HETEROS, HETEROS
No es resaca pero sí un cansancio suave el que me aletarga y vuelve pesados, demorados y torpes cada uno de mis movimientos. Anoche armamos una buena varios del periódico y yo hice lo que todo gay con dos dedos de frente debe evitar, por salud mental y de la otra. Coqueteé con dos tíos del trabajo, ambos heterosexuales. Juro que no quería, pero el alcohol y la noche –en que los gatos más variados te confunden y pueden llegar a parecer de un pardo lustroso– hicieron de las suyas y viví la fantasía más recurrente entre los gays.
Nick es irlandés, delgadísimo hasta la náusea y de unos ojazos azules como dos piedras congeladas en medio de un lago. Rostro franco y sonrisa abierta. Mayor para mí (me saca tres años y ya tiene el cabello completamente blanco), el atractivo que anoche irradiaba era el canto de sirena que amenazaba con el naufragio de mi barquichuela. Trabaja con los de diseño, y apenas habíamos cruzado un par de palabras hasta anoche. Preguntó mi nombre, se lo dije, preguntó si yo sabía cómo se llama él.
–¿Kevin?
–Nooo, Nick.
–Ah, bueno. Yo sabía que por ahí había una k...
A lo largo de la noche, volvía una y otra vez a mí, y de nuevo me preguntaba por su nombre.
–Kevin.
–Que no, me llamo Nick.
–Eso, Nick. Con k al final y no al principio.
Risas y miradas extrañas, muy poco definidas. Me hizo dudar. ¿Sería un gay armarizado? Todos estos extranjeros, con su acento farragoso, destilan una pluma que a veces es complicado clarificar. Aunque enseguida entreví que quien le interesaba (no podía ser de otra manera) era Anuska. La observó con detenimiento y quiso ser caballeroso con un piropo.
–Tienes unos dientes muy buenos.
Rocío (compañera de piso de Anuska) y yo nos partíamos de risa.
–Que no se dice así, Nick. Se dice "tienes una sonrisa preciosa". Porque lo de los dientes parece más propio de una yegua.
Se me abrazaba, un poco demasiado, la verdad, mientras trasegábamos nuestras copas. Por allí brujuleaba Antonio, redactor de Castilla-La Mancha. Muy machote, guapo y cuerpazo, con veinticinco años bien plantados y el último tío en quien pondría los ojos encima (porque exuda masculinidad y en esos campos de rastrojo no se me ha perdido nada). De hecho, durante el mes en que estuvo de prácticas con nosotros, antes de volver a Ciudad Real, era alguien a quien admirar pero siempre de lejos: espaldas anchas, brazos musculados, culo redondo y atrapado en unos vaqueros demasiado ajustados, piernas de futbolista... No obstante, anoche, cuando Nick desaparecía para charlar con Miguelón, o con Enrique, o con Anuska, él se acercaba y me pasaba el brazo por el hombro con una naturalidad turbadora, me miraba a los ojos con una rara fijeza y entraba al trapo de un coqueteo deslavazado pero intenso. Hubo un momento en que bajé al servicio y allí estaba él, charlando mientras meaba con un tipo que, no bien me vio, comenzó a alabar mi camiseta.
–Qué guapa, con el Naranjito. Tú sí que eres un crack.
Salieron del baño y entré yo. Di por supuesto que se habían ido, aunque sus voces seguían sonando nítidas. Antonio me llamó:
–Cornelio, ¿sales?
–Sí, ahora mismo.
Así que me había esperado, en lugar de reunirse arriba con los demás, que era lo lógico. Podía ser un detalle amable por su parte o, quién sabe, algo menos claro y más interesante. Según subíamos las escaleras, me puso la mano en la espalda, acariciándola levemente, al tiempo que me decía lo pesado que era el tío ése.
–¿Lo escuchas? Pues así de cargante todo el rato. Vamos a darle esquinazo.
No digo que él (pobriño) fuera consciente de lo que ocurría entre los dos. Ya me ha pasado otras veces con machos de su calibre. Recuerdo a Carlos "Caranca", en la Universidad, alto y bien proporcionado, lleno de novias por todas partes y que se tiró dos o tres meses lanzándome mensajes ambiguos que me desorientaban, emocionaban y ponían nervioso a partes iguales. Nunca pasó nada, por supuesto, porque si hubo algo más que amistad –el iceberg del deseo asomando un pico tímido por encima del piélago de camaradería– él no llegó a definirlo. Y de haber sido consciente, seguro que le hubiera entrado un acojone importante. "¿Seré gay?", es la pregunta que se hacen cuando, sin saber por qué, sienten la punzada de interés hacia otro tío. Dar el paso de lo prohibido (homosexualidad) a lo establecido (heterosexualidad) es muchísimo más sencillo que realizar el trayecto contrario. A mí me ha ocurrido: si me acuesto con una chica, no me levanto al día siguiente cuestionando mi orientación sexual, tengo muy claro que soy gay y que no voy a dejar de serlo por haber follado con alguien del sexo contrario. En cambio, un hetero no se lía fácilmente con otro tío –si no hay copas o sustancias ilícitas, unidas a la noche y al cachondeo, de por medio. Sería una hecatombe para su autoestima, para la imagen que de sí mismo se ha construido. De manera que la mayoría se limita a balancearse en la cuerda floja de este erotismo de bajísima intensidad, con coqueteos y juegos teñidos de morbidez, poco más. Al día siguiente pueden llamarlo amistad. Pero trasciende lo que entendemos por amistad, por supuesto. Si no fuera por los fortísimos condicionantes culturales que nos dominan, el número de bisexuales, en mayor o menor grado, sería enorme. No escribo esto tratando de barrer para casa: simplemente es algo que tengo muy comprobado.
Total, que ya en el Taboo Rocío me confesó que Antonio le ponía, y yo me retiré a un segundo plano del que no debía haber salido. Nick y Anuska se marcharon juntos en taxi –viven cerca– y Antonio se lanzó a una conversa con Rocío que era un puro devaneo. Como pasaba de ser un aguantavelas, los dejé allí a la buena de dios y puse el piloto automático hacia casa. Fin de la historia. Pero no me quedé con un regusto de frustración, ni mucho menos, porque me iba con la dosis de flirteo divertido e inocuo suficiente como para reforzar un poquito más (y cómo está de hinchado ya) mi ego.
Nick es irlandés, delgadísimo hasta la náusea y de unos ojazos azules como dos piedras congeladas en medio de un lago. Rostro franco y sonrisa abierta. Mayor para mí (me saca tres años y ya tiene el cabello completamente blanco), el atractivo que anoche irradiaba era el canto de sirena que amenazaba con el naufragio de mi barquichuela. Trabaja con los de diseño, y apenas habíamos cruzado un par de palabras hasta anoche. Preguntó mi nombre, se lo dije, preguntó si yo sabía cómo se llama él.
–¿Kevin?
–Nooo, Nick.
–Ah, bueno. Yo sabía que por ahí había una k...
A lo largo de la noche, volvía una y otra vez a mí, y de nuevo me preguntaba por su nombre.
–Kevin.
–Que no, me llamo Nick.
–Eso, Nick. Con k al final y no al principio.
Risas y miradas extrañas, muy poco definidas. Me hizo dudar. ¿Sería un gay armarizado? Todos estos extranjeros, con su acento farragoso, destilan una pluma que a veces es complicado clarificar. Aunque enseguida entreví que quien le interesaba (no podía ser de otra manera) era Anuska. La observó con detenimiento y quiso ser caballeroso con un piropo.
–Tienes unos dientes muy buenos.
Rocío (compañera de piso de Anuska) y yo nos partíamos de risa.
–Que no se dice así, Nick. Se dice "tienes una sonrisa preciosa". Porque lo de los dientes parece más propio de una yegua.
Se me abrazaba, un poco demasiado, la verdad, mientras trasegábamos nuestras copas. Por allí brujuleaba Antonio, redactor de Castilla-La Mancha. Muy machote, guapo y cuerpazo, con veinticinco años bien plantados y el último tío en quien pondría los ojos encima (porque exuda masculinidad y en esos campos de rastrojo no se me ha perdido nada). De hecho, durante el mes en que estuvo de prácticas con nosotros, antes de volver a Ciudad Real, era alguien a quien admirar pero siempre de lejos: espaldas anchas, brazos musculados, culo redondo y atrapado en unos vaqueros demasiado ajustados, piernas de futbolista... No obstante, anoche, cuando Nick desaparecía para charlar con Miguelón, o con Enrique, o con Anuska, él se acercaba y me pasaba el brazo por el hombro con una naturalidad turbadora, me miraba a los ojos con una rara fijeza y entraba al trapo de un coqueteo deslavazado pero intenso. Hubo un momento en que bajé al servicio y allí estaba él, charlando mientras meaba con un tipo que, no bien me vio, comenzó a alabar mi camiseta.
–Qué guapa, con el Naranjito. Tú sí que eres un crack.
Salieron del baño y entré yo. Di por supuesto que se habían ido, aunque sus voces seguían sonando nítidas. Antonio me llamó:
–Cornelio, ¿sales?
–Sí, ahora mismo.
Así que me había esperado, en lugar de reunirse arriba con los demás, que era lo lógico. Podía ser un detalle amable por su parte o, quién sabe, algo menos claro y más interesante. Según subíamos las escaleras, me puso la mano en la espalda, acariciándola levemente, al tiempo que me decía lo pesado que era el tío ése.
–¿Lo escuchas? Pues así de cargante todo el rato. Vamos a darle esquinazo.
No digo que él (pobriño) fuera consciente de lo que ocurría entre los dos. Ya me ha pasado otras veces con machos de su calibre. Recuerdo a Carlos "Caranca", en la Universidad, alto y bien proporcionado, lleno de novias por todas partes y que se tiró dos o tres meses lanzándome mensajes ambiguos que me desorientaban, emocionaban y ponían nervioso a partes iguales. Nunca pasó nada, por supuesto, porque si hubo algo más que amistad –el iceberg del deseo asomando un pico tímido por encima del piélago de camaradería– él no llegó a definirlo. Y de haber sido consciente, seguro que le hubiera entrado un acojone importante. "¿Seré gay?", es la pregunta que se hacen cuando, sin saber por qué, sienten la punzada de interés hacia otro tío. Dar el paso de lo prohibido (homosexualidad) a lo establecido (heterosexualidad) es muchísimo más sencillo que realizar el trayecto contrario. A mí me ha ocurrido: si me acuesto con una chica, no me levanto al día siguiente cuestionando mi orientación sexual, tengo muy claro que soy gay y que no voy a dejar de serlo por haber follado con alguien del sexo contrario. En cambio, un hetero no se lía fácilmente con otro tío –si no hay copas o sustancias ilícitas, unidas a la noche y al cachondeo, de por medio. Sería una hecatombe para su autoestima, para la imagen que de sí mismo se ha construido. De manera que la mayoría se limita a balancearse en la cuerda floja de este erotismo de bajísima intensidad, con coqueteos y juegos teñidos de morbidez, poco más. Al día siguiente pueden llamarlo amistad. Pero trasciende lo que entendemos por amistad, por supuesto. Si no fuera por los fortísimos condicionantes culturales que nos dominan, el número de bisexuales, en mayor o menor grado, sería enorme. No escribo esto tratando de barrer para casa: simplemente es algo que tengo muy comprobado.
Total, que ya en el Taboo Rocío me confesó que Antonio le ponía, y yo me retiré a un segundo plano del que no debía haber salido. Nick y Anuska se marcharon juntos en taxi –viven cerca– y Antonio se lanzó a una conversa con Rocío que era un puro devaneo. Como pasaba de ser un aguantavelas, los dejé allí a la buena de dios y puse el piloto automático hacia casa. Fin de la historia. Pero no me quedé con un regusto de frustración, ni mucho menos, porque me iba con la dosis de flirteo divertido e inocuo suficiente como para reforzar un poquito más (y cómo está de hinchado ya) mi ego.
Comentario:
Igual les da miedo probar no sea que les guste, el imaginario heterosexual es increíble.
Saludos
Saludos
Comentario:
Cuán razón tienes en cuanto al tema de la heteroconfusión, ya sea transitoria o permanente para los restos!
No entiendo, yo tampoco, los miedos y prejuicios que se tienen. De hecho, muchas chicas que se consideran Heteras no niegan haber tenido o poder ser susceptibles de tener relaciones lésbicas..
En fins...
No entiendo, yo tampoco, los miedos y prejuicios que se tienen. De hecho, muchas chicas que se consideran Heteras no niegan haber tenido o poder ser susceptibles de tener relaciones lésbicas..
En fins...