Diario de Madrid
Sindicación
 
NEURAS TREINTAÑERAS
En pie desde las once, he dejado a Tere metiéndole mano al tema de la limpieza y me tomo un primer café en La Antorcha, a la espera de que E o Eva den señales de vida y me confirmen si hay o no excursión a Valsaín, tal y como se habló anoche. Yo les abandoné a todos cerca de las dos y pico de la mañana, absolutamente borracho y derrotado: el camino de vuelta desde Lavaspiés lo hice a trompicones, al pasar por Sol sentí pudor, porque era evidente lo muy perjudicado que iba –haciendo eses de un lado al otro de la calle– y cada vez eran más los grupos de gente que me iba cruzando. El sueño ha discurrido agitado y plagado de imágenes extrañas –el nuevo Papa moría y en el cónclave para elegir su sucesor se nombraba a uno muy joven, de treinta y tres años (¿era yo?, no lo recuerdo)–; a las ocho y media me despertó el sol, que entraba de lleno en el cuarto y me golpeaba el rostro: había olvidado cerrar los postigos. Medio atontolinado, me arrastré hasta el balcón, los ajusté, la noche se hizo de nuevo como por encanto y pude descansar varias horas más.
Ya tengo trabajo con la SGAE, a través de C. Comimos en un italiano de Chueca y al café posterior se apuntó M. Yo no estaba de humor, destilaba negatividad y bilis por los cuatro costados, así que no fui la compañía ideal. De todas maneras, ambos me soportaron como buenos amigos y pude traspasar el umbral de la tarde con una sonrisa. Desencantada, pero sonrisa al fin y al cabo. Serían las cinco y pico cuando llamé a la puerta de M S. Más café y más charla desencantada con su poquito de exorcismo de uno mismo, que es cosa de agradecer. El café en su casa fue largo y ameno, de cuando en cuando se pasaba su sobrina Sara por la cocina y se unía a la conversación. Fundamentalmente acerca de cuestiones sentimentales. Pero qué mal que estamos los treintañeros de lo nuestro. Dos horas más tarde, me acompañó a comprar unas gafas de sol. Mirarme con los diferentes modelos en el espejo de la óptica no me hizo ningún bien: frente a mí se probaba gafas un Cornelio avejentado y feo, triste recuerdo infeliz de uno que fue hace tiempo. Luego tomamos cerveza por una de las terrazas de Huertas, ya más distendidos. Quiero decir que los problemas que arrastramos, a la luz tenue y declinante de la tarde, tras un día magnífico de sol, eran más problemillas y menos problemones, y se prestaban a broma. Es bueno reírse de uno mismo, sin duda. Allá sentados, como si estuviéramos en el Paseo Pereda y fuéramos dos viejas quisquillosas a la caza del último chisme, nos divertimos mucho y de algún modo superamos humores sombríos que jamás conducen a buen puerto. Lo pasé bien, y ya más animado me apunté a la pandilla de E y compañía, en Lavapiés, donde terraceaban en un garito llamado Rillón. De allá, pasada la medianoche, recalamos en la Cebra Coja, donde hubo más cervezas, confidencias entre humo de cigarros y del otro –Lola y su relación con un tal Marcos, que la trae de cabeza... Repito: cómo estamos de despistados los treintañeros–, maíz tostado y un encuentro inesperado con Nick, el del periódico.
Recién salíamos de allí, camino del Juglar, cuando vi clarísimo lo mal que estaba y decidí largarme con viento fresco por no terminar desnucado en algún baño, montando el típico número del borrachín pesado.
No