Diario de Madrid
Sindicación
 
VIEJO POETA MALDITO
Trabajo, trabajo y más trabajo. He de entregar el Viernes, sin falta, todo el texto de Harvey corregido. Y no me da tiempo. Llevo días durmiendo poco y mal, acostándome tarde y levantándome casi al amanecer –exagero, vale: pero mucho más pronto que lo normal. La prosa del profesor Harvey (me cago en sus muertos) es farragosa, complicada, muy poco clara. Y yo he de releer dos o tres veces algunos de sus párrafos para, primero, entenderlos y, después, volcarlos a un castellano más sencillo, menos funcionarial. Difícil. Y muy cansino. Pero bueno, de momento la cosa avanza. Anoche pasé por casa de Susana, que ha sido un encanto y me ha prestado su ordenador portátil. Trabajando en casa, por la noche o en horas sueltas del día, espero cumplir los plazos marcados. Si no quiero que C me corte los huevos.

Escribo esto en La Ida, antes de la diaria tortura del periódico, y de repente una voz conocida, de mi más remoto pasado madrileño, se desliza hasta mí, me mira con sorna y se me cuela en los oídos. El timbre de voz y la entonación me retrotraen a los últimos días de la primavera de 1992, cuando yo iba de alevín de escritor por la vida y Antoñito era mi novio/castigo. Entonces, gracias a su desparpajo andaluz, conocimos a un grupo de escritores gays que pasaban las noches en “las gallinas”, donde bebían y hablaban hasta altas horas de la madrugada. Y en este momento, como salido del túnel negro del tiempo, L A, el poeta, ha entrado en La Ida, ha saludado a unos y a otros y se ha acodado en la barra, desde donde me llega su inconfundible voz aflautada. No guardo un buen recuerdo de su amistad, que, ahora sí lo veo (no entonces), nunca fue amistad sino mero interés. Tocado con una gorra marinera para ocultar su calvicie –que no parece natural, más bien producto de una enfermedad terminal: al menos parece muy enfermo y, por las pintas, debe ser una cosa seria, de las que te arrastran al hoyo–, ya no posee ese porte de enfant terrible de las letras que yo le conocí. Por un momento me siento tentado de acercarme hasta él y saludarle. Total, los años han pasado para los dos y es hora de olvidar viejas rencillas y venganzas de maruja desocupada. Me levanto, recojo mis cosas y salgo por la puerta sin siquiera mirarle. El tiempo pasó, sí, pero yo no olvido.
No