Diario de Madrid
Sindicación
 
MALAS PULGAS
Hoy es el cumpleaños de Roberto O y de Pierre, dos amigos que se perdieron en la tramoya del tiempo y hoy para mí son menos que dos fantasmas (con sábana, cadenas de las de meter mucho miedo y ulular por los pasillos). Pero las fechas poseen ese algo mágico que nos trae el recuerdo, guste o no, de ciertos cadáveres exquisitos. Que ya ni huelen, puro hueso descarnado.
Continúo con los diarios de Sánchez-Ostiz. La mala hostia del que se siente ninguneado, avasallado, maltratado sin motivo, o por muy torticeros y sucios motivos. Todo ello por gente que no le llega a la altura del betún, a la que no puede (ni quiere) respetar. Y no me refiero sólo a los aldeanos de ciudad pequeña que se la tienen jurada por algún comentario, algún artículo, algún libro que de cerca o de lejos les roce. Hablo también de los literatos de postín, a quienes Sánchez-Ortiz suele incomodar con ganas. El mundo literario es, en cierta manera, como el Ejército: allí los galones son lo único que (parece) importa. Un sargento chusco y montaraz, sin dos dedos de frente, puede hacer con el soldado raso lo que se le antoje, no importa si en la vida civil este último es catedrático de Psicología en la Autónoma. El que llega a uno de los "pesebres", como dice el autor, se convierte en uno de los que deciden quién entra a formar parte de los elegidos y quién se queda fuera del olimpo de los dioses. No hay más que dos opciones, o tragar con ello y esperar a que te toque el turno a ti o mandarlos a todos a la mierda, que es lo que hace Sánchez-Ostiz en estos diarios descarnados y muy auténticos. A él, como novelista, nunca he sido capaz de tragarlo –pero ahora mismo, sugestionado por su día a día de hace seis años, me entran ganas de intentarlo de nuevo–, sin embargo en sus diarios, y en el librito sobre Madrid que publicó en 2003, encuentro un escritor de primera, de los que dicen cosas. Aunque no nos gusten, aunque no comulguemos de ninguna de las maneras con ellas. Su voz es real, cercana, sin florituras esteticistas, nítida y cálida. Me atrae la persona, seguro que es de lo más interesante una parrafada con él, frente a frente en algún bar, o al amor de la lumbre en un caserío en pleno invierno norteño. O quizás no, con la mala leche que destilan sus palabras, puede que no viera en mí sino al esnob cazador de autógrafos, redicho y poco interesante una vez que rascas la superficie de listeza (falsa, cada día me confirmo más en esto).
No