VIVA EL CINE MUDO
Anoche, por casualidad y gracias a un zapping feroz por culpa de la mierda de programación que padecemos, di con dos películas de Charles Chaplin, en La 2. A lo mejor fueron los porros que se lía mi prima Paula (no digo que no, la distorsión de la realidad que se vuelve como de chicle, el salirse levemente de uno mismo, con la impresión de flotar en el aire, la nitidez con que se ven objetos y situaciones, lo risible de todo, ayuda, qué duda cabe), pero el caso es que me parecieron dos joyas de la cinematografía, el colmo de la genialidad. Era como ver fotografías antiguas en movimiento, los gestos histriónicos y exagerados de actores y actrices que murieron hace décadas y fueron olvidados mucho antes (Edna Purviance, por ejemplo, musa de Chaplin que no resiste el paso del tiempo: "Qué tetas más feas tiene", dijo Paula cuando la vio en pantalla... pobre Edna). Y la frescura, la gracia inmensa de Charlot. Fue un bonito final para un domingo gris y anodino, sin pizca de interés. Uno de esos regalos que a veces te encuentras sin esperarlo. Y menos mal, porque el día no fue una maravilla precisamente.
Me había levantado tarde, esa mañana, y bajé al Colby con intención de meterle el diente a la Guía del Reino Unido –M, desaparecido en combate, me ha dejado tirado con el marrón. No sólo es fastidioso sino que supone el punto y final a nuestros trabajos juntos. Yo no puedo andar detrás de nadie para que cumpla los plazos, me sale la vena de mamá cargante encima del niño travieso y vaguete, algo que no le hace ningún bien a nuestra amistad; mejor dejar las cosas claras, que él se ponga con unos libros y yo con otros. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Al final apenas trabajé, embebido en los últimos capítulos de "Drop City". Para cuando terminé la novela, eran casi las dos de la tarde. Después de un jari que se montó con unos niños rumanos que intentaron robar en la cafetería –hasta vino la poli a por ellos–, ya no me quedaron ganas sino para arrastrarme hasta casa, comer algo e ir al periódico. Donde no hubo gran cosa que hacer. Y mi estado de ánimo, por el desencuentro con M y el tema Paula/E (que daría para mucho en este Diario, pero mis labios están sellados: cuanto menos sepa de toda la historia menos mosqueado estaré con las dos, la una por tonta y sufridora en casa, la otra por puñetera), no mejoró nada.
En fin. Lo dicho, un comienzo de semana triste.
Me había levantado tarde, esa mañana, y bajé al Colby con intención de meterle el diente a la Guía del Reino Unido –M, desaparecido en combate, me ha dejado tirado con el marrón. No sólo es fastidioso sino que supone el punto y final a nuestros trabajos juntos. Yo no puedo andar detrás de nadie para que cumpla los plazos, me sale la vena de mamá cargante encima del niño travieso y vaguete, algo que no le hace ningún bien a nuestra amistad; mejor dejar las cosas claras, que él se ponga con unos libros y yo con otros. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Al final apenas trabajé, embebido en los últimos capítulos de "Drop City". Para cuando terminé la novela, eran casi las dos de la tarde. Después de un jari que se montó con unos niños rumanos que intentaron robar en la cafetería –hasta vino la poli a por ellos–, ya no me quedaron ganas sino para arrastrarme hasta casa, comer algo e ir al periódico. Donde no hubo gran cosa que hacer. Y mi estado de ánimo, por el desencuentro con M y el tema Paula/E (que daría para mucho en este Diario, pero mis labios están sellados: cuanto menos sepa de toda la historia menos mosqueado estaré con las dos, la una por tonta y sufridora en casa, la otra por puñetera), no mejoró nada.
En fin. Lo dicho, un comienzo de semana triste.
Comentario:
Esto de ser cinéfilo con sustancias de por medio es una experiencia que me la apunto como objetivo inmediato..
Me alegra que hayas vuelto!
Un saludo!
Me alegra que hayas vuelto!
Un saludo!