CASERA
No comí con M S, que hubo de quedarse en Aluche para tratar unos asuntos de trabajo. De modo que continué todo el comienzo de la tarde rumiando pensamientos sombríos, nada saludables. Para colmo, según llegué al periódico me encontré con una tarjeta postal del lector/kamikaze que el verano pasado la tomó conmigo y estuvo insultándome por escrito durante más de un mes. Desde entonces, no había vuelto a dar señales de vida, pero ahora regresa con fuerzas redobladas y justo lo hace en un momento en que yo me hallo especialmente bajo de defensas. Agarré la tarjetita (donde me tildaba de hijo de la gran puta para arriba, ay, estos fachillas irredentos, sin el insulto en la boca no son nada) y se la entregué a M-L R, para que el abogado de la empresa tome las medidas pertinentes: no tengo por qué aguantar a cafres de ese calibre. Y la puntilla fue un mail de Quesadilla, poco menos que diciéndome que la columna era una mierda sensiblera y antoniogala. A este chico se le va un tanto la olla, hemos comido juntos varias veces, tenemos amigos comunes, sí, pero no me conoce ni tiene la suficiente confianza conmigo como para hacer algo así. Lo peor de todo es que estoy de acuerdo con él en lo del artículo. Creo que nunca me he arrepentido tanto de haber publicado algo.
Bueno, es igual, apartemos telarañas en este mediodía claro y maravilloso, no sirve de nada darle vuelta a las cosas ya hechas. No de esta manera rayana en lo autodestructivo. Ahora me tomo un café en el Colby, escucho la música de siempre, saludo a G –que se sienta a mi mesa, me vuelve tarumba la cabeza con su verborreae sin fin y luego se marcha rápido porque trabaja en una de las terrazas de Chueca: ha engordado y lo veo con otros ojos, feo y muy poco deseable–, escribo en el Diario y mato el tiempo con Laura Restrepo ("La novia oscura"), una vez que terminé la novela de Alan Pauls (soberbia) y deseché, sucesivamente, "Diario de un ladrón" de Genet y los apuntes autobiográficos de Canetti sobre Inglaterra ("Fiesta bajo las bombas"). En una hora veré a C, que me va a dar trabajo para los próximos días; más tarde, esta vez sí, a M S, con la que hay pendiente un café largo.
Acabo de pagar el alquiler, y como siempre ha habido charla/río con María Cristina, la casera. Nos llevamos bien, esta señora y yo: desde el principio hubo un entendimiento mutuo que ha ayudado lo suyo en la buena sintonía de estos casi cuatro años. Cercana a los ochenta, peinado a lo gran dama en precario equilibrio (gracias a la laca), un marido cada día más enfangado en la ancianidad de la que no se vuelve, huérfana de hijo desde hace cinco años –en que un borracho al volante segó la vida de su único retoño– y completamente entragada a su nieto el pequeño. Un encanto de señora. Disfruto mucho con ella: nuestras buenas parrafadas nos echamos, yo a cuenta de que es una especie de abuela/arrendataria, ella porque me ve como a alguien de confianza ("No sé por qué, pero desde el principio me caíste bien", afirma).
Bueno, es igual, apartemos telarañas en este mediodía claro y maravilloso, no sirve de nada darle vuelta a las cosas ya hechas. No de esta manera rayana en lo autodestructivo. Ahora me tomo un café en el Colby, escucho la música de siempre, saludo a G –que se sienta a mi mesa, me vuelve tarumba la cabeza con su verborreae sin fin y luego se marcha rápido porque trabaja en una de las terrazas de Chueca: ha engordado y lo veo con otros ojos, feo y muy poco deseable–, escribo en el Diario y mato el tiempo con Laura Restrepo ("La novia oscura"), una vez que terminé la novela de Alan Pauls (soberbia) y deseché, sucesivamente, "Diario de un ladrón" de Genet y los apuntes autobiográficos de Canetti sobre Inglaterra ("Fiesta bajo las bombas"). En una hora veré a C, que me va a dar trabajo para los próximos días; más tarde, esta vez sí, a M S, con la que hay pendiente un café largo.
Acabo de pagar el alquiler, y como siempre ha habido charla/río con María Cristina, la casera. Nos llevamos bien, esta señora y yo: desde el principio hubo un entendimiento mutuo que ha ayudado lo suyo en la buena sintonía de estos casi cuatro años. Cercana a los ochenta, peinado a lo gran dama en precario equilibrio (gracias a la laca), un marido cada día más enfangado en la ancianidad de la que no se vuelve, huérfana de hijo desde hace cinco años –en que un borracho al volante segó la vida de su único retoño– y completamente entragada a su nieto el pequeño. Un encanto de señora. Disfruto mucho con ella: nuestras buenas parrafadas nos echamos, yo a cuenta de que es una especie de abuela/arrendataria, ella porque me ve como a alguien de confianza ("No sé por qué, pero desde el principio me caíste bien", afirma).