Diario de Madrid
Sindicación
 
MISERIAS Y GRANDEZAS
Encuentro y polvo, ayer, con Juan/John. Un sudamericano guapo y morboso de piel suave, como de anguila recién sacada del agua, muslos cobrizos, culo redondo que mordisqueé a placer, pecho liso y aniñado. Tomamos unas cervezas, subimos a casa, vimos una peli y nos acostamos.
Después (veinte minutos más tarde), encuentro con P. Ya no las manos como por la mañana, pero sí me temblaban las piernas, quizás porque acababa de tener sexo con Juan/John y uno va cumpliendo años como para excederse en determinados ejercicios gimnásticos de aquí te pillo aquí te mato, a las cinco de la tarde y con toda la solana entrando a raudales por el balcón. La vida, a veces, nos sorprende con regalos inesperados. Al hallarme tranquilo en el plano sexual, pude ver a P con la distancia suficiente como para no dejarme llevar por otra cosa que no fuera la cabeza (la de arriba). ¿Volvería a encamarme algún día con él? Sí. ¿Aceptaría ser su pareja de nuevo? No. Barba a lo Jesucristo, pelo largo y lacio... estaba guapo, con su cara chupada de fumador de hachís, su ropa grunge y las ojeras violáceas en torno a unos ojos tristes pero muy bellos. Habló sin parar, con una especie de horror al silencio que pudiera formarse entre los dos (a lo que ese silencio dejaría al descubierto), y apenas me permitió meter baza en la conversación, que fue una larga lista de hechos y cosas en torno a su grupo de amigos, más familia, a quienes traté en su momento. Le acompañé a La Avispa, para comprar unos libros, y luego subimos a casa (en la habitación, restos de mis escarceos con Juan/John, pero los oculté a tiempo) porque todavía guardaba ropa suya desde el verano pasado y quería devolvérsela. Ya en la puerta, mientras nos despedíamos, se abalanzó sobre mí para darme un beso impetuoso en la boca: yo, pillado por sorpresa, ni siquiera abrí los labios, aguantando la respiración.
–Bueno, Cornelio, me ha encantado verte. Llámame, ¿vale?
–Sí, sí, claro.
Ya puede esperar sentado, porque lo que es yo, no pienso hacerlo.

Así como unos padres pueden tirarse años y años repitiéndole a su niño las principales reglas de urbanidad, que dos y dos son cuatro y cuatro más hacen ocho, que la felicidad es un compendio de haberes y debes, una pesada losa si nos falta, algo por lo que sacrificarse y luchar, con un esfuerzo supremo si es necesario; así como los papás enseñan todo eso a su criatura, y ésta puede olvidarlo enseguida –de hecho, según lo escucha con las mismas lo borra de la mente, entretenido con el vuelo de una mosca que se da de golpes contra el cristal–, del mismo modo a veces, quién sabe por qué extraño mecanismo del cerebro humano, otros comentarios perfectamente insulsos, dichos sin ninguna intención, se graban a fuego y terminan siendo pilar, basamento, punto de arranque de toda una filosofía vital.
Ni recuerdo el momento ni el lugar ni el porqué, pero no se me va de la cabeza una frase de mamá que entonces me deslumbró (supongo) lo suficiente como para almacenarla, pequeña alhaja en el joyero de la memoria. "Ningún buen músico puede ser mala persona". Una sentencia discutible, claro, que demuestra o una gran ingenuidad o una sabiduría enciclopédica. Mi madre se refería a que una persona dotada con una sensibilidad extrema para la música –que vibra y se emociona con ella– no puede ser sino buena gente, merced a esa sensibilidad, con el resto de los mortales. Cuando se lo oí decir, yo estuve de acuerdo; ahora ya no tanto. ¿Un Bach bueno, un Händel santo, un Gershwin que ayuda a los más necesitados y se preocupa por el prójimo? No necesariamente: el poseer un don (en este caso musical) no implica ni más ni menos que eso: ser dueño de una cualidad que en el común de los mortales se da. Pero en el día a día, en que todos nos desenvolvemos, quien pinta bien puede ser un gruñón, quien escribe como los ángeles muchas veces se muestra mezquino, quien compone maravillas acaso sea un canalla hijoputa con todas las letras. Mamá barría para casa (profesora de piano en el conservatorio, melómana declarada), y aunque yo entonces creía que ella misma era el ejemplo perfecto de buena persona ya no estoy tan seguro de ello, a la luz de los últimos años y su actitud -gruñona, mezquina, canalla- para con su hijo el mayor. El ser humano es cambiante: en sí lleva todas las miserias y grandezas de la especie.
 
Comentario:
Invitado, I already got real a long long time ago. Yo he aprendido de libros, pelis, de cositas de la vida...
también se puede mirar por los blogs como si fueran ventanas para ampliar perspectivas.
;)
 
Comentario:
Pues sí que se puede aprender de los blogs..no de todos, ni de todas las cosas, pero siempre se puede aprender de todo...

Ande paras, Corn?
 
Comentario:
Eva get real, desde cuando se puede aprender tanto leyendo blogs, por eso es que andamos como andamos.
 
Comentario:
Es más, la absoluta maestría en un determinada rama de la creación implica tal dedicación a ella que muy posiblemente el que la posee ha debido descuidar sus relaciones con los demás mortales.
Yo, al menos, desconfío un poco de los genios.
 
Comentario:
jajaja, a disfrutar que la vida son dos dias
 
Comentario:
Me acabo de leer tu blog enterito y tanto me gustó y tanto aprendí, que decidí crear uno propio.
http://blogs.ya.com/ciudad-visible/
 
Comentario:
Yo no creo en la santidad de nadie....

Tampoco en la bondad absoluta

Todos somos grises....Absolutamente todos...Hasta tú, Benedicto!!
No