TIPOS HUMANOS 2
En el Colby, con S&M, que están en plena cuenta atrás, en capilla para su boda, el próximo 6 de noviembre. Andan con la elección de lecturas y de salmos, la lista de los invitados, los últimos retoques a las obras en su futura casa. S re ríe de todo, con ese lenguaje tan castizo que gasta, nos mira desde su silla de ruedas sin inmutarse, como si la cosa no fuera con él. M anda ilusionada con el bodorrio, se ve que pretende demostrarle a alguien (su madre, una hermana, la monja que le dio clase en 2º de EGB, quien sea) que es capaz de casarse, de organizarlo sola y hacerlo bien. Todo atado y bien atado, como diría el Caudillo. Tiene un rostro curioso, M, como si fuera un camafeo antiguo, ojos saltones color miel, boca pequeña y de labios finos, algo apretados, óvalo mofletudo y una barbilla terminada en punta a lo brujita buena del cuento. Melena larga, de un rubio bastardo, ceniciento. Está hecha de esa pasta dura que sólo se reconoce cuando surgen las adversidades. S es el simpático, el risueño. M generalmente calla y otorga, o hace una puntualización breve, con su vocecilla de gata tímida. Si hubiera una guerra (es un suponer) y llegaran las penurias, S naufragaría en un mar de pesimismo y sería M, la dulce, la pazguata, la silenciosa y trabajadora M, quien sacaría pecho y saldría adelante.
A media tertulia con los novios, se nos ha unido Ch, un cliente del bar a quien conozco de vista pero con el que no había cruzado palabra hasta hoy. Inteligente, de carácter bronco y apasionado, con muchas ganas de escandalizar, lanzaba opiniones a diestro y siniestro sin encomendarse ni a dios ni al diablo, como si estuviéramos en un programa de radio y él fuera el encargado de epatar a la audiencia. Era evidente que la actuación me la dedicaba entera a mí –por cuanto S&M son viejos conocidos suyos y yo era la novedad entre el auditorio–, así que me dediqué a escuchar parapetado en el silencio, que se adensaba poco a poco, a medida que él desbarraba más y más. Habló de un novio polaco de Cracovia, con el que charla por teléfono cada noche. La criatura tiene 25 años y vive en el seno de una familia ultraconservadora y católica a machamartillo. Ch no sabe lo que sucederá entre ellos, si el chico vendrá a España (pero no a su casa, no le apetece que le cambie la vida hasta ese punto) o él viajará a Polonia.
–Claro, si voy a visitarle, ¿qué hago? ¿Me quedo en el hotel todo el día haciendo "petit point" hasta poder ver a mi novio durante una hora? Y dentro de la habitación, claro, porque si salimos a dar una vuelta a lo mejor se encuentra a su prima y a ver cómo explica de qué conoce a ese español de cincuenta años. Aunque no los aparento...
Luego ha pasado a meterse con los "sudacas", "toda esa bazofia que nos está llegando de allá". En ese punto he estado en un tris de entrar en su juego, discutirle, contradecir una visión en exceso simplista. Pero no he querido, para qué si éste es un exhibicionista que lo que pretende, precisamente, es enfadarme. Su teoría: los ingleses llegaron a Norteamérica y ahora quedan unos cuantos miles de indios confinados en las reservas; los españoles se mezclaron en Latinoamérica con los indígenas, la primera Universidad se fundó en 1538, en Santo Domingo. Les hemos dado muchas más cosas de las que les quitamos. No somos tan malos como dice la leyenda negra. Cierto. Pero también la esclavitud, y el salvajismo de los españoles, y tanto maltrato hacia el indígena. Nada es blanco o negro, en la infinidad de grises, en sus matices mínimos está, acaso, la verdad. Y una cosa que nunca, pero nunca, entenderé es la facilidad que tenemos de hacer de una parte el todo. Un venezolano me putea y ya todos los venezolanos son unos comemierdas. Un francés me miró mal en aquel viaje a París y me moriré asegurando que todos los parisinos son unos hijos de puta que no merecen ni el aire que respiran. Cómo somos. Qué predecibles y qué poco originales en nuestras filias y fobias.
Leo a Fernando Vallejo y se me llena la cabeza de una ventolera cálida, viento del desierto que trae su balacera de violencias y de rabia, de insultos altisonantes y de gangrena por la que se pudre de a poquito el pueblo, de repentinas ternuras que brillan un momento apenas entre tanta suciedad. Vallejo quiere/aborrece a su tierra, un país que se hunde y se hunde en su propia miseria, una patria que estalla por los cuatro costados, como la pústula virulenta de donde sale un líquido amarillo y maloliente. Vallejo provoca, con sus frases incisivas (para hacer daño y escocer conciencias), grandes amores y odios profundos. Rara vez nos deja indiferentes. Para indiferencia, la de los muertos.
A media tertulia con los novios, se nos ha unido Ch, un cliente del bar a quien conozco de vista pero con el que no había cruzado palabra hasta hoy. Inteligente, de carácter bronco y apasionado, con muchas ganas de escandalizar, lanzaba opiniones a diestro y siniestro sin encomendarse ni a dios ni al diablo, como si estuviéramos en un programa de radio y él fuera el encargado de epatar a la audiencia. Era evidente que la actuación me la dedicaba entera a mí –por cuanto S&M son viejos conocidos suyos y yo era la novedad entre el auditorio–, así que me dediqué a escuchar parapetado en el silencio, que se adensaba poco a poco, a medida que él desbarraba más y más. Habló de un novio polaco de Cracovia, con el que charla por teléfono cada noche. La criatura tiene 25 años y vive en el seno de una familia ultraconservadora y católica a machamartillo. Ch no sabe lo que sucederá entre ellos, si el chico vendrá a España (pero no a su casa, no le apetece que le cambie la vida hasta ese punto) o él viajará a Polonia.
–Claro, si voy a visitarle, ¿qué hago? ¿Me quedo en el hotel todo el día haciendo "petit point" hasta poder ver a mi novio durante una hora? Y dentro de la habitación, claro, porque si salimos a dar una vuelta a lo mejor se encuentra a su prima y a ver cómo explica de qué conoce a ese español de cincuenta años. Aunque no los aparento...
Luego ha pasado a meterse con los "sudacas", "toda esa bazofia que nos está llegando de allá". En ese punto he estado en un tris de entrar en su juego, discutirle, contradecir una visión en exceso simplista. Pero no he querido, para qué si éste es un exhibicionista que lo que pretende, precisamente, es enfadarme. Su teoría: los ingleses llegaron a Norteamérica y ahora quedan unos cuantos miles de indios confinados en las reservas; los españoles se mezclaron en Latinoamérica con los indígenas, la primera Universidad se fundó en 1538, en Santo Domingo. Les hemos dado muchas más cosas de las que les quitamos. No somos tan malos como dice la leyenda negra. Cierto. Pero también la esclavitud, y el salvajismo de los españoles, y tanto maltrato hacia el indígena. Nada es blanco o negro, en la infinidad de grises, en sus matices mínimos está, acaso, la verdad. Y una cosa que nunca, pero nunca, entenderé es la facilidad que tenemos de hacer de una parte el todo. Un venezolano me putea y ya todos los venezolanos son unos comemierdas. Un francés me miró mal en aquel viaje a París y me moriré asegurando que todos los parisinos son unos hijos de puta que no merecen ni el aire que respiran. Cómo somos. Qué predecibles y qué poco originales en nuestras filias y fobias.
Leo a Fernando Vallejo y se me llena la cabeza de una ventolera cálida, viento del desierto que trae su balacera de violencias y de rabia, de insultos altisonantes y de gangrena por la que se pudre de a poquito el pueblo, de repentinas ternuras que brillan un momento apenas entre tanta suciedad. Vallejo quiere/aborrece a su tierra, un país que se hunde y se hunde en su propia miseria, una patria que estalla por los cuatro costados, como la pústula virulenta de donde sale un líquido amarillo y maloliente. Vallejo provoca, con sus frases incisivas (para hacer daño y escocer conciencias), grandes amores y odios profundos. Rara vez nos deja indiferentes. Para indiferencia, la de los muertos.