Diario de Madrid
Sindicación
 
A VUELTAS CON LA NÁUSEA
Y qué repulsión me causa la sola idea de escribir cuanto ha ocurrido en los últimos días. No tanto por los hechos en sí, perfectamente ordenables y concatenados los unos con los otros. Es un asco a coger el bolígrafo y contarlos, arrancarlos del limo que conforma todos los olvidos y ponerlos aquí por escrito. Repulsa y pereza a partes iguales, claro. Ayer por la tarde, frente al ordenador y con un montón de folios por pasar –llevo retraso de días en esto del blog: primero escribo a mano, más tarde, cuando se tercia, lo edito con el ritmo lento, lentísimo, de quien escribe con un dedo sobre el teclado–, fui incapaz de pulsar una sola tecla, mucho menos de repetir frases que a veces (ésta es una de esas ocasiones) no tolero. Como tampoco me soporto a mí mismo.

El discurrir del tiempo (imperceptible, dicen), que se mide en este suave pasar de la luz sobre el mármol de la mesa en que escribo, en que leo, desde donde observo ese otro pasar de la gente por la calle, incongruencias de carne y músculos y vísceras y cartílagos con su cerebro al frente, capitán de un barco que ya naufraga, que algún día hará aguas por todas partes y se hundirá en picado. A las dos en punto, por el extremo izquierdo de la mesa se asoma tímida una rayita de luminosidad que gana terreno poco a poco, tic tac, avanza y avanza hasta ocupar todo un tercio de la mesa, luego la mitad, para de repente reducirse por el otro extremo hasta desaparecer, de nuevo raya de luz cada vez más delgada, una fina línea que deja su lugar a la sombra. Y ya está, son las cuatro menos veinte dce la tarde, el reloj solar me levanta de aquí. Con evidente desgana (profunda desidia: ay, si pudiera meterme en la cama y no amanecer hasta un nuevo año) me dirijo a otra jornada en el periódico, con cigarros en la escalera, frases de unos y de otros como polillas a mi alrededor, problemas de última hora que habrá que solucionar y un cansancio y hastío infinitos...
No