Diario de Madrid
Sindicación
 
ÁLBUM FOTOGRÁFICO II


Y esta otra, de cuando mi abuela tenía veinte años. Ya era novia de abuelito, pero todavía la tristeza nubla su mirada. Ellos dos se conocieron gracias a la labor de zapa, celestinesca, de tía María y tío Pepe, hermana de él y hermano de ella respectivamente. La historia tiene su miga, y me presenta a una mujer desconocida recubierta con los atributos de mi abuela. Como si, bajo la misma piel e idéntica personalidad, latiera un corazón distinto. Pasa también cuando nos cuentan historias de la mili de nuestro padre, o de repente un amigo de la familia nos comenta lo grupie del Dúo Dimámico que fue nuestra madre. Que ni a papá te lo imaginas borracho en la cantina, ni a mamá tirándose histérica de las coletas en un concierto de Manolo y Ramón. Pues eso, la historia de amor de mis abuelos cuesta digerirla si uno conoció a los dos protagonistas cuando ya peinaban canas.
Vamos a ver. Entonces ella se llamaba Maruchi y vivía con su madre después de varios años rodando de casa en casa, al cuidado de tíos y familiares que le dejaron un marcado carácter de reserva, como si nunca se permitiera ser ella misma, expandirse, porque siempre se sentía de prestado allá por donde iba. Poco antes o poco después del inicio de la Guerra Civil, se echó un novio diez años mayor que ella –lo cual no era necesariamente un problema– y de muy buena familia. Por ahí sí debieron surgir complicaciones, porque la sociedad (la buena sociedad del Sardinero y de fiestas en el Marítimo) cateta y endogámica de la primerísima posguerra no veía con buenos ojos el ayuntamiento de uno de los suyos con la huérfana de carabinero que, de parné, no andaría sobrada. Su amor creció contra viento y marea (ni sé qué vientos ni qué mareas, hablar de ello sería hacer literatura, ninguno de los que podían haberme aclarado la historia está vivo) pero se truncó cuando él falleció en un accidente de moto. Debió de ser un trago duro de pasar. Maruchi cayó en una depresión de caballo, no salía a la calle, apenas prestaba atención a cuanto sucedía a su alrededor, todo le daba igual.
Poco después fueron las fiestas de Soto de la Marina (¿verano de 1940?) y su hermano Pepe, a la sazón flamante y joven guardia civil –lagarto, lagarto–, fue para allá de jarana con unos cuantos amigos. La relación de Pepe con ese pueblo venía de años atrás. A principios de los veinte, mis bisabuelos José y María vivieron allí hasta la muerte del primero, en junio del 23 –el día en que cumplía los veintiocho, de fiebres tifoideas: murió cantando la Marsellesa, quién sabe por qué. Creo que eran vecinos de los padres de abuelito, y algo de relación hubo de haber entre ambas familias (cuenta la leyenda que, con seis años, mi abuelo, Leciuco, llevaba a todas partes de la mano a Maruchi, que no tenía aún los tres) porque lo primero que hizo Pepe fue preguntarle a la moza con la que bailaba por los Gallegos. Así que un día de San Judas, pongamos que del verano de 1940, tío Pepe (de veintiún años) se corre una juerga con los amigotes en Soto, echa un vistazo a las bellezas locales, se decide por una morenaza de caderas rotundas y mirada zumbona, bailotea con ella y, por aquello de entablar conversación, le pregunta por los Gallegos.
–¿Los conoces?
–Sí, bueno... en realidad yo era muy pequeño. Me acuerdo de Sebio y de María...
–¿De María? ¿Y tú para qué la buscas? ¿Tienes algo con ella?
–No, no es eso. ¿Sabes? De niños jugábamos juntos. Entre mi familia y la suya hubo mucha amistad.
–Pues estás bailando con ella...
Besos, abrazos, presentaciones varias. El siguiente paso fue una visita de María a mi bisabuela, durante la que se hizo muy amiga de Maruchi. Tanto María, que era una fuerza de la naturaleza, siempre reidora y jaranera, como Pepe estaban preocupados al ver que mi abuela no levantaba cabeza, que cada día se abismaba más en su dolor. Que éste era ya una enfermedad morbosa. Y decidieron presentarle a Lecio, recién llegado de Marruecos, donde había estado trabajando para el Ejército como mecánico. A ver qué pasaba... Y lo que pasó fue un corto noviazgo, un matrimonio que se alargó en el tiempo durante más de seis decenios, tres hijos, una ristra de nietos y dos bisnietas. Toda una vida que fue posible porque el destino, de existir, mira tú por dónde lo caprichoso que puede llegar a ser.
No