FIN DE SEMANA II
La tarde del sábado, una vez que dejé a E camino de casa –dormida, como alucinada, supongo que pensando aún en R y lo que había sucedido–, enfilé para la mía. Sentía un peso extraño en el estómago que era, bien lo sabía, pereza ante la cita a ciegas con A.
A es un chico que contactó conmigo a través de Internet y con quien había quedado, a las 18.45, en el café Comercial. Eran las cinco de la tarde –las cinco en punto de la tarde– y yo me sentía como el torero inseguro que no quiere salir a la plaza, que se arrodilla frente a toda la parafernalia de vírgenes y santos que conforman su altarcito portátil y cierra los ojos muy fuerte, se aprieta la frente con las manos, deseando no estar allí, poder volar muy lejos hacia otra vida donde no exista el peligro cierto de una tarde de toros, pertenecer a otro mundo menos cruel, menos sangriento: ¿por qué no me habré hecho veterinario en lugar de torero?, piensa el matador cobarde. Allí estaba, a las cinco y media de la tarde (los clarines sonaban, el público iba tomando asiento, dentro de muy poco comenzaría a impacientarse), sin ninguna gana de conocer a A, sin saber lo que pasaría, a lo mejor una conexión de la hostia, a lo peor un desconocimiento mutuo que se traduciría en fracaso. Miedo escénico, vamos. Por qué elegí ser un espada y lanzarme al ruedo si a mí lo que me gusta es observar los toros desde la barrera, curar animales enfermos y nunca arriesgarme. Al final, decidí acercarme antes por el Comercial y esperar allí, parapetado tras un café y la horizontalidad salvadora de una mesa.
Y el encuentro no fue mal. A es un chico majo, colombiano de veintitantos, media melena indígena que le da un aire a Pocahontas (en tío), inteligentísimo y totalmente comprometido con el tema de la inmigración. Hablamos de Fernando Vallejo y de Saramago. Fiel a mi ser apasionado cuando se trata de Literatura, puse al portugués a caer de un burro (considero, leídas dos o tres novelas suyas, no más, que no escribe lo bien que se espera de su fama; sus ideas me gustan, pero no así el modo que tiene de desarrollarlas, con una prosa vetusta, aburrida, monocorde y decimonónica, con muchas volutas en el aire, mucho usteo y poca vida a pie de calle) y elevé a las alturas al colombiano (que escribe con dolor desde el dolor y la náusea, maravillosamente, con un ritmo y una cadencia que ya quisieran para sí diez saramagos). No estuvo de acuerdo conmigo. Y eso me gustó, que me diera caña, que me discutiera las cosas y me obligara a afinar en lo que digo, a veces a reconocer errores, otras no. Según. Luego pasamos a su trabajo con inmigrantes –él mismo es uno de ellos, aún no tiene los papeles en regla– y ahí A se lució, en un discurso muy bien construido que me llamó la atención, por lo inusual. Más tarde, después de TAAAN sesudas consideraciones por parte de los dos (¿quién estuvo más Sánchez Dragó?), nos encaminamos hasta la placita de las Salesas, uno de los rincones que siempre me seducen de esta ciudad. Una plaza pequeñita, replegada en sí misma, a la sombra de unos cuantos árboles, con perros juguetones entre los bancos de madera, grupos de adolescentes diseminados aquí y allá, haciendo botellón (como nosotros mismos). Sobre un banco llegó el momento de algo más íntimo, por debajo o por encima de las palabras –pero también en ellas, en la intención con que se decían–; una corriente de simpatía, la atracción manifiesta que, a medida que trasegábamos cerveza, era mayor. Nos besamos suavemente, delicadamente, amorosamente. Y yo notaba cómo mis prevenciones se hacían aire en el aire, desaparecían a medida que sus manos acariciaban mi mejilla, cuando nuestras respiraciones se encontraban en un juego de lenguas y mordiscos, de dientes que chocaban entre sí, de encías que se olisqueaban y se reconocían. Yo se lo había dicho antes.
–Quiero ir despacio. Me gustas, pero quiero ir poco a poco, ¿vale?
Y entre la cerveza y los besos ya comenzaba a flaquear en mi determinación… Me ofreció un viaje, este próximo finde, a Cuenca (y casi acepto); yo insinué la posibilidad de pasar una mañana en Talavera, donde A vive. Joder, y eso sólo después de unos besos.
Pero ni habrá Talavera ni habrá Cuenca. Ahora, de nuevo con la cabeza sobre los hombros, repito lo de que quiero que todo vaya despacio, suavecito, take it easy, babe.
Me costó arrancarme de aquello, los grupos de chicos y chicas del botellón, la atardecida sobre todos nosotros, desdibujando perfiles, alguna paloma arrullando, los perros que corrían alegremente por el césped, olvidados de sus dueños y del piso con moqueta, de la correa y del pienso para cenar, la torre de la iglesia que se recortaba sobre el cielo primero azul, más tarde de un añil sucio, luego negro. Me costó pero lo hice. Un porro de última hora estuvo a punto de tumbarme –casi, casi vomito– pero me recuperé y fuimos juntos, despacito y con buena letra, hasta Tribunal. Allí nos dijimos adiós, un beso rápido y una mirada intensa, de hasta luego. Y principió para mí la segunda parte de la noche.
Fiestuqui en casa de los tres hermanos, A, L y Espe, allá por los arabescos de Lavapiés. Llegué a eso de las once y para la una de la madrugada tenía un ciego de cuidado. Fue una locura por mi parte, vasos y vasos de cerveza uno detrás de otro, como si tuviera miedo de que alguien me los arrebatase. Estaban por ahí E y M, Laura sin A (que andaba de excursión, creo) y mucha más gente. Yo iba de grupo en grupo, como una peonza borracha que no pudiera evitar el girar y girar, cada vez más rápido, más desatada la pobre peoncita alcoholizada y absurda. L me presentó a Rubén, con un guiño de complicidad en la mirada.
–Es guapo, va a vivir aquí tres años, no conoce a nadie–, me susurró al oído.
Mmmm... el tal Rubén no estaba nada mal, y yo comencé en torno suyo –muy torpemente, esa es la verdad– la danza del apareamiento gay. Sea lo que sea esto, pero yo me entiendo. Nada más que para comprobar que el niño no me hacía ni puto caso, colgado de una conversación divertidísima (al menos eso parecía, por las risas) con M. Cómo explicarle que se equivocaba, que M es hetero (a pesar de los pesares) y que no tenía nada que hacer con él. Que el otro gay de la fiesta era yo, y que estaba libre como un pájaro.
Como un pájaro que se cayó del nido y se desgració el piquito de oro contra el suelo. No recuerdo cómo, aparecí en la cama de Espe, completamente rendido a la evidencia de un pedal del uno. Dormí un sueño pegajoso hasta que en un momento dado me quité como pude las lentillas, volví a la cama y fundido en negro.
A la mañana siguiente comprobé con alivio que no era Jane Fonda y no había ningún cadáver ensangrentado a mi lado. Nunca se sabe. Desperté sintiéndome como nuevo. Me puse las lentillas, me enjuagué la boca y, tras despertar a Espe (que dormía con E en el salón, sobre un colchón que acondicionaron allí), le pedí perdón por haber usurpado su cama y salí a la calle.
Pero E me contó lo que yo no recuerdo. Por lo visto, en plena fiesta me volví un autista que no hablaba con nadie (cuando lo hacía, según ella, no vocalizaba, con lo que ninguno me hubiera entendido), luego desaparecí para reaparecer al cabo de media hora abrazado al señor Roca, en el baño, vomitando y con una cola de gente esperando a que terminara. Entre varios me condujeron al cuarto de Espe, donde aún vomité otra vez. Qué vergüenza. Y a esta gente, ¿con qué cara les miro yo la próxima vez que nos veamos?
G se fue ya de casa. al final se quedó un día más de lo pactado. Esta mañana se lo dije, que cuándo se iba. Me prometió que ya esta noche no dormirá conmigo. Es un buen chaval, el sexo con él mejora día a día, apenas siento que le tengo de okupa. Pero tengo muchas ganas de volver a disponer a mi antojo de mi vida, de mi espacio, de mis cosas. Que le vaya bonito, pues.
A es un chico que contactó conmigo a través de Internet y con quien había quedado, a las 18.45, en el café Comercial. Eran las cinco de la tarde –las cinco en punto de la tarde– y yo me sentía como el torero inseguro que no quiere salir a la plaza, que se arrodilla frente a toda la parafernalia de vírgenes y santos que conforman su altarcito portátil y cierra los ojos muy fuerte, se aprieta la frente con las manos, deseando no estar allí, poder volar muy lejos hacia otra vida donde no exista el peligro cierto de una tarde de toros, pertenecer a otro mundo menos cruel, menos sangriento: ¿por qué no me habré hecho veterinario en lugar de torero?, piensa el matador cobarde. Allí estaba, a las cinco y media de la tarde (los clarines sonaban, el público iba tomando asiento, dentro de muy poco comenzaría a impacientarse), sin ninguna gana de conocer a A, sin saber lo que pasaría, a lo mejor una conexión de la hostia, a lo peor un desconocimiento mutuo que se traduciría en fracaso. Miedo escénico, vamos. Por qué elegí ser un espada y lanzarme al ruedo si a mí lo que me gusta es observar los toros desde la barrera, curar animales enfermos y nunca arriesgarme. Al final, decidí acercarme antes por el Comercial y esperar allí, parapetado tras un café y la horizontalidad salvadora de una mesa.
Y el encuentro no fue mal. A es un chico majo, colombiano de veintitantos, media melena indígena que le da un aire a Pocahontas (en tío), inteligentísimo y totalmente comprometido con el tema de la inmigración. Hablamos de Fernando Vallejo y de Saramago. Fiel a mi ser apasionado cuando se trata de Literatura, puse al portugués a caer de un burro (considero, leídas dos o tres novelas suyas, no más, que no escribe lo bien que se espera de su fama; sus ideas me gustan, pero no así el modo que tiene de desarrollarlas, con una prosa vetusta, aburrida, monocorde y decimonónica, con muchas volutas en el aire, mucho usteo y poca vida a pie de calle) y elevé a las alturas al colombiano (que escribe con dolor desde el dolor y la náusea, maravillosamente, con un ritmo y una cadencia que ya quisieran para sí diez saramagos). No estuvo de acuerdo conmigo. Y eso me gustó, que me diera caña, que me discutiera las cosas y me obligara a afinar en lo que digo, a veces a reconocer errores, otras no. Según. Luego pasamos a su trabajo con inmigrantes –él mismo es uno de ellos, aún no tiene los papeles en regla– y ahí A se lució, en un discurso muy bien construido que me llamó la atención, por lo inusual. Más tarde, después de TAAAN sesudas consideraciones por parte de los dos (¿quién estuvo más Sánchez Dragó?), nos encaminamos hasta la placita de las Salesas, uno de los rincones que siempre me seducen de esta ciudad. Una plaza pequeñita, replegada en sí misma, a la sombra de unos cuantos árboles, con perros juguetones entre los bancos de madera, grupos de adolescentes diseminados aquí y allá, haciendo botellón (como nosotros mismos). Sobre un banco llegó el momento de algo más íntimo, por debajo o por encima de las palabras –pero también en ellas, en la intención con que se decían–; una corriente de simpatía, la atracción manifiesta que, a medida que trasegábamos cerveza, era mayor. Nos besamos suavemente, delicadamente, amorosamente. Y yo notaba cómo mis prevenciones se hacían aire en el aire, desaparecían a medida que sus manos acariciaban mi mejilla, cuando nuestras respiraciones se encontraban en un juego de lenguas y mordiscos, de dientes que chocaban entre sí, de encías que se olisqueaban y se reconocían. Yo se lo había dicho antes.
–Quiero ir despacio. Me gustas, pero quiero ir poco a poco, ¿vale?
Y entre la cerveza y los besos ya comenzaba a flaquear en mi determinación… Me ofreció un viaje, este próximo finde, a Cuenca (y casi acepto); yo insinué la posibilidad de pasar una mañana en Talavera, donde A vive. Joder, y eso sólo después de unos besos.
Pero ni habrá Talavera ni habrá Cuenca. Ahora, de nuevo con la cabeza sobre los hombros, repito lo de que quiero que todo vaya despacio, suavecito, take it easy, babe.
Me costó arrancarme de aquello, los grupos de chicos y chicas del botellón, la atardecida sobre todos nosotros, desdibujando perfiles, alguna paloma arrullando, los perros que corrían alegremente por el césped, olvidados de sus dueños y del piso con moqueta, de la correa y del pienso para cenar, la torre de la iglesia que se recortaba sobre el cielo primero azul, más tarde de un añil sucio, luego negro. Me costó pero lo hice. Un porro de última hora estuvo a punto de tumbarme –casi, casi vomito– pero me recuperé y fuimos juntos, despacito y con buena letra, hasta Tribunal. Allí nos dijimos adiós, un beso rápido y una mirada intensa, de hasta luego. Y principió para mí la segunda parte de la noche.
Fiestuqui en casa de los tres hermanos, A, L y Espe, allá por los arabescos de Lavapiés. Llegué a eso de las once y para la una de la madrugada tenía un ciego de cuidado. Fue una locura por mi parte, vasos y vasos de cerveza uno detrás de otro, como si tuviera miedo de que alguien me los arrebatase. Estaban por ahí E y M, Laura sin A (que andaba de excursión, creo) y mucha más gente. Yo iba de grupo en grupo, como una peonza borracha que no pudiera evitar el girar y girar, cada vez más rápido, más desatada la pobre peoncita alcoholizada y absurda. L me presentó a Rubén, con un guiño de complicidad en la mirada.
–Es guapo, va a vivir aquí tres años, no conoce a nadie–, me susurró al oído.
Mmmm... el tal Rubén no estaba nada mal, y yo comencé en torno suyo –muy torpemente, esa es la verdad– la danza del apareamiento gay. Sea lo que sea esto, pero yo me entiendo. Nada más que para comprobar que el niño no me hacía ni puto caso, colgado de una conversación divertidísima (al menos eso parecía, por las risas) con M. Cómo explicarle que se equivocaba, que M es hetero (a pesar de los pesares) y que no tenía nada que hacer con él. Que el otro gay de la fiesta era yo, y que estaba libre como un pájaro.
Como un pájaro que se cayó del nido y se desgració el piquito de oro contra el suelo. No recuerdo cómo, aparecí en la cama de Espe, completamente rendido a la evidencia de un pedal del uno. Dormí un sueño pegajoso hasta que en un momento dado me quité como pude las lentillas, volví a la cama y fundido en negro.
A la mañana siguiente comprobé con alivio que no era Jane Fonda y no había ningún cadáver ensangrentado a mi lado. Nunca se sabe. Desperté sintiéndome como nuevo. Me puse las lentillas, me enjuagué la boca y, tras despertar a Espe (que dormía con E en el salón, sobre un colchón que acondicionaron allí), le pedí perdón por haber usurpado su cama y salí a la calle.
Pero E me contó lo que yo no recuerdo. Por lo visto, en plena fiesta me volví un autista que no hablaba con nadie (cuando lo hacía, según ella, no vocalizaba, con lo que ninguno me hubiera entendido), luego desaparecí para reaparecer al cabo de media hora abrazado al señor Roca, en el baño, vomitando y con una cola de gente esperando a que terminara. Entre varios me condujeron al cuarto de Espe, donde aún vomité otra vez. Qué vergüenza. Y a esta gente, ¿con qué cara les miro yo la próxima vez que nos veamos?
G se fue ya de casa. al final se quedó un día más de lo pactado. Esta mañana se lo dije, que cuándo se iba. Me prometió que ya esta noche no dormirá conmigo. Es un buen chaval, el sexo con él mejora día a día, apenas siento que le tengo de okupa. Pero tengo muchas ganas de volver a disponer a mi antojo de mi vida, de mi espacio, de mis cosas. Que le vaya bonito, pues.
Comentario:
Menudo ritmo jejje