crisis y decidieron vivir cada uno por su lado. Pedro alquiló un piso en alguna parte del extrarradio y yo recuperé la tranquilidad en el mío. De cuando en cuando se ven en casa, claro, todavía son novios, pero ya no es la invasión continua que fue. ¿Problema? Este finde, por ejemplo, ha estado en casa a todas horas. Entrando y saliendo a su antojo. Se lo había dejado muy claro a P, "no quiero más novios en este plan, mientras tú estés en casa no tengo nada que decir, pero en cuanto salgas por la puerta él no se queda, se va contigo". Como durante tanto tiempo hice el idiota, la tía debe pensar que soy gilipollas. Y no. Tontín, de vez en cuando, pero cuando me canso me canso. Estoy hasta los mismísimos del zángano de Pedro.
Anoche, por no estar en casa, fui a los Luna. En principio quería ver "El bosque", pero ya la habían quitado, así que como mal menor decidí meterme a ver "Olvídate de mí", de Michel Gondry. Me esperaba cualquier cosa tirando a mala, porque a Jim Carrey no le soporto. Y salí de allí enamorado de la película, que me pareció buenísima.
Luego, como aún no me apetecía ir a dormir, me acerqué hasta Lavapiés, donde estaban E, Espe, L y A (los tres hermanos, a quienes pedí perdón por el desaguisado que monté el día de la fiesta en su casa), junto con más gente. Conocí a Noelia, de la que había oído hablar mucho. Empaque de señora mayor, delgada, ojeras profundas, una mirada de miope velada de tristeza. Apenas si hablamos (lo hice más con Leo, una amiga suya que E dice que se parece a Leonor Watling... E cuando bebe dos o tres cervezas cree ver a la Watling asomarse en todos los rostros) y para las tres de la madrugada el grupo se deshizo. Nos quedamos solos E y yo contra los elementos, así que enfilamos para Chueca, sección Escape. Allí, alcohol y Emilio, un semi cachas embutido en una camiseta azul con el que ligué y a quien terminé por subir a casa. Trabaja en algo de la construcción, tenía un aire franco, de buena persona, sin dobleces. Como debía levantarse a las 9.30 para ir hasta Móstoles y que su abuela no se encontrara sola en casa cuando se despertara, tampoco estuvimos tanto tiempo juntos y yo pude dormir a pierna suelta hasta bien tarde. Al despedirnos, no hubo intercambio de teléfonos. Mejor.
Leo los "Diarios", de John Cheever. Un alma atormentada. ¿Un alma atormentada? Y qué cojones significa esto. Somos esclavos de los lugares comunes, soltamos una frase hecha y nos quedamos tan tranquilos, amparados en su significado de cartón piedra, bien calentitos en su interior. Alma atormentada. Cuando era pequeño, jugaba a repetir una y otra vez alguna palabra. Llegaba un momento (mágico) en que esa palabra perdía corporeidad, se convertía en otra cosa completamente distinta. Era como atisbar otro universo paralelo al nuestro, al que quizás se podría acceder de algún modo, como Alicia con el espejo. Las frases tópicas nos alejan de aquel mundo; la literatura, la buena literatura, supone dinamitar ese camino trillado de palabras llenas de significación, tirar por la calle de en medio, machete en mano, y abrir una vía nueva. La literatura es desmontar pieza por pieza la maquinaria de lo previsible, despanzurrarla y mostrar sus vísceras de tuercas y alambres.
Comentario:
claro que sí. la buena literatura es escribir torcido.