ANTÍDOTO CONTRA EL AMOR
Mañana se cumple un año de la muerte de abuelita, una montaña de días que aplastan el dolor y lo endulzan, haciéndolo soportable. Me alegra no estar en Santander para poder huír de la misa y demás zarandajas que han de celebrarse. De lo que no me libro es de la llamada a mi abuelo, no sé muy bien en qué tono y de qué manera: ¿cómo se da el pésame al cabo del año? Estas cuestiones sociales me superan.
El domingo lo pasé metido en casa, frente a la tele, viendo película tras película y sin ninguna intención de pisar la calle. La noche anterior salí con M por el Gris y, después de una conversación tan interesante como inútil (debemos ser más valientes, más libres, más pasotas en nuestras relaciones sentimentales; esto es, debemos convertirnos en otro ser diferente al que somos, algo que me parece muy difícil, por no decir imposible), le dejé camino del Ohm, en busca de aventuras. Mi intención era el ir para casa, pero un cierto ardor sexual –la noche cálida, los grupos de jóvenes enfebrecidos de noche, mi propia necesidad física tras cerca de tres semanas sin follar– me desvió de la ruta trazada y dio con mis huesos en un bareto de Chuca, con cara afilada de gavilán de las cumbres y muchas ganas de ligarme a alguno. Por allá, con su cigarro eterno prendido a los labios y un aroma a rancio, a mal afeitado y sueño atrasado, estaba J M, con quien hilvané unas cuantas frases apresuradas y sin importancia. De todos modos, se fue pronto del bar, así que no tuve que improvisar ninguna excusa para sacudírmelo de encima. Como herencia me quedó un amigo suyo al que previamente me había presentado y que me dio la chapa durante un buen rato. Aprovechando el que tenía que mear, fui al baño y ya no regresé a su lado. La noche estaba erizada de chicos guapos y dispuestos, eso se veía a la legua, y no me costó esfuerzo ligarme a un tal Felipe, medio amulatado y con toda la agreste fiereza de la selva amazónica en la mirada y en el grosor refrescante de sus labios como ventosas. Lo subí a casa con la urgencia de quien necesita su dosis de droga. El sexo no fue nada del otro mundo, pero fue, y de eso se trataba. Sobre mi cama, abierto para mi disfrute, un cuerpo esculpido a cincel, barbilampiño y joven. De un lado y del otro, lo volteé, lo olisqueé, lo gocé. Y con las mismas, una vez que se vistió y salió por la puerta –no sin antes darme un número de teléfono que no voy a marcar–, lo borré de la mente como si nunca hubiera existido. Un nombre más junto a una fecha y unas líneas descriptivas en este Diario.
Últimamente, cuando la posibilidad de ver con frecuencia a Roberto hace aguas ante una realidad esquiva, lo que necesito es distraerme con historias mínimas (más que historias, tiras cómicas) que me arranquen las malas hierbas del recuerdo de un imposible. Uno es así de pragmático.
El domingo lo pasé metido en casa, frente a la tele, viendo película tras película y sin ninguna intención de pisar la calle. La noche anterior salí con M por el Gris y, después de una conversación tan interesante como inútil (debemos ser más valientes, más libres, más pasotas en nuestras relaciones sentimentales; esto es, debemos convertirnos en otro ser diferente al que somos, algo que me parece muy difícil, por no decir imposible), le dejé camino del Ohm, en busca de aventuras. Mi intención era el ir para casa, pero un cierto ardor sexual –la noche cálida, los grupos de jóvenes enfebrecidos de noche, mi propia necesidad física tras cerca de tres semanas sin follar– me desvió de la ruta trazada y dio con mis huesos en un bareto de Chuca, con cara afilada de gavilán de las cumbres y muchas ganas de ligarme a alguno. Por allá, con su cigarro eterno prendido a los labios y un aroma a rancio, a mal afeitado y sueño atrasado, estaba J M, con quien hilvané unas cuantas frases apresuradas y sin importancia. De todos modos, se fue pronto del bar, así que no tuve que improvisar ninguna excusa para sacudírmelo de encima. Como herencia me quedó un amigo suyo al que previamente me había presentado y que me dio la chapa durante un buen rato. Aprovechando el que tenía que mear, fui al baño y ya no regresé a su lado. La noche estaba erizada de chicos guapos y dispuestos, eso se veía a la legua, y no me costó esfuerzo ligarme a un tal Felipe, medio amulatado y con toda la agreste fiereza de la selva amazónica en la mirada y en el grosor refrescante de sus labios como ventosas. Lo subí a casa con la urgencia de quien necesita su dosis de droga. El sexo no fue nada del otro mundo, pero fue, y de eso se trataba. Sobre mi cama, abierto para mi disfrute, un cuerpo esculpido a cincel, barbilampiño y joven. De un lado y del otro, lo volteé, lo olisqueé, lo gocé. Y con las mismas, una vez que se vistió y salió por la puerta –no sin antes darme un número de teléfono que no voy a marcar–, lo borré de la mente como si nunca hubiera existido. Un nombre más junto a una fecha y unas líneas descriptivas en este Diario.
Últimamente, cuando la posibilidad de ver con frecuencia a Roberto hace aguas ante una realidad esquiva, lo que necesito es distraerme con historias mínimas (más que historias, tiras cómicas) que me arranquen las malas hierbas del recuerdo de un imposible. Uno es así de pragmático.