PÉSAME
El aniversario de la muerte de abuelita fue un día extraño. Aunque pensé en ella continuamente, lo cierto es que la jornada no revistió ningún significado especial, quiero pensar que porque yo estaba lejos de todo el mogollón y así, sin la parafernalia del duelo, es difícil meterse en el papel. No puedo evitar sentirme culpable por, al cabo sólo de un año, haberme recuperado de esta muerte que tanto me afectó en su momento. La noche anterior quedé con R** para ir al cine (vimos la última de Chabrol, a mí me gustó) y, después de cenar en un italiano por los aledaños de la plaza del Dos de Mayo –que con las fiestas de la Comunidad estaba tomada por toda una chiquillería en botellón, custodiada por la policía, que controlaba los accesos, por tocar las narices más que nada–, subimos a casa, vimos una peli y nos acostamos. Fue un error por mi parte que no tenía que haber sucedido, porque lo que yo buscaba de un modo harto consciente era no estar solo, ni siquiera se trataba de follar, que eso es adyacente. Lo que uno no puede hacer es ir por la vida utilizando a los demás: no estoy nada orgulloso de lo que he hecho...
El caso es que nos levantamos tarde, cerca de las dos, y aún tardé un buen rato en arrancar, una vez que él se fue (con un despertar de lo más rancio, siempre me tocan chicos así). Una ducha reparadora, que me limpiara la mala conciencia de Mata Hari de pacotilla, medio segundo ante el espejo y a la calle, camino del periódico.
Según crucé por la puerta de la oficina, me invadió un mal rollo considerable que ya no me dejó durante el resto del día. Casi cercano al mal humor. Qué bien se vive sin trabajar, y qué cuesta arriba se hace el regreso después de un largo puente libre. Coincidí por primera vez con Eloísa, con quien repartí en amor y compañía las tareas propias de la corrección, como buenos hermanos. De modo que tampoco hubo mucho que hacer, ya no recordaba cuándo fue la última vez que tuve momentos de relax entre página y página. Pero el desasosiego no me abandonaba, era como un peso en la boca del estómago que me obligaba a boquear, pez fuera del agua. Lo bueno de llevar un tiempo largo en el curro es que la gente (en su mayoría) ya me conoce, y en cuanto notaron que yo no estaba de buen humor me dejaron tranquilo, no en vano arrastro fama de gruñón y malas pulgas. Siempre han de pagar, claro, justos por pecadores: estuve pelín borde con Olivia, que era un cangrejo con tetas por culpa de un día en la playa sin la crema protectora. Hoy le pediré disculpas.
Lo que en realidad sucedía es que iba atrasando lo inevitable, el llamar por teléfono a abuelito y encarar una conversación que no me apetecía mantener. ¿Cómo se hace para recordarle, sin meter el dedo en la llaga, que ya se cumplió un año desde el fallecimiento de su esposa? El tema relaciones sociales/cortesías varias se me da fatal. En esos casos me gustaría esconder la cabecita entre las sábanas de múltiples obligaciones (trabajo, trabajo, trabajo) y esperar a que pase el turno de réplica. Mi abuelo jamás habría entendido que yo, precisamente yo, diera la callada por respuesta. De modo que respiré hondo, crucé los dedos y llamé. Se puso Charly, quien me comentó que abuelito lleva unos días algo revuelto, desestabilizado, a medida que se acercaba la fecha.
–Ahora duerme la siesta. ¿Quieres que le despierte?
–No. Déjale descansar. Hacemos una cosa: cuando se levante, hazme una perdida y yo le llamo.
–De acuerdo. Un abrazo.
Cuando logré hablar con él, su voz temblorosa, como un aleteo de pájaro enfermo, me indicó el grado exacto de agitación (mezcla de sentimientos: tristeza y añoranza por lo que no ha de volver a ser) que anidaba en el pecho del pobre viejo.
–Abuelito, ¿cómo has pasado el día?
–Estuvimos en el cementerio esta mañana y luego fuimos a tomar el aperitivo.
–Me hubiera gustado estar allí contigo, pero hoy trabajo y ha sido imposible.
–Sí...– y la voz se le astillaba en un gemido inconexo, balbuciente.
–Has estado acompañado por todos, ¿no?
–Sí...
–Eso está bien. Pues nada, quería que supieras que yo también me he acordado (cómo olvidar) y que también estoy triste.
Me lo monté pésimo, no podía haber elegido peor día para referirme a su pérdida. Estúpido. Últimamente, he caído en la cuenta de que nunca se hace alusión a abuelita en su presencia, como si el soplo del tiempo no nos hubiera arrancado únicamente su ser físico sino que también hubiese afectado a nuestra memoria y la infinidad de recuerdos con mi abuela de protagonista –como piedrecitas en el camino que condujeran a su persona– se hubieran borrado definitivamente. No creo que sea bueno, ni como terapia ni como duelo. Y hace semanas que decidí hacerla presente, de un modo natural y "sano", en mis conversaciones con él. Pero fui torpe, no se inician terapias de choque justo en días como el de ayer. Me sentí un canalla sin sentimientos. Lo que no debo olvidar es que me dirijo a un anciano de ochenta y ocho años que ya no tiene ningún futuro por delante, al que la vida no le ofrecerá más de lo que posee ahora. Y que con la muerte de su mujer ha perdido todo un pasado, un tesoro irrecuperable. Mi madre, mi tío, todos nosotros, los nietos, lo superaremos porque el día de mañana tiene un significado real, sólido. Sin embargo, abuelito no cuenta con mañana alguno, su ciclo vital se cumplió con creces y lo que resta es un ejercicio monumental y cansino de supervivencia, sin otro sentido que el continuar con los suyos un poco más.
El caso es que nos levantamos tarde, cerca de las dos, y aún tardé un buen rato en arrancar, una vez que él se fue (con un despertar de lo más rancio, siempre me tocan chicos así). Una ducha reparadora, que me limpiara la mala conciencia de Mata Hari de pacotilla, medio segundo ante el espejo y a la calle, camino del periódico.
Según crucé por la puerta de la oficina, me invadió un mal rollo considerable que ya no me dejó durante el resto del día. Casi cercano al mal humor. Qué bien se vive sin trabajar, y qué cuesta arriba se hace el regreso después de un largo puente libre. Coincidí por primera vez con Eloísa, con quien repartí en amor y compañía las tareas propias de la corrección, como buenos hermanos. De modo que tampoco hubo mucho que hacer, ya no recordaba cuándo fue la última vez que tuve momentos de relax entre página y página. Pero el desasosiego no me abandonaba, era como un peso en la boca del estómago que me obligaba a boquear, pez fuera del agua. Lo bueno de llevar un tiempo largo en el curro es que la gente (en su mayoría) ya me conoce, y en cuanto notaron que yo no estaba de buen humor me dejaron tranquilo, no en vano arrastro fama de gruñón y malas pulgas. Siempre han de pagar, claro, justos por pecadores: estuve pelín borde con Olivia, que era un cangrejo con tetas por culpa de un día en la playa sin la crema protectora. Hoy le pediré disculpas.
Lo que en realidad sucedía es que iba atrasando lo inevitable, el llamar por teléfono a abuelito y encarar una conversación que no me apetecía mantener. ¿Cómo se hace para recordarle, sin meter el dedo en la llaga, que ya se cumplió un año desde el fallecimiento de su esposa? El tema relaciones sociales/cortesías varias se me da fatal. En esos casos me gustaría esconder la cabecita entre las sábanas de múltiples obligaciones (trabajo, trabajo, trabajo) y esperar a que pase el turno de réplica. Mi abuelo jamás habría entendido que yo, precisamente yo, diera la callada por respuesta. De modo que respiré hondo, crucé los dedos y llamé. Se puso Charly, quien me comentó que abuelito lleva unos días algo revuelto, desestabilizado, a medida que se acercaba la fecha.
–Ahora duerme la siesta. ¿Quieres que le despierte?
–No. Déjale descansar. Hacemos una cosa: cuando se levante, hazme una perdida y yo le llamo.
–De acuerdo. Un abrazo.
Cuando logré hablar con él, su voz temblorosa, como un aleteo de pájaro enfermo, me indicó el grado exacto de agitación (mezcla de sentimientos: tristeza y añoranza por lo que no ha de volver a ser) que anidaba en el pecho del pobre viejo.
–Abuelito, ¿cómo has pasado el día?
–Estuvimos en el cementerio esta mañana y luego fuimos a tomar el aperitivo.
–Me hubiera gustado estar allí contigo, pero hoy trabajo y ha sido imposible.
–Sí...– y la voz se le astillaba en un gemido inconexo, balbuciente.
–Has estado acompañado por todos, ¿no?
–Sí...
–Eso está bien. Pues nada, quería que supieras que yo también me he acordado (cómo olvidar) y que también estoy triste.
Me lo monté pésimo, no podía haber elegido peor día para referirme a su pérdida. Estúpido. Últimamente, he caído en la cuenta de que nunca se hace alusión a abuelita en su presencia, como si el soplo del tiempo no nos hubiera arrancado únicamente su ser físico sino que también hubiese afectado a nuestra memoria y la infinidad de recuerdos con mi abuela de protagonista –como piedrecitas en el camino que condujeran a su persona– se hubieran borrado definitivamente. No creo que sea bueno, ni como terapia ni como duelo. Y hace semanas que decidí hacerla presente, de un modo natural y "sano", en mis conversaciones con él. Pero fui torpe, no se inician terapias de choque justo en días como el de ayer. Me sentí un canalla sin sentimientos. Lo que no debo olvidar es que me dirijo a un anciano de ochenta y ocho años que ya no tiene ningún futuro por delante, al que la vida no le ofrecerá más de lo que posee ahora. Y que con la muerte de su mujer ha perdido todo un pasado, un tesoro irrecuperable. Mi madre, mi tío, todos nosotros, los nietos, lo superaremos porque el día de mañana tiene un significado real, sólido. Sin embargo, abuelito no cuenta con mañana alguno, su ciclo vital se cumplió con creces y lo que resta es un ejercicio monumental y cansino de supervivencia, sin otro sentido que el continuar con los suyos un poco más.
Comentario:
canalla sin sentimientos? estúpido? ahí te has pasao... que le llamaste y estuvo triste? pues claro!! antes y después de tu llamada, que seguro se le quedó latiendo dentro, porque él sabe, aunque la vuestra sea una relación silenciosa, que quizá después de él (bueno, y de sus hijos), tú seas quién más quiso a la abuela... un bso fuerte, mañana me voy, no me da tiempo!! parezco el conejo de alicia, llego tarde a todas partes... hasta el domingo, ya te mandaré algún mensajito