QUÉ MALOS QUE SON LOS EXCESOS...
Anoche quedé con A. en el Gris, después de más de seis meses sin vernos las caras. A pesar de un incipiente dolor de cabeza, me dejé arrastrar por el placer de hablar con un amigo a quien daba por perdido ya (también por la curiosidad de meter el hociquito en su vida y saber qué ha sido de todo un grupo de gente al que perdí de vista hace un año). Bebimos como cosacos y terminamos muy mal, recorriendo bares cada vez más infames, un poco más nublada la vista a cada copa y con aires de cazadores furtivos siempre que una pieza se nos presentaba en lontananza. Patetiquillo, sí. Pero también interesante lo de tomarle el pulso a la ciudad una noche de entre semana. Terminamos visitando un tugurio cercano a Callao, donde nos perdimos de vista definitivamente, cada uno en su historia. Yo amanecí (todavía no sé cómo) en mi cama, con todos los dientes en su sitio y dinero en el bolsillo. Y con un resacón de muerte que me ha acompañado el día entero y que, poco a poco, se difumina ahora frente a la pantalla del ordenador. Estoy rodeado por mis compañeros del curro y sin ninguna gana de ponerme a trabajar.
Echo de menos a P., que sigue en Torrevieja ensayando esa obra interminable que van a estrenar el sábado. Hablamos por teléfono, sí. Pero el teléfono es un artilugio que me resulta extraño, un frío comunicador de emociones que apenas cumple su función. Al no tener delante el rostro de tu interlocutor, nunca sabes si lo que dice es así o asá, todo se presta a equivocación y engaño. Desde luego no es el mejor modo de mantener una relación que sólo tiene tres meses (se cumplen hoy). Le he enviado un ramo de rosas rojas (ya, ya sé, el colmo de la cursilería, pero qué le vamos a hacer si me siento el más cursi de los cursis cuando pienso en P.: supongo que es el amor, je, je) a través de Internet. Aún no las ha recibido (problemas con la dirección qe me dio, que no es la de la casa donde se queda sino la del pub cercano de su amiga Paula), espero que le lleguen hoy, si no no tendría gracia. Ayer lo pasé fatal teniendo que dictarle a un tipo por teléfono el mensaje que acompaña a las rosas... Fue como desnudarse delante de un completo desconocido, como cuando era niño y me confesaba antes de comulgar, contándole mi vida a un cura ensotanado y avejentado, que me escuchaba con la cabeza entre las manos, totalmente concentrado o, quizás, profundamente dormido. Menudo alivio cuando decidí acabar con las confesiones y no volver a pisar una iglesia salvo imponderables (a saber, bodas, bautizos y funerales).
Echo de menos a P., que sigue en Torrevieja ensayando esa obra interminable que van a estrenar el sábado. Hablamos por teléfono, sí. Pero el teléfono es un artilugio que me resulta extraño, un frío comunicador de emociones que apenas cumple su función. Al no tener delante el rostro de tu interlocutor, nunca sabes si lo que dice es así o asá, todo se presta a equivocación y engaño. Desde luego no es el mejor modo de mantener una relación que sólo tiene tres meses (se cumplen hoy). Le he enviado un ramo de rosas rojas (ya, ya sé, el colmo de la cursilería, pero qué le vamos a hacer si me siento el más cursi de los cursis cuando pienso en P.: supongo que es el amor, je, je) a través de Internet. Aún no las ha recibido (problemas con la dirección qe me dio, que no es la de la casa donde se queda sino la del pub cercano de su amiga Paula), espero que le lleguen hoy, si no no tendría gracia. Ayer lo pasé fatal teniendo que dictarle a un tipo por teléfono el mensaje que acompaña a las rosas... Fue como desnudarse delante de un completo desconocido, como cuando era niño y me confesaba antes de comulgar, contándole mi vida a un cura ensotanado y avejentado, que me escuchaba con la cabeza entre las manos, totalmente concentrado o, quizás, profundamente dormido. Menudo alivio cuando decidí acabar con las confesiones y no volver a pisar una iglesia salvo imponderables (a saber, bodas, bautizos y funerales).