SUEÑO AMERICANO
La Antorcha, lugar de encuentros varios, cuanto más inesperados, mejor. Este mediodía fue con Noe y Mónica, que tomaban un café después de su habitual paseo con Bruno. El crío me pareció que está enorme, se nota que no le veía desde junio. Es igual que su madre, los mismos ojos, pero castaños, la misma nariz y el mismo obstinado gesto en la boca. Hablamos de sus proyectos, de E (de quien Noe está más que curada, y yo que me alegro), de situaciones y gentes que se cruzan en nuestras vidas y la mayoría de las veces las desbaratan. Siempre es un gustazo pasar un rato a su lado, insufla vitalidad, alegría y desparpajo a cuanto toca, levanta el ánimo hasta a un muerto, esta Noe querida. Ahora tiene en mente irse con una amiga a Buenos Aires. Es un propósito a largo plazo, de aquí a un año. Por lo visto, hay más posibilidades de trabajo allí para una actriz con un físico que no cumple los patrones elsapataky –y que se arrastra de casting en casting pidiendo una oportunidad que no llega, precisamente porque no sigue el canon de cintura de avispa, pechos enormes, pecaminosas caderas y vocecita de ingenua–, así que ha decidido liar el petate e irse a hacer la Américas. Veremos. De momento me cuenta que está en vías de amour fou con una tal Sandra; y se la ve contenta, con la energía necesaria para detener no un tren sino hasta veinte talgos. Lo dicho, buena gente.
Desde hace tres días luzco una perilla que no sé, no sé. Las canas en la barba, hasta hace poco una curiosidad simpática, son ya mayoría, toda una hermosa mata blanca que delata, más que ninguna otra cosa, la edad. Y yo vivo en un mundo competitivo de cojones, máxime si pesco siempre (como lo hago) en bancos donde abundan los pezqueñines. Ando a vueltas en Internet –el cajón de sastre de los tímidos– con dos chicos, uno de Tenerife (veintiún años, alto y guapetón, con novio aquí en Madrid, pero que chatea demasiado conmigo, me llama con cierta frecuencia y uno de estos días va a invitarme a un café que quién sabe adónde habrá de conducirnos) y otro de Avilés, donde vive (dieciocho añitos, más guapo que el anterior, alternativo en el vestir y muy simpático: la distancia, por narices, convertirá este primer coqueteo en amistad difusa o puede que en nada, seguramente en nada). Aire en el aire, humo. Pero me divierte llegar a la redacción, encender el ordenador y tenerlos allí, saludándome por el messenger y dorándome el ego a cuenta de mi supuesta guapura y de estos ojos que nunca agradeceré lo suficiente al juego genético. Qué sería de mi fama de donjuán sin mis ojos... Vaya, que esta perilla traicionera lo mismo no sobrevive al finde. O puede que sí.
Desde hace tres días luzco una perilla que no sé, no sé. Las canas en la barba, hasta hace poco una curiosidad simpática, son ya mayoría, toda una hermosa mata blanca que delata, más que ninguna otra cosa, la edad. Y yo vivo en un mundo competitivo de cojones, máxime si pesco siempre (como lo hago) en bancos donde abundan los pezqueñines. Ando a vueltas en Internet –el cajón de sastre de los tímidos– con dos chicos, uno de Tenerife (veintiún años, alto y guapetón, con novio aquí en Madrid, pero que chatea demasiado conmigo, me llama con cierta frecuencia y uno de estos días va a invitarme a un café que quién sabe adónde habrá de conducirnos) y otro de Avilés, donde vive (dieciocho añitos, más guapo que el anterior, alternativo en el vestir y muy simpático: la distancia, por narices, convertirá este primer coqueteo en amistad difusa o puede que en nada, seguramente en nada). Aire en el aire, humo. Pero me divierte llegar a la redacción, encender el ordenador y tenerlos allí, saludándome por el messenger y dorándome el ego a cuenta de mi supuesta guapura y de estos ojos que nunca agradeceré lo suficiente al juego genético. Qué sería de mi fama de donjuán sin mis ojos... Vaya, que esta perilla traicionera lo mismo no sobrevive al finde. O puede que sí.