MI VIDA NUEVA
Éste es mi segundo día sin fumar. El fin de semana, en un rapto de locura -o de insensatez- me decidí a limpiar y ordenar la habitación, después de meses dominado por la desidia. Muchas ganas de escribir, de salir, de conocer gente y hacer cosas. ¿La conclusión? Mi estado natural es el de la soltería.
Café por la mañana, a las once, con A en Colby. Charla sobre mi ruptura con P (¿cómo estás?) y sobre Marruecos -adonde J y él van este próximo puente, una especie de luna de miel, supongo. Se interesa por mi estado de ánimo, y cuando afirmo que estoy bien, noto en su mirada una sombra de duda, lo que a su vez me hace dudar y trastabillear con las palabras.
-Bueno, estoy bien dentro de lo que cabe, pero yo creo que, después de ocho días, si no me he derrumbado en todo este tiempo, ya no me caigo.
Su respuesta: "Como nunca te caes en público, parece que las cosas no te afectan". Que no me caigo en público... Uff. Las conversaciones con los demás son como asomarse a un espejo deformante (o no): según como sean de intensas, uno se mira de cuerpo entero o sólo vislumbra la línea de la nariz, el lóbulo de una oreja, un trozo de pómulo. La imagen que A devuelve de mí es sorprendente, y no me la creo mucho. Más bien nada. Una especie de Clint Eastwood de las emociones, el vaquero inasequible al desaliento. Conozco a alguien, dejo que su vida y la mía se enreden por un tiempo y, para cuando me abandonan y de nuevo estoy solo, masco un poco de tabaco y suelto un salivazo hasta medio metro de distancia. Con esa agüilla hecha de saliva y tabaco se van todas mis frustraciones, vuelvo a ser el llanero solitario que cabalga bajo el sol. Pues no. Si caerse en público es montar un show con lágrimas y pucheros, probablemente nadie me vea caer nunca, porque uno es producto de su educación y eso de mostrarse débil no se hace (ya, ya sé: ideas trasnochadas, y como tal las sufro). Pero también tengo mi corazoncito. Y estos días algo he flaqueado, aunque poco.
Acompaño a A hasta Tribunal y, como perla final, me dice que M y él siempre lo han dicho:
-Si hubiera una guerra nuclear, sobreviviríais tú y las cucarachas.
No sé si tomarme esto como un cumplido y más bien todo lo contrario...
Acabo de terminar las dos novelas de Cheever ("Crónica de los W" y "El escándalo de los W") y aún estoy flotando en el limbo de esa América dulce y cruel que muestra. Hay pasajes de una brutalidad tan ingenua -si esto es posible: a poco que uno lo piense, lo es- que tenía que cerrar el libro, respirar hondo y continuar unos segundos más tarde. La majestad atemporal de la prima Honora, el doctor Cameron y ese enfrentamiento en el tribunal con su hijo, Coverley y sus miedos homosexuales, la pasión de Melissa por el joven y guapo Emile. Seiscientas páginas que van montando y desmontando el mecanismo del sueño americano, un sueño que es pesadilla. Muy, muy buen libro.
Ahora comienzo "Del diario de un caracol", de Günter Grass. Las primeras páginas fueron como losas en mi cerebro, pero he conseguido alzar el vuelo y parece que me interesará lo suficiente como para llegar hasta el final. Veremos.
Idea sobre la novela. Cómo unir la realidad del narrador (yo) y el plano de la ficción (historia de Julio). A través de la palabra sueño. Que la historia de Julio comience siempre así: "Sueño que...", "Sueño a Julio con Candela en el malecón", "Sueño una rabia intensa que se disuelve en desesperación", etcétera. Darle un sentido onírico a esa parte. Pero que la cosa no quede ahí, que en el plano "real" el narrador haga referencia a esos sueños, los incorpore a su vida y discuta sobre ellos. Que ambas partes se tiñan la una de la otra.
Café por la mañana, a las once, con A en Colby. Charla sobre mi ruptura con P (¿cómo estás?) y sobre Marruecos -adonde J y él van este próximo puente, una especie de luna de miel, supongo. Se interesa por mi estado de ánimo, y cuando afirmo que estoy bien, noto en su mirada una sombra de duda, lo que a su vez me hace dudar y trastabillear con las palabras.
-Bueno, estoy bien dentro de lo que cabe, pero yo creo que, después de ocho días, si no me he derrumbado en todo este tiempo, ya no me caigo.
Su respuesta: "Como nunca te caes en público, parece que las cosas no te afectan". Que no me caigo en público... Uff. Las conversaciones con los demás son como asomarse a un espejo deformante (o no): según como sean de intensas, uno se mira de cuerpo entero o sólo vislumbra la línea de la nariz, el lóbulo de una oreja, un trozo de pómulo. La imagen que A devuelve de mí es sorprendente, y no me la creo mucho. Más bien nada. Una especie de Clint Eastwood de las emociones, el vaquero inasequible al desaliento. Conozco a alguien, dejo que su vida y la mía se enreden por un tiempo y, para cuando me abandonan y de nuevo estoy solo, masco un poco de tabaco y suelto un salivazo hasta medio metro de distancia. Con esa agüilla hecha de saliva y tabaco se van todas mis frustraciones, vuelvo a ser el llanero solitario que cabalga bajo el sol. Pues no. Si caerse en público es montar un show con lágrimas y pucheros, probablemente nadie me vea caer nunca, porque uno es producto de su educación y eso de mostrarse débil no se hace (ya, ya sé: ideas trasnochadas, y como tal las sufro). Pero también tengo mi corazoncito. Y estos días algo he flaqueado, aunque poco.
Acompaño a A hasta Tribunal y, como perla final, me dice que M y él siempre lo han dicho:
-Si hubiera una guerra nuclear, sobreviviríais tú y las cucarachas.
No sé si tomarme esto como un cumplido y más bien todo lo contrario...
Acabo de terminar las dos novelas de Cheever ("Crónica de los W" y "El escándalo de los W") y aún estoy flotando en el limbo de esa América dulce y cruel que muestra. Hay pasajes de una brutalidad tan ingenua -si esto es posible: a poco que uno lo piense, lo es- que tenía que cerrar el libro, respirar hondo y continuar unos segundos más tarde. La majestad atemporal de la prima Honora, el doctor Cameron y ese enfrentamiento en el tribunal con su hijo, Coverley y sus miedos homosexuales, la pasión de Melissa por el joven y guapo Emile. Seiscientas páginas que van montando y desmontando el mecanismo del sueño americano, un sueño que es pesadilla. Muy, muy buen libro.
Ahora comienzo "Del diario de un caracol", de Günter Grass. Las primeras páginas fueron como losas en mi cerebro, pero he conseguido alzar el vuelo y parece que me interesará lo suficiente como para llegar hasta el final. Veremos.
Idea sobre la novela. Cómo unir la realidad del narrador (yo) y el plano de la ficción (historia de Julio). A través de la palabra sueño. Que la historia de Julio comience siempre así: "Sueño que...", "Sueño a Julio con Candela en el malecón", "Sueño una rabia intensa que se disuelve en desesperación", etcétera. Darle un sentido onírico a esa parte. Pero que la cosa no quede ahí, que en el plano "real" el narrador haga referencia a esos sueños, los incorpore a su vida y discuta sobre ellos. Que ambas partes se tiñan la una de la otra.
Comentario:
Alguien dijo: "dejar de fumar es muy fácil yo lo he dejado ya 20 veces". Pero no recuerdo quién.
Felicidades por tu segundo día!
Felicidades por tu segundo día!