LEYENDO
A través del ventanal del café, veo a un hombre de mediana edad apoyado en la esquina del edificio de enfrente. Una pierna flexionada contra la pared de piedra, la mano izquierda sobre la rodilla doblada. Luce una barbita puntiaguda y entrecana, lleva gafas de montura dorada. Ahora mismo sale el sol por entre las nubes que amenazan lluvia, sólo durante un minuto; y el hombre eleva el rostro hacia la luz y cierra los ojos, disfruta del calor corriéndole por la frente, por los pómulos y la nariz curva, judía. Al sol parece mayor, el juego de luces y sombras en su cara le añade años y resalta sus arrugas. Estoy aquí leyendo ("El curioso incidente del perro a medianoche", de Mark Haddon) y la historia de un niño autista y cómo ve e interpreta el mundo que le rodea me atrapa desde las primeras páginas y hace que olvide al hombre de enfrente. Cuando levanto los ojos del libro y vuelvo a mirar, ya no está. En su lugar, un vacío, aire, nada.
Sigo leyendo (veinte, cincuenta, cien páginas, la novela es muy buena y me tiene absorto: Christopher y su madre muerta, el padre que esconde cartas, el mundo de los adultos como un rompecabezas que no siempre puede terminar de armarse), el tiempo pasa lentamente, me tomo otro café. Hasta este mismo instante (son las cuatro de la tarde) no había nadie en el Laan, solos el camarero, la música y yo. Ahora tres amigos se sientan a la mesa de mi izquierda, y frente a ellos dos mujeres (una casi anciana, de unos sesenta, la otra treintañera) hablan animadamente en inglés. Hago un alto en la lectura y vuelvo la vista hacia donde dos horas antes estuvo el hombre de la barba que disfrutaba de un minuto de sol. Ahora un saco blanco, con cemento dentro, ocupa su lugar. Un obrero, también enteramente de blanco, lo ha dejado contra la esquina y desaparece de mi ángulo de visión frotándose trabajosamente las manos. Desde pequeño me resultó curiosa la relación espacio/tiempo. Primero un hombre que esperaba algo, no sé qué, luego aire, después este saco de cemento. Y mucho antes, por esta misma calle Pelayo, han paseado gentes que ya ni siquiera son, que han muerto hace años. Sus huellas son imperceptibles, pero de algún modo permanecen, están ahí, no las vemos pero están.
Desde hace varios días, cada mañana en la ducha, pienso en abuelita. Claro que eso, pensar en mi abuela, lo hago todos los días a todas horas. Pero es en la ducha, mientras me enjabono y me arranco jirones de sueño, cuando pienso en ella con una intensidad especial. Entonces la echo de menos con mayor fuerza. De un modo brutal (no se me ocurre otra palabra). Enseguida me repongo, respiro hondo y me deshago de esa tristeza manchada de autocompasión -la idea de que, de todos nosotros, yo soy quien más solo se ha quedado tras su muerte; una idea falsa que no me hace ningún bien-, salgo del cuarto de baño y me zambullo en la vida, el día a día, hablo con la gente del curro, me enfado, río algún chiste, me tomo cervezas con los amigos, si se tercia ligo y follo con alguien.
Pero a la mañana siguiente están otra vez los jirones de sueño y la ducha, la tristeza y el sentimiento de abandono. Como ese vacío de aire entre la secuencia hombre con barba al sol y saco blanco de cemento.
Sigo leyendo (veinte, cincuenta, cien páginas, la novela es muy buena y me tiene absorto: Christopher y su madre muerta, el padre que esconde cartas, el mundo de los adultos como un rompecabezas que no siempre puede terminar de armarse), el tiempo pasa lentamente, me tomo otro café. Hasta este mismo instante (son las cuatro de la tarde) no había nadie en el Laan, solos el camarero, la música y yo. Ahora tres amigos se sientan a la mesa de mi izquierda, y frente a ellos dos mujeres (una casi anciana, de unos sesenta, la otra treintañera) hablan animadamente en inglés. Hago un alto en la lectura y vuelvo la vista hacia donde dos horas antes estuvo el hombre de la barba que disfrutaba de un minuto de sol. Ahora un saco blanco, con cemento dentro, ocupa su lugar. Un obrero, también enteramente de blanco, lo ha dejado contra la esquina y desaparece de mi ángulo de visión frotándose trabajosamente las manos. Desde pequeño me resultó curiosa la relación espacio/tiempo. Primero un hombre que esperaba algo, no sé qué, luego aire, después este saco de cemento. Y mucho antes, por esta misma calle Pelayo, han paseado gentes que ya ni siquiera son, que han muerto hace años. Sus huellas son imperceptibles, pero de algún modo permanecen, están ahí, no las vemos pero están.
Desde hace varios días, cada mañana en la ducha, pienso en abuelita. Claro que eso, pensar en mi abuela, lo hago todos los días a todas horas. Pero es en la ducha, mientras me enjabono y me arranco jirones de sueño, cuando pienso en ella con una intensidad especial. Entonces la echo de menos con mayor fuerza. De un modo brutal (no se me ocurre otra palabra). Enseguida me repongo, respiro hondo y me deshago de esa tristeza manchada de autocompasión -la idea de que, de todos nosotros, yo soy quien más solo se ha quedado tras su muerte; una idea falsa que no me hace ningún bien-, salgo del cuarto de baño y me zambullo en la vida, el día a día, hablo con la gente del curro, me enfado, río algún chiste, me tomo cervezas con los amigos, si se tercia ligo y follo con alguien.
Pero a la mañana siguiente están otra vez los jirones de sueño y la ducha, la tristeza y el sentimiento de abandono. Como ese vacío de aire entre la secuencia hombre con barba al sol y saco blanco de cemento.
Comentario:
Otro microdía triste de nuestro admirado Cornelio. Ánimo que el vacío existencial va por temporadas... Prometo retomar mi blog pero no dejes el tuyo. Un abrazo.