Diario de Madrid
Sindicación
 
BARBACOA
El calor aprieta y, aunque por la noche todavía viene bien abrigarse con una chaqueta, en las horas centrales del día no hay quien esté al sol. La gente por la calle camina como esquinada y siempre a la sombra. Me temo que en Madrid, la primavera como tal va a ser muy breve.
Nuestra excursión a Valsaín fue todo un éxito. Comimos opíparamente en un lugar cercano a La Granja, donde hay habilitadas varias barbacoas para que la gente se sirva a placer. Fuimos casi veinte personas, entre hermanos de, amigos de y amigos de amigos de. Tirados sobre la hierba, espantando mosquitas que se arremolinaban en torno del grupo, al llamado de la carne sobre la barbacoa, la tarde se fue adelgazando en la línea del horizonte, incendiando de oros y violetas el cielorraso. Parecía imposible, en la calma tenue de una comunión a veinte, que existieran otros mundos paralelos, otras calmas, otros delirios fuera de aquella campa donde, por hacer, hasta se jugó un tosco partido de fútbol mientras los más vagos –yo entre ellos– observábamos los pases de balón entre vapores de siesta. Costó levantar el campamento, echar los restos de comida en la bolsa de los desperdicios, despejarnos de tarde y de sábado para ir a tomar un café al pueblo de Valsaín, último estadio camino de Madrid y del tiempo auténtico, recobrado (hormiguitas que en fila india retoman sus labores), del día a día.
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