PASEO
Día espléndido de otoño, con el frío que nos acaricia los tobillos y sube por las pantorrillas, pero que todavía no muerde, no como lo hará dentro de un mes.
Salí a la calle pronto, y era un placer pasearse por las callejuelas de mi barrio, en la trasera de Gran Vía, donde ésta pierde su honesto y viril nombre. Alguna puta apostada en su esquina, con cara de sueño y de pocos amigos, la policía que patrulla a cada momento el lugar (no me gusta esta sociedad militarizada que nos está saliendo), una viejita arrastra un carrito de la compra enorme, reza una letanía para sí y se santigua frente a las chicas semidesnudas que esperan al cliente. El bullicio de los cláxones, el trepidar del monstruo humano camino del trabajo, todo en sordina, allá a lo lejos, en la frontera que es la Gran Vía. De este lado, silencio y calma, la calma que surge después de la tormenta que cada noche se representa aquí, con rayos y centellas, y mucho vinazo del malo. Por la mañana no, por la mañana es el tiempo de las tienditas de los chinos, de las pequeñas mercerías que sobreviven a duras penas los embates de la economía de mercado, de los restaurantes con menú al mediodía por siete euros. Los bares, a estas horas, callan. Una gozada el disfrutar de estas calles olvidadas del progreso, como recién fregadas, puestas a secar al sol de octubre, ése que ya no quema, que se eleva sobre la silueta neoyorquina de los edificios de la Gran Vía.
La calle Fuencarral es una sucesión (casi perfecta) de bellezas en movimiento. Chicos y chicas como gacelas enfundadas en unos levis, con camisetas varias tallas más amplias (o varias más pequeñas) de lo necesario, piercings y gafas de sol y tatuajes, crestas en la cabeza, o rastas, o medias melenas que recuerdan al Orzowei de la selva africana que una vez, hace muchísimos años, fue uno de mis primeros referentes eróticos. Me siento a una de las mesas en Colby y observo el lento discurrir de los guapos y guapas de Madrid, de los modernos, de los grunges que pueblan esta ciudad extraña, cateta, cerril pero tan abierta y fascinante. Leo a Cortázar (sus cuentos completos, que he terminado esta misma mañana) y a Fernando Vallejo (una nueva novela, "Mi hermano el alcalde"), me tomo un café corto con dos de azúcar y mi vaso de agua, saludo a alguno que pasa, me siento contento y feliz. A pesar de los pesares, feliz.
Salí a la calle pronto, y era un placer pasearse por las callejuelas de mi barrio, en la trasera de Gran Vía, donde ésta pierde su honesto y viril nombre. Alguna puta apostada en su esquina, con cara de sueño y de pocos amigos, la policía que patrulla a cada momento el lugar (no me gusta esta sociedad militarizada que nos está saliendo), una viejita arrastra un carrito de la compra enorme, reza una letanía para sí y se santigua frente a las chicas semidesnudas que esperan al cliente. El bullicio de los cláxones, el trepidar del monstruo humano camino del trabajo, todo en sordina, allá a lo lejos, en la frontera que es la Gran Vía. De este lado, silencio y calma, la calma que surge después de la tormenta que cada noche se representa aquí, con rayos y centellas, y mucho vinazo del malo. Por la mañana no, por la mañana es el tiempo de las tienditas de los chinos, de las pequeñas mercerías que sobreviven a duras penas los embates de la economía de mercado, de los restaurantes con menú al mediodía por siete euros. Los bares, a estas horas, callan. Una gozada el disfrutar de estas calles olvidadas del progreso, como recién fregadas, puestas a secar al sol de octubre, ése que ya no quema, que se eleva sobre la silueta neoyorquina de los edificios de la Gran Vía.
La calle Fuencarral es una sucesión (casi perfecta) de bellezas en movimiento. Chicos y chicas como gacelas enfundadas en unos levis, con camisetas varias tallas más amplias (o varias más pequeñas) de lo necesario, piercings y gafas de sol y tatuajes, crestas en la cabeza, o rastas, o medias melenas que recuerdan al Orzowei de la selva africana que una vez, hace muchísimos años, fue uno de mis primeros referentes eróticos. Me siento a una de las mesas en Colby y observo el lento discurrir de los guapos y guapas de Madrid, de los modernos, de los grunges que pueblan esta ciudad extraña, cateta, cerril pero tan abierta y fascinante. Leo a Cortázar (sus cuentos completos, que he terminado esta misma mañana) y a Fernando Vallejo (una nueva novela, "Mi hermano el alcalde"), me tomo un café corto con dos de azúcar y mi vaso de agua, saludo a alguno que pasa, me siento contento y feliz. A pesar de los pesares, feliz.