MENUDA SEMANITA
En el Colby, después del habitual encuentro con Gabo, que me magrea, me besuquea en la cabeza –como las tías abuelas de antaño me comían los mofletes a besos húmedos, ruidosos, largos– y es una ametralladora de proyectos, intenciones y gente que entra y sale de su vida. Ahora que por fin se fue, retomo la calma de un mediodía otoñal en Madrid. Lo cual incluye cielo despejado con el sol brillante colgado de la bóveda, un aire cargado de polución que nos coloca a todos, temperaturas más que agradables y el suave hormigueo de gente por las calles, en búsqueda del infinito. Que nunca llega.
Acabo de comprarme los diarios (Liquidación por derribo) de Miguel Sánchez-Ostiz, mi próxima lectura para cuando termine el mes de T C Boyle, el autor norteamericano que descubrí por casualidad en Vigo y que me ha mantenido atrapado en su tela de araña todo este tiempo. Tramas trepidantes, metáforas magníficas (de las que me dejan sin aliento), una construcción de personajes y de ambientes que ya quisieran muchos para sí… Aún me restan, de toda su obra traducida al castellano, otras dos novelas que, hoy por hoy, son inencontrables. Hay dos o tres librerías de viejo que todavía no he visitado, y, si no hay suerte, a esperar que reediten sus libros o se publique algo nuevo.
La semana de trabajo, que hoy toca a su fin, ha discurrido lentísima. Por culpa de mi mala cabeza, claro. El sábado, con M S, primero estuve en el Populart (adonde no iba desde hace la friolera de trece años, cuando las noches de calimocho y rosas con Daniel P) y algo más tarde, ya con M a nuestra vera, en casa de ella para que se cambiara de ropa. Alrededor de las once y media, previa caña en La Ida, nos encontramos con el núcleo duro de transversales en José Alfredo, un antiguo puticlub a lo años setenta devenido bar de copas. Estaban María&Fefa, Javier P-I sin su media naranja, Quique con su flamante novio bajo el brazo y alguno más. Corrió la coca de nariz en nariz pero yo no tomé. Aunque a medida que la noche me nublaba el entendimiento, fui acariciando la posibilidad de salir, en plan destroyer, con M. Se lo propuse y enseguida aceptó. Así que recondujimos la noche, ya solos, hasta el Ohm. Hacía meses que no me pasaba por allí, vi a unos cuantos fantasmas del pasado –Vicente entre ellos, con su apostura anoréxica y ese rostro hermoso e impenetrable con perfil de medalla que tantísimo me gustan: no le saludé–, tomé la dosis de droga necesaria y me desboqué lo justo como para bailar sin parar, ayudado por el efecto de las luces estroboscópicas (qué palabro) y el retorcimiento de otros cuerpos como islas del tesoro a mi alrededor. Ni ligué ni me ligaron. Éste es un aliciente de las drogas del que ya no disfruto, con lo que las noches de colocón junto a M ya no son lo que eran. Antes, tomarse un éxtasis era sinónimo de sexo de baja intensidad (a veces, también, del otro), y rara era la ocasión en que no buceaba con mi lengua en otras bocas, a la búsqueda de un antídoto contra la soledad. Pero eso era antes, ay. Quizá por ello, la idea de salir hasta bien entrada la mañana me dé tanta pereza. Porque no hay caramelito de regalo al final del camino. No sé. M sí se enrolló con una tía, mientras yo cargaba con su amiga, una moderna complaciente de 21 años con todos los tópicos de su edad a cuestas y una coletilla (“qué fuerte”) prendida a los labios. Terminamos en el Space, vacío de gente y con esa música que a mí me aburre soberanamente. Sentados, casi desmayados sobre los sillones que hay cerca de la pista, observábamos cómo los dos tortolitos (M y ¿Ana?) se comían a besos. Entrada, primer plato, segundo y postre.
–Cari, en cuanto el Space se llene, tú y yo triunfamos. Hacemos un trato, ¿vale? Tú me buscas un hetero que esté potente y yo te presento un gay guapo.
–De acuerdo. Pero son casi las doce y esto no remonta…
–Ya. Qué fuerte…
Y así ad infinitum. Hasta que no aguantamos más y nos fuimos cada uno por su lado. Dormí apenas tres horas y llegué al periódico muerto, destruido, derrengado.
Inicié la semana con muy mal pie, qué duda cabe. Y para cuando empezaba a recuperarme y a ser persona, la noche del martes hubo sesión Angie con E y su novia Eva. Milagrosamente, ligué allí. Uno, cuando malasañea con los amigos da por supuesto que no se va a encontrar con un solo gay a dos kilómetros a la redonda. Error. Fue con Andrew, un chaval irlandés de vacaciones en Madrid. Algo perfecto si uno busca un polvo fácil y ningún tipo de ataduras. Lechoncito guiri, recién horneado, cosecha del 84. Primero fueron unas tímidas miradas a través de la barra, refrendadas con alguna tímida sonrisa. Tímidamente fui al baño y regresé cruzando a su lado. Después de un buen rato, en que ya no hice mucho caso a la conversación (todos los sentidos puestos en el nuevo rol de cazador), se marcharon E y Eva. Yo decidí quedarme a ver qué sucedía, aunque las cervezas ya eran muchas y me acercaba a la definitiva, ésa que te sienta como un tiro y te noquea rápidamente, sin remedio, dando con tus huesos en el baño más cercano, con la cabeza en la taza del váter y toda la bilis del mundo en la boca. No fue así. Una vez solo, le sostuve la mirada. Siempre me ha fascinado ese instante previo al conocimiento de alguien, cuando el otro aún es un extraño, la armazón de huesos y músculos y tendones recubierta de carne, con una cabeza pensante ahí arriba de la que no se sabe nada. Ni qué pensamientos, ni qué emociones, la pueblan. Y entonces, zas, un movimiento hacia el otro (al abordaje, mis valientes) y todo son ojos curiosos asomándose al pozo ajeno, manos que se curvan en caricias, lo carnal que precede a todo lo demás.
A los cinco minutos (yo le miraba, bajaba la vista, le miraba), dejó a su grupo con la palabra en la boca y sorteando gente se acercó hasta mí.
–¿Hablas inglés?–, me preguntó, por supuesto en inglés.
La conversación fluyó sin problemas, nos reímos mucho y poco a poco acercamos posiciones. Que si una mano en la rodilla, que si su aliento sobre mi cara, que si el azul de su mirada enganchada a la mía. Sus colegas se marcharon y él permaneció allí, cada vez más metido en un juego de seducción que no pudo terminar de otra manera que besándonos. Con ganas, apasionados, como dos ermitaños perdidos en el desierto que de repente encuentran un oasis, sólo para ellos. Cerramos el bar y a trompicones llegamos a casa, con parada y fonda en cada esquina, olisqueándonos como animales en celo y con toda la prisa del mundo por llegar. Ya en la cama, hubo buena química y el amor/pasión aún nos duró unas horas, hasta que casi eran las seis y había que dormir, porque Andrew se levantaba en tres horas.
Ha quedado en llamarme. Espero, sinceramente, que no lo haga. ¿Para qué? Como estuvo, estuvo muy bien. Todo lo demás serían segundas partes que estropearían el recuerdo que conservo.
Acabo de comprarme los diarios (Liquidación por derribo) de Miguel Sánchez-Ostiz, mi próxima lectura para cuando termine el mes de T C Boyle, el autor norteamericano que descubrí por casualidad en Vigo y que me ha mantenido atrapado en su tela de araña todo este tiempo. Tramas trepidantes, metáforas magníficas (de las que me dejan sin aliento), una construcción de personajes y de ambientes que ya quisieran muchos para sí… Aún me restan, de toda su obra traducida al castellano, otras dos novelas que, hoy por hoy, son inencontrables. Hay dos o tres librerías de viejo que todavía no he visitado, y, si no hay suerte, a esperar que reediten sus libros o se publique algo nuevo.
La semana de trabajo, que hoy toca a su fin, ha discurrido lentísima. Por culpa de mi mala cabeza, claro. El sábado, con M S, primero estuve en el Populart (adonde no iba desde hace la friolera de trece años, cuando las noches de calimocho y rosas con Daniel P) y algo más tarde, ya con M a nuestra vera, en casa de ella para que se cambiara de ropa. Alrededor de las once y media, previa caña en La Ida, nos encontramos con el núcleo duro de transversales en José Alfredo, un antiguo puticlub a lo años setenta devenido bar de copas. Estaban María&Fefa, Javier P-I sin su media naranja, Quique con su flamante novio bajo el brazo y alguno más. Corrió la coca de nariz en nariz pero yo no tomé. Aunque a medida que la noche me nublaba el entendimiento, fui acariciando la posibilidad de salir, en plan destroyer, con M. Se lo propuse y enseguida aceptó. Así que recondujimos la noche, ya solos, hasta el Ohm. Hacía meses que no me pasaba por allí, vi a unos cuantos fantasmas del pasado –Vicente entre ellos, con su apostura anoréxica y ese rostro hermoso e impenetrable con perfil de medalla que tantísimo me gustan: no le saludé–, tomé la dosis de droga necesaria y me desboqué lo justo como para bailar sin parar, ayudado por el efecto de las luces estroboscópicas (qué palabro) y el retorcimiento de otros cuerpos como islas del tesoro a mi alrededor. Ni ligué ni me ligaron. Éste es un aliciente de las drogas del que ya no disfruto, con lo que las noches de colocón junto a M ya no son lo que eran. Antes, tomarse un éxtasis era sinónimo de sexo de baja intensidad (a veces, también, del otro), y rara era la ocasión en que no buceaba con mi lengua en otras bocas, a la búsqueda de un antídoto contra la soledad. Pero eso era antes, ay. Quizá por ello, la idea de salir hasta bien entrada la mañana me dé tanta pereza. Porque no hay caramelito de regalo al final del camino. No sé. M sí se enrolló con una tía, mientras yo cargaba con su amiga, una moderna complaciente de 21 años con todos los tópicos de su edad a cuestas y una coletilla (“qué fuerte”) prendida a los labios. Terminamos en el Space, vacío de gente y con esa música que a mí me aburre soberanamente. Sentados, casi desmayados sobre los sillones que hay cerca de la pista, observábamos cómo los dos tortolitos (M y ¿Ana?) se comían a besos. Entrada, primer plato, segundo y postre.
–Cari, en cuanto el Space se llene, tú y yo triunfamos. Hacemos un trato, ¿vale? Tú me buscas un hetero que esté potente y yo te presento un gay guapo.
–De acuerdo. Pero son casi las doce y esto no remonta…
–Ya. Qué fuerte…
Y así ad infinitum. Hasta que no aguantamos más y nos fuimos cada uno por su lado. Dormí apenas tres horas y llegué al periódico muerto, destruido, derrengado.
Inicié la semana con muy mal pie, qué duda cabe. Y para cuando empezaba a recuperarme y a ser persona, la noche del martes hubo sesión Angie con E y su novia Eva. Milagrosamente, ligué allí. Uno, cuando malasañea con los amigos da por supuesto que no se va a encontrar con un solo gay a dos kilómetros a la redonda. Error. Fue con Andrew, un chaval irlandés de vacaciones en Madrid. Algo perfecto si uno busca un polvo fácil y ningún tipo de ataduras. Lechoncito guiri, recién horneado, cosecha del 84. Primero fueron unas tímidas miradas a través de la barra, refrendadas con alguna tímida sonrisa. Tímidamente fui al baño y regresé cruzando a su lado. Después de un buen rato, en que ya no hice mucho caso a la conversación (todos los sentidos puestos en el nuevo rol de cazador), se marcharon E y Eva. Yo decidí quedarme a ver qué sucedía, aunque las cervezas ya eran muchas y me acercaba a la definitiva, ésa que te sienta como un tiro y te noquea rápidamente, sin remedio, dando con tus huesos en el baño más cercano, con la cabeza en la taza del váter y toda la bilis del mundo en la boca. No fue así. Una vez solo, le sostuve la mirada. Siempre me ha fascinado ese instante previo al conocimiento de alguien, cuando el otro aún es un extraño, la armazón de huesos y músculos y tendones recubierta de carne, con una cabeza pensante ahí arriba de la que no se sabe nada. Ni qué pensamientos, ni qué emociones, la pueblan. Y entonces, zas, un movimiento hacia el otro (al abordaje, mis valientes) y todo son ojos curiosos asomándose al pozo ajeno, manos que se curvan en caricias, lo carnal que precede a todo lo demás.
A los cinco minutos (yo le miraba, bajaba la vista, le miraba), dejó a su grupo con la palabra en la boca y sorteando gente se acercó hasta mí.
–¿Hablas inglés?–, me preguntó, por supuesto en inglés.
La conversación fluyó sin problemas, nos reímos mucho y poco a poco acercamos posiciones. Que si una mano en la rodilla, que si su aliento sobre mi cara, que si el azul de su mirada enganchada a la mía. Sus colegas se marcharon y él permaneció allí, cada vez más metido en un juego de seducción que no pudo terminar de otra manera que besándonos. Con ganas, apasionados, como dos ermitaños perdidos en el desierto que de repente encuentran un oasis, sólo para ellos. Cerramos el bar y a trompicones llegamos a casa, con parada y fonda en cada esquina, olisqueándonos como animales en celo y con toda la prisa del mundo por llegar. Ya en la cama, hubo buena química y el amor/pasión aún nos duró unas horas, hasta que casi eran las seis y había que dormir, porque Andrew se levantaba en tres horas.
Ha quedado en llamarme. Espero, sinceramente, que no lo haga. ¿Para qué? Como estuvo, estuvo muy bien. Todo lo demás serían segundas partes que estropearían el recuerdo que conservo.
Comentario:
Si, creo que he vuelto, aunque todavía no estoy muy seguro... Demasiado curro y poco tiempo para picar el diario en Internet, jeje
Comentario:
¡Por fin!