OSCURIDADES DEL CUARTO OSCURO
Anoche rompí el periodo de calma y de hogar dulce hogar que llevaba siendo la semana. Salí primero con la gente del trabajo por Malasaña -Radio Palma, La vaca austera, Laberinto... Éramos E, J&A, L sin su chico y R, antigua novia de J, actriz y filóloga que se quedará a vivir en mi casa hasta fin de año. Es una chica pequeñina pero con carácter, un poco lumia (como decimos por Cantabria), un tanto mandona. Pero me cae bien. A E no, a ella no le cuadra del todo, dice que hay algo extraño en ella, que le desasosiega. Charlé por los codos, como de costumbre, y, alta ya la madrugada de cervezas y de porros, dije adiós a E en la encrucijada de Callao con Jacometrezo y me acerqué al Strong, lugar infame donde los haya, antro de perdición, lupanar, etcétera. Pero curioso y digno de conocerse. A través de unas escaleras que son la bajada a los infiernos (así me lo pareció la primera vez que fui, hace varios años), uno accede a la zona de bar, vacía de gente, huérfana de toda decoración y mobiliario -únicamente la barra y varios taburetes para clientes cansados-; la música es una letanía que nadie escucha y lo de menos es la pista, donde bailan unos pocos, desganados y muy borrachos ya. La zona más visitada, la que da renombre al garito, es el cuarto oscuro, amplio y con multitud de recovecos por donde perderse (y uno se pierde, doy fe de ello). Cuando entré, pedí una copa y casi me la bebí entera -a mi ritmo habitual- antes de reunir el valor para entrar en la "zona oscura". Una vez dentro, aquello parecía el metro en hora punta. Gente, gente, gente. De muy diversa procedencia, guapos unos, otros no tanto, jóvenes, algo maduros o francamente viejos. Todos con el gusanillo del deseo, el comecome del sexo escrito en la mirada, en la cercanía obscena de cuerpos semidesnudos, en el temblor de unas manos camino de una bragueta (cuando aún no sabes si te rechazarán o no), en las prisas y el nerviosismo. El área más iluminada era un pasar continuo de humanidad, mientras unos cuantos se hacían fuertes contra las paredes y ponían cara de cazador furtivo, de chapero de ocasión, de mírame pero no me toques pero mírame pero tócame. Di vueltas, brujuleé por aquí y por allá, pasé por alguna que otra mano (como la falsa moneda o el paño estropeado que no se vende, ay) hasta que encontré a uno que me gustó -y yo a él- como para subirlo a casa. Entre una cosa y otra, para cuando se estaba yendo eran las siete y pico de la mañana...
A mediodía ya estaba en pie, absolutamente volado pero en pie. Una ducha de agua fría, afeitado y a la calle. Mi intención primera era un café tranquilo en Colby y lectura. Pero no pudo ser. Me agarró por banda So, que ha cogido la costumbre de contarme su vida, como si yo fuera su confesor o un psquiatra de reconocido prestigio (y gratuito, claro). Casi, casi fue kafkiano. Yo sentado a la mesa, dando sorbos quedos al café, con el libro abierto y sin poder leerlo; ella de pie, vigilando que la encargada no la pillara, dándome el parte de su vida sentimental, con pelos y señales. Dios. Voy a tener que cambiar de sitio si quiero currar un poco por las mañanas. Quizá el Laan: hasta primera hora de la tarde apenas hay clientela y los camareros son amables pero, de momento, no han intentado coleguear en exceso.
De la tortura de So me salvó una llamada de J. Que si nos veíamos para tomar unas cañas. Dije que por supuesto. Traté de que E bajara también, pero estaba catatónica en la cama y se negó en redondo. Vaya amiga... Con J me llevo bien, de los compañeros de redacción es uno de los que más aprecio, pero era la primera vez que nos íbamos a encontrar él y yo solos y no sabía muy bien de qué hablaríamos, o si habría o no fluidez en la conversación. Apenas tocamos el tema (recurrente) del trabajo, y sí charlamos de teatro y de literatura. Caminamos por Palma en dirección a San Bernardo y nos metimos en la zona de Comendadoras. El sol de otoño apretaba, las calles estaban limpias, como recién puestas por el Ayuntamiento. Terminamos en la plaza de los Guardias de Corps, un lugar recoleto y muy agradable, sentados a una de las mesas de la terraza de la Taberna de Corps, frente al cuartel del Conde-Duque. Piedras centenarias, ambiente casi rural, aire detenido. Luego regresamos, sin prisas, hasta Dos de Mayo, para tomar la última. La plaza descuidada, joven de botellones, sucia de noche. Algún que otro marroquí susurraba costo (o lo que quieras, amigo) por las esquinas, una viejecilla daba de comer a las palomas. Plenitud. A pesar de la resaca.
A mediodía ya estaba en pie, absolutamente volado pero en pie. Una ducha de agua fría, afeitado y a la calle. Mi intención primera era un café tranquilo en Colby y lectura. Pero no pudo ser. Me agarró por banda So, que ha cogido la costumbre de contarme su vida, como si yo fuera su confesor o un psquiatra de reconocido prestigio (y gratuito, claro). Casi, casi fue kafkiano. Yo sentado a la mesa, dando sorbos quedos al café, con el libro abierto y sin poder leerlo; ella de pie, vigilando que la encargada no la pillara, dándome el parte de su vida sentimental, con pelos y señales. Dios. Voy a tener que cambiar de sitio si quiero currar un poco por las mañanas. Quizá el Laan: hasta primera hora de la tarde apenas hay clientela y los camareros son amables pero, de momento, no han intentado coleguear en exceso.
De la tortura de So me salvó una llamada de J. Que si nos veíamos para tomar unas cañas. Dije que por supuesto. Traté de que E bajara también, pero estaba catatónica en la cama y se negó en redondo. Vaya amiga... Con J me llevo bien, de los compañeros de redacción es uno de los que más aprecio, pero era la primera vez que nos íbamos a encontrar él y yo solos y no sabía muy bien de qué hablaríamos, o si habría o no fluidez en la conversación. Apenas tocamos el tema (recurrente) del trabajo, y sí charlamos de teatro y de literatura. Caminamos por Palma en dirección a San Bernardo y nos metimos en la zona de Comendadoras. El sol de otoño apretaba, las calles estaban limpias, como recién puestas por el Ayuntamiento. Terminamos en la plaza de los Guardias de Corps, un lugar recoleto y muy agradable, sentados a una de las mesas de la terraza de la Taberna de Corps, frente al cuartel del Conde-Duque. Piedras centenarias, ambiente casi rural, aire detenido. Luego regresamos, sin prisas, hasta Dos de Mayo, para tomar la última. La plaza descuidada, joven de botellones, sucia de noche. Algún que otro marroquí susurraba costo (o lo que quieras, amigo) por las esquinas, una viejecilla daba de comer a las palomas. Plenitud. A pesar de la resaca.
Comentario:
qué fuerte... pero en fin, más vale un comentario que ninguno, tú sigue escribiendo así de bien, que hay otra clase de gente que aprecia lo que está bien hecho.
me encantó salir contigo el viernes.
beso.
me encantó salir contigo el viernes.
beso.
Comentario:
No me ha quedado claro si te subsite el ligue a casa No es que me preocupe mucho pero así parece más peliculero Espero que valiera la pena
Un beso
Un beso