TÍA ABUELA
Hoy la tía Cuca hubiera cumplido 94 años. Hermana de mi abuela paterna, fue siempre una mujer delgada, de rostro vivaracho y levemente caballuno, sonrisa amplia y mirada recta, dura e inteligente. Llevaba el pelo corto y peinado hacia atrás, de un blanco con tonos ligeramente azules que estaba de moda, entonces, entre las octogenarias de postín. En Santander, desde su atalaya de la calle Vargas, espiaba el discurrir de una ciudad que era casi un villorrio cuando nació en 1910 y que a su muerte, hace cinco años, seguía siendo (en espíritu) un pueblo grande con ínfulas de ciudad turística y cosmopolita. Como si una aldeuela perdida por las inmensidades de Castilla se vistiera de largo y pretendiera ser Cannes, o St Tropez, o el mismísimo París. Cuca leía mucho y escuchaba la radio a todas horas. Siempre estaba informada, perfectamente, de lo que ocurría en el mundo. Yo la visitaba con frecuencia. Me llegaba hasta su puerta y, al pulsar el timbre, sonaba la melodía antigua del "Para Elisa", un poco demasiado rápida, como forzada. No sabía de ninguna otra casa en la que sonara música clásica en lugar del típico sonido estridente de todos los hogares. Ya esta diferencia me indicaba que, con el simple hecho de llamar al timbre y esperar a que me abrieran, ingresaría en otro universo muy distinto del que palpitaba unos metros más allá, en las calles. El recibidor en tonos rojos, la salita llena de recuerdos y fotografías, las habitaciones, el comedor de muebles macizos y robustos (donde nunca comía nadie), la cocina con sus amplios ventanales, luminosa y funcional. Todo ello era como un viaje en el tiempo. Hablar con mi tía -casi siempre de política, o de cómo el sexo (esa cosa repugnante) teñía de turbiedad y sordidez cuanto tocaba- era rozar con la punta de los dedos la realidad social de los primeros años treinta. Se sentaba frente al televisor apagado, con la ventana que daba a la calle a su derecha, y me miraba largamente, mientras opinaba sobre esto y aquello. Era muy conservadora y chocábamos mucho. Franco representaba una verdad inmutable; Felipe González era el arribista con acento del sur -nunca se fió de los andaluces- y chaqueta de pana que estaba destruyendo al país; el Rey, un nieto guapo de aquel Alfonso XIII a quien ella se acostumbró a ver en los veranos santanderinos de antes de la República. Yo admiraba su inteligencia, y la fuerza terrible de su personalidad. Y su determinación.
Ante la tía Cuca, todos temblaban: temían el filo cortante de su verbo, la lúcida disección que hacía de los otros. Mi abuela, frente a su hermana, no era ya mi abuela sino la hermanita pequeña (y un poco tonta) que Cuca soportaba a duras penas. Mis tíos, empezando por las hermanas mayores de papá, no eran los adultos seguros de sí que acostumbran ser, sino los bebés que ella había ayudado a criar, a quienes tantas veces castigara por portarse mal, cuyos pañales había cambiado...
Cuca tenía vocación de solterona, en todas las fotografías de sus años jóvenes aparece con una expresión triste, pensativa, la mirada gacha y una falta de belleza evidente. Mi abuela paterna, en cambio, siempre sonríe, sale mucho rodeada de amigas y de amigos, en la playa, en la calle, en su casa. Ella se casó muy pronto, a los 21 años, y Cuca se fue resignando a su ser impar, a convertirse en esa tía solterona que tiene toda familia que se precie. El báculo de sus padres ancianos, la educadora de una riada de sobrinos. Pero cuando ya rondaba los cincuenta se cruzó en su camino Ramón, un conductor de camiones grande y torpe, muy buena persona, aunque un poco perdido en su mundo, que no siempre era el nuestro. Cuando se casaron en 1959, a los pocos meses de conocerse, hubo un pequeño escándalo familiar: la señoritinga de provincias, religiosa ortodoxa y muy remilgada, se casaba con un hombre varios años más joven, sin apenas cultura ni vocación de adquirirla. ¡Un camionero! A la abuela Carmen casi le dio un soponcio. Y la misma Cuca fue consciente de haber hecho un "matrimonio desigual": nunca más volvió a ponerse sombrero, porque consideraba que, como señora de su marido, había perdido la prerrogativa de llevarlo.
A pesar de los malos augurios, Cuca y Ramón fueron felices, vaya que sí. Con sus altos y bajos, pero la cosa resultó. Terminaron siendo una pareja de ancianitos, un poco sordo él, un tanto gruñona ella, que iban juntos del brazo a misa, o a tomar el aperitivo los domingos, o a dar un paseo en una tarde de verano. Ramón murió en el 96, y entonces ella volvió a su natural estado de viuda o de solterona, persona impar. El luto realzaba el blanco azulado de su cabello, confería un aura de fragilidad al cuerpecillo menudo, comido de osteoporosis. Nunca se recuperó de esta pérdida. Con entereza soportó los dolores de su enfermedad, que a cada poco la conducían hasta la Unidad del Dolor, en Valdecilla. Los médicos, ante la visión de su osamenta desmadejada, no entendían que siguiera en pie. Decían que era imposible. Pero no. Su mente se negaba a perder la batalla, a dejarse vencer: era su tenacidad quien tiraba del guiñapo informe sobre el que se sostenía su inteligencia. Qué mujer más valiente.
Al tiempo que yo preparaba las maletas para trasladarme a vivir a Bilbao, ella cedió al paso cruel de los años, buscó por su cuenta una residencia y, sin avisar a nadie, cerró la casa de la calle Vargas y se largó a un moridero de viejos, a las afueras de la ciudad. Todavía allí la visité alguna vez. En silla de ruedas, su existencia se limitaba a un monótono ir y venir de la habitación a la capilla, donde rezaba a su dios. Murió estando yo en Londres, demasiado lejos como para asistir al funeral.
Creo que quise de verdad a esta mujer. No con el amor que siento por abuelita (de la que todavía no podría escribir aquí: su pérdida está muy reciente, y el vacío que ha dejado en mí es enorme), pero sí con cariño y con una especie de orgullo por haberla conocido y, me parece, entendido muy bien.
Ante la tía Cuca, todos temblaban: temían el filo cortante de su verbo, la lúcida disección que hacía de los otros. Mi abuela, frente a su hermana, no era ya mi abuela sino la hermanita pequeña (y un poco tonta) que Cuca soportaba a duras penas. Mis tíos, empezando por las hermanas mayores de papá, no eran los adultos seguros de sí que acostumbran ser, sino los bebés que ella había ayudado a criar, a quienes tantas veces castigara por portarse mal, cuyos pañales había cambiado...
Cuca tenía vocación de solterona, en todas las fotografías de sus años jóvenes aparece con una expresión triste, pensativa, la mirada gacha y una falta de belleza evidente. Mi abuela paterna, en cambio, siempre sonríe, sale mucho rodeada de amigas y de amigos, en la playa, en la calle, en su casa. Ella se casó muy pronto, a los 21 años, y Cuca se fue resignando a su ser impar, a convertirse en esa tía solterona que tiene toda familia que se precie. El báculo de sus padres ancianos, la educadora de una riada de sobrinos. Pero cuando ya rondaba los cincuenta se cruzó en su camino Ramón, un conductor de camiones grande y torpe, muy buena persona, aunque un poco perdido en su mundo, que no siempre era el nuestro. Cuando se casaron en 1959, a los pocos meses de conocerse, hubo un pequeño escándalo familiar: la señoritinga de provincias, religiosa ortodoxa y muy remilgada, se casaba con un hombre varios años más joven, sin apenas cultura ni vocación de adquirirla. ¡Un camionero! A la abuela Carmen casi le dio un soponcio. Y la misma Cuca fue consciente de haber hecho un "matrimonio desigual": nunca más volvió a ponerse sombrero, porque consideraba que, como señora de su marido, había perdido la prerrogativa de llevarlo.
A pesar de los malos augurios, Cuca y Ramón fueron felices, vaya que sí. Con sus altos y bajos, pero la cosa resultó. Terminaron siendo una pareja de ancianitos, un poco sordo él, un tanto gruñona ella, que iban juntos del brazo a misa, o a tomar el aperitivo los domingos, o a dar un paseo en una tarde de verano. Ramón murió en el 96, y entonces ella volvió a su natural estado de viuda o de solterona, persona impar. El luto realzaba el blanco azulado de su cabello, confería un aura de fragilidad al cuerpecillo menudo, comido de osteoporosis. Nunca se recuperó de esta pérdida. Con entereza soportó los dolores de su enfermedad, que a cada poco la conducían hasta la Unidad del Dolor, en Valdecilla. Los médicos, ante la visión de su osamenta desmadejada, no entendían que siguiera en pie. Decían que era imposible. Pero no. Su mente se negaba a perder la batalla, a dejarse vencer: era su tenacidad quien tiraba del guiñapo informe sobre el que se sostenía su inteligencia. Qué mujer más valiente.
Al tiempo que yo preparaba las maletas para trasladarme a vivir a Bilbao, ella cedió al paso cruel de los años, buscó por su cuenta una residencia y, sin avisar a nadie, cerró la casa de la calle Vargas y se largó a un moridero de viejos, a las afueras de la ciudad. Todavía allí la visité alguna vez. En silla de ruedas, su existencia se limitaba a un monótono ir y venir de la habitación a la capilla, donde rezaba a su dios. Murió estando yo en Londres, demasiado lejos como para asistir al funeral.
Creo que quise de verdad a esta mujer. No con el amor que siento por abuelita (de la que todavía no podría escribir aquí: su pérdida está muy reciente, y el vacío que ha dejado en mí es enorme), pero sí con cariño y con una especie de orgullo por haberla conocido y, me parece, entendido muy bien.
Comentario:
precioso.