DESIDIA
Aquí me encuentro, al borde de un mediodía más, con la cabeza algo alborotada, sentado a la mesa de uno de mis bares preferidos y leyendo. Leyendo por no escribir, que es lo que debo hacer si no quiero tener problemas en el periódico. Un articulito/cuento sobre la noche madrileña. Como diría Rosa Chacel, un trabajo alimenticio, nada más que para ganar dinero. Y ni me apetece ponerme con ello ni en realidad tengo muchas ganas de continuar con la lectura, que se me hace muy cuesta arriba. “La flecha del miedo”, de Miguel Sánchez-Ostiz: un párrafo es de una hermosura críptica que da miedo; una página ya supone un esfuerzo de concentración, atarse los machos del pensamiento para que éste no vuele, y andar atento a lo que se lee; un capítulo es como la montaña de piedra que hay que escalar duramente (dejándose uno las uñas de los dedos en el intento) para, una vez llegado a la cumbre, descubrir otra montaña igual, y luego otra, y luego otra más. Así casi seiscientas páginas. No sé si me daré por vencido. De momento dejo el libro a un lado y escribo aquí, en lo que supone una especie de precalentamiento para lo gordo que viene ahora, que me espera en breve… Lo que quisiera de verdad es olvidarme de todo y de todos para mecerme en la duermevela de este mediodía perezoso, silente. Sol, sequía y otoño todo en una. Dejo esto, que no es nada (una mierda pinchada en un palo, según expresión de Umbral –aunque él se refería a los académicos de la Lengua), y me pongo con el artículo. Es casi la una, a ver cuánto me ocupa lo alimenticio.