LUZ DE ATARDECIDA
El día agoniza en estertores enfermos y, a ratos con sol, a ratos con nubes oscuras, amenazadoras y preñadas de lluvia, va cumpliendo su ciclo de tarde mientras yo escribo y escribo desde el interior sosegado de este cafetín del centro. A través de los ventanales, como quien se siente seguro desde la barrera, observo el paulatino ennegrecimiento del cielo, cómo el viento alza la voz en un soplo airado y las primeras gotas de lluvia –como una película viscosa sobre el asfalto– van mojando la piel dura de la ciudad. Ya era hora de que lloviera, dicen los que saben de estas cosas de embalses medio vacíos y sequía a la vuelta de la esquina. A mí, la lluvia me trae nostalgias de otros lares, pero hoy estoy contento y nada va a hacer mella en esta felicidad tonta que más bien es satisfacción por el trabajo bien hecho. Casi de un golpe, sin respirar apenas, he escrito dos artículos, y esta vez sí que me convence el resultado. Qué fácil resulta cambiarme el humor, se trata simplemente de cumplir con el deber autoimpuesto y ya está. Oh, milagro. Felicidad todo el día, aunque diluvie y se abran las fauces del infierno para tragarnos a todos de un bocado. Afuera truena, la gente –en sus ropitas de verano, a todas luces insuficientes– se apresura a refugiarse en los portales, bajo las marquesinas, elevando los brazos por encima de la cabeza para evitar mojarse. Y aquí dentro encienden las luces, como si ya fuera de noche y las tinieblas se hubieran hecho antes de tiempo.
Comentario:
Bonito paisaje el que describes, al menos para mi..
Saludos
Saludos