TERAPIAS DE TREINTAÑERO
El sábado hubo café (cafeses) al mediodía en La Antorcha con Raquel y Jose, Jose y Raquel. Hablamos de parejas, de relaciones sentimentales, de la capacidad de amar a los cuarenta años como a los dieciséis. Raquel me dio la puntilla:
–Ya nunca vas a enamorarte con la misma ingenuidad, igual deslumbramiento, que a los dieciséis.
Frase lapidaria que me impresionó. Nunca. Bonita palabra. El problema está en que yo, con dieciséis, y con dieciocho, incluso con veinte, no tuve la oportunidad de enamorarme y vivir una de esas pasiones wertherianas de las que se habla por ahí. Claro que, cuando me colgué hasta las patas de Chus fue peor, mucho peor.
–Pues lo siento: te lo perdiste.
–No me digas eso... Yo creo que cuando uno se enamora, de algún modo vuelve a ser adolescente. Es esa ilusión, ese enganche emocional lo que yo busco, lo que echo en falta, lo que espero como agua de mayo. Claro que no es como entonces, porque tengo una experiencia y ésta pesa.
–No tengo tan seguro que tú quieras enamorarte y tener pareja. Estás en otra cosa, demasiado ocupado en vivir aventuras y acostarte con unos y con otros–, terminó de noquearme Jose.
Tienen razón. No me hace ni puñetera gracia reconocerlo, pero es así. Ya me lo decía Pierre hace años, en aquellas noches santanderinas de rara comunión inter pares, con un ajedrez de por medio en el Itaca o unas copas en el Billy Holiday. El maestro Pierre con su sonrisa de gato de Chesire (malicioso y mistérico); la esponja Cornelio, ávida de conocimiento y poesía. Entonces él me miraba socarrón, desde la atalaya de su edad inmensa (contaba cuarenta años, una cifra incalculable para mí), y resoplaba. "Tú y yo somos idénticos, nos gusta lo difícil, aquello que nos hace sufrir y no nos otorga, en ningún caso, la calma por la que decimos suspirar. Es mentira que deseemos ese reposo del guerrero: corremos tras los imposibles, el humo de una mirada que se desvanece en el aire, la casualidad de un cuerpo en degradación continua pero hoy tan hermoso, la flor de un día. Aunque no cualquiera, sino aquella en lo alto de una cumbre, que brilla al sol entre espacios de nieve perpetua. Escalamos penosamente, nos astillamos las uñas en la roca, llegamos sin aliento hasta el picacho donde nace la flor. Y si la conseguimos (que no siempre ocurre, y entonces es el dolor y el crujir de dientes, la desazón, el "por qué yo no si todos los demás sí"), tomamos entre las manos esa flor de pétalos olorosos e iniciamos con ella el retorno a tierra llana. Sólo para descubrir que ya no es la preciosidad que buscábamos, que es tan vulgar como cualquier otra: como mucho, la guardamos disecada entre las páginas de un libro que no abriremos más, donde amarilleará hasta el día del Juicio. Pero lo más seguro, amigo mío, es que la tiremos al cubo de la basura, desencantados." Yo intuía que lo que pontificaba Pierre era cierto, que pertenezco a esa rara estirpe de eternos buscadores de nada. Y cuanto antes lo reconozca y me acomode a ello, mejor para los demás y para mí mismo. Sobre todo para los demás.
Miro a Jose y a Raquel, que llevan juntos una barbaridad de tiempo, y la envidia me quema como un ácido dulce y poderosísimo. Cierto que sólo veo la parte bonita de una relación que por fuerza será complicada como todas; no sé de las renunciaciones, los sacrificios y el trabajo que hay detrás de esa calma perfecta a ojos de extraños. Quiero lo bueno sin pasar por lo malo. Y esto no puede ser. Continúo en mi fase Peter Pan, parece que por siempre jamás, amén.
–Ya nunca vas a enamorarte con la misma ingenuidad, igual deslumbramiento, que a los dieciséis.
Frase lapidaria que me impresionó. Nunca. Bonita palabra. El problema está en que yo, con dieciséis, y con dieciocho, incluso con veinte, no tuve la oportunidad de enamorarme y vivir una de esas pasiones wertherianas de las que se habla por ahí. Claro que, cuando me colgué hasta las patas de Chus fue peor, mucho peor.
–Pues lo siento: te lo perdiste.
–No me digas eso... Yo creo que cuando uno se enamora, de algún modo vuelve a ser adolescente. Es esa ilusión, ese enganche emocional lo que yo busco, lo que echo en falta, lo que espero como agua de mayo. Claro que no es como entonces, porque tengo una experiencia y ésta pesa.
–No tengo tan seguro que tú quieras enamorarte y tener pareja. Estás en otra cosa, demasiado ocupado en vivir aventuras y acostarte con unos y con otros–, terminó de noquearme Jose.
Tienen razón. No me hace ni puñetera gracia reconocerlo, pero es así. Ya me lo decía Pierre hace años, en aquellas noches santanderinas de rara comunión inter pares, con un ajedrez de por medio en el Itaca o unas copas en el Billy Holiday. El maestro Pierre con su sonrisa de gato de Chesire (malicioso y mistérico); la esponja Cornelio, ávida de conocimiento y poesía. Entonces él me miraba socarrón, desde la atalaya de su edad inmensa (contaba cuarenta años, una cifra incalculable para mí), y resoplaba. "Tú y yo somos idénticos, nos gusta lo difícil, aquello que nos hace sufrir y no nos otorga, en ningún caso, la calma por la que decimos suspirar. Es mentira que deseemos ese reposo del guerrero: corremos tras los imposibles, el humo de una mirada que se desvanece en el aire, la casualidad de un cuerpo en degradación continua pero hoy tan hermoso, la flor de un día. Aunque no cualquiera, sino aquella en lo alto de una cumbre, que brilla al sol entre espacios de nieve perpetua. Escalamos penosamente, nos astillamos las uñas en la roca, llegamos sin aliento hasta el picacho donde nace la flor. Y si la conseguimos (que no siempre ocurre, y entonces es el dolor y el crujir de dientes, la desazón, el "por qué yo no si todos los demás sí"), tomamos entre las manos esa flor de pétalos olorosos e iniciamos con ella el retorno a tierra llana. Sólo para descubrir que ya no es la preciosidad que buscábamos, que es tan vulgar como cualquier otra: como mucho, la guardamos disecada entre las páginas de un libro que no abriremos más, donde amarilleará hasta el día del Juicio. Pero lo más seguro, amigo mío, es que la tiremos al cubo de la basura, desencantados." Yo intuía que lo que pontificaba Pierre era cierto, que pertenezco a esa rara estirpe de eternos buscadores de nada. Y cuanto antes lo reconozca y me acomode a ello, mejor para los demás y para mí mismo. Sobre todo para los demás.
Miro a Jose y a Raquel, que llevan juntos una barbaridad de tiempo, y la envidia me quema como un ácido dulce y poderosísimo. Cierto que sólo veo la parte bonita de una relación que por fuerza será complicada como todas; no sé de las renunciaciones, los sacrificios y el trabajo que hay detrás de esa calma perfecta a ojos de extraños. Quiero lo bueno sin pasar por lo malo. Y esto no puede ser. Continúo en mi fase Peter Pan, parece que por siempre jamás, amén.
Comentario:
Ayyyyy!!!
Casi me entra cargo de conciencia de haberte dicho tantas barbaridades. Pero así es la cosa, y la vida es genial, maravillosa y única. Y se disfruta en cada momento. Para mi sería un autentico coñazo que todas las etapas de mi existencia hubieran sido iguales...
Pero en algo sí tienes razón. Lo que parece es distinto de lo que es. Jose y yo las hemos pasado putas y reputas muchas veces. Nos hemos dejado, nos hemos buscado, hemos sufrido... vamos, como la vida misma.
Así es, variadito, nada monótono, ¡que si no yo me aburro!.
Casi me entra cargo de conciencia de haberte dicho tantas barbaridades. Pero así es la cosa, y la vida es genial, maravillosa y única. Y se disfruta en cada momento. Para mi sería un autentico coñazo que todas las etapas de mi existencia hubieran sido iguales...
Pero en algo sí tienes razón. Lo que parece es distinto de lo que es. Jose y yo las hemos pasado putas y reputas muchas veces. Nos hemos dejado, nos hemos buscado, hemos sufrido... vamos, como la vida misma.
Así es, variadito, nada monótono, ¡que si no yo me aburro!.
Comentario:
Wolas!!
Yo me siento un poco reflejado en lo que dices...aun con 22 años pienso que vivo un poco en un mundo de fantasía en esas lides..
Pero lo que es más importante, vivo bien. O eso creo ahora.
Quizás mañana piense que no ha sido bueno, pero no creo que me duela.. O quizás si..
Yo me siento un poco reflejado en lo que dices...aun con 22 años pienso que vivo un poco en un mundo de fantasía en esas lides..
Pero lo que es más importante, vivo bien. O eso creo ahora.
Quizás mañana piense que no ha sido bueno, pero no creo que me duela.. O quizás si..
Comentario:
y por cierto, a esa edad estaba super flipada con Werther, me parecía un amor tan magnífico...
Me pica la curiosidad por releerlo a ver qué me parece ahora ;))
Me pica la curiosidad por releerlo a ver qué me parece ahora ;))
Comentario:
Pues yo sí que echo de menos aquellas pasiones de los 16 años que estallaban y te absorbían. La chispa estallaba en un pasillo del instituto o en el autobús. A continuación, podían pasar semanas y meses de intensísimas emociones y calentones alimentados sólo por miraditas, por una sonrisa o un saludo casual del guapito fiche de turno. Y de verdad que a mis 25, muchos polvos e incluso pseudorelaciones sentimentales me causan menos entusiasmo que estos jueguecitos de ligue de los 16.
Ay, que viejos somos.
Besos,
eva
Ay, que viejos somos.
Besos,
eva
Comentario:
Amigo Cornelio, yo creo que no siempre se ha de pasar por lo malo, quizá es cierto que el síndrome de Peter Pan te hace ir y venir sin ganas de comerte la cabeza con el mientras de una relación, que prefieres el cuerpo casual, como dices, y es en esa casualidad donde se radica su belleza, la belleza que a ti te interesa, las demás te traen por culo. Es cierto, digo yo, que no sé mucho de esto y lo sabes, que el amor adolescente es un tipo de amor, etiquetado con "adolescente" debido a su forma, pero no a la edad en la que debe darse. No sé, creo que puedes vivir un amor adolescente en cualquier momento, eso sí, el punto que le sigue ya no es adolesente, conllevará una responsabilidad y será a eso a lo que te refieres con "lo malo que hay que pasar para tener lo bueno". Si esa nueva belleza posterior no te impresiona, puede ser por ti, pero también puede ser por mala suerte. Hasta que no llega no se sabe, pero de todas formas me niego a creer que sea un obstáculo invencible. Como me dijiste una vez, tienes tu parte de Wendy, y es esa Wendy (aunque quizá un poco ñoña en el cuento) la que pone los pies en la tierra, no sé, yo creo que deberías aprovecharte más de ese lado.
Aim, por qué te estoy contando todo esto?
Va, no me hagas mucho caso que no tengo ni idea.
Un besote, Cornelio, y espero tu ausencia no se deba a nada malo.
Aim, por qué te estoy contando todo esto?
Va, no me hagas mucho caso que no tengo ni idea.
Un besote, Cornelio, y espero tu ausencia no se deba a nada malo.