Diario de Madrid
Sindicación
 
TERAPIA
La semana que viene se incorpora Eloísa como correctora en el periódico. Al parecer, los suecos se han apiadado de mí y dieron luz verde a la contratación de alguien que me libere de trabajo por las tardes. Muchas cosas van a cambiar, entre ellas mi horario, porque de lo que se trata es de que yo entre pronto -pretenden tener páginas listas a las tres de la tarde- y me pueda ir antes del cierre, alrededor de las diez de la noche. Todo será acostumbrarse, aunque a mí el actual horario me resulta cómodo. En cuanto a Eloísa, espero que nos llevemos bien. Es una chica sensible y buena gente, pero tiene un punto contestatario que puede chocar con mi carácter. Veremos.
Al final, no sólo comí ayer al mediodía con M S sino que M también se apuntó. Lleva una temporada sin poder cazar al tipo de la bombona y no tiene agua caliente, así que me pidió las llaves de casa para darse una ducha. Cuando terminó, se pasó por el chino donde M S y yo estábamos a punto de empezar a comer y ya se quedó. Terapia a tres.
Yo ando a vueltas con mi robertitis aguda ("Tu monotema", lo llama M), no exactamente desesperado pero sí cercano a la incertidumbre de no saber cuándo volveré a verle: no voy a insistir a Lucía sobre este punto, me da verguenza resultar tan crío y meterla en estas movidas para, de algún modo, provocar equis encuentros que de otra manera no se darían –asegura M que no suelen quedar con tanta frecuencia como en la última semana, y que pueden pasar hasta un mes sin verse. No voy a ponerme pesadito.
A M el amor se le ha presentado en forma de chica guapa con novio, se llama Jara y lo tiene encandilado. Creo que esta noche cenará con ella –junto a otra gente y, quizás, su novio. Está nervioso y excitado con la cena, ya nos contará cómo va la cosa. Porque afirma que hacía tiempo que una tía no le impresionaba tanto. Le aconsejamos calma, lo mismo que me digo yo con respecto a Roberto (consejos doy que para mí no tengo).
Y M S desea con fuerza que alguien la deslumbre esta primavera, necesita una inyección de romance y violines en el aire para sentirse viva y en mercado.
Menuda panda de tres. Cuando ya nos íbamos, M S me miró a los ojos, con un resto de tristeza en los suyos.
–Estamos en plena crisis de los cuarenta.
–No fastidies. A ti te quedan cuatro años y a mí seis hasta los cuarenta. Vamos a dejar algo para cuando los cumplamos de verdad, ¿no?
Supongo que es la necesidad de absoluto que, como un niño pequeño y malcriado, tironea de nuestra pernera para que le hagamos caso.

La necesidad de absoluto. En forma de amorcito que nos arrope en la cama las noches de invierno, que nos bese en la nuca en medio de la noche y pose una mano confiada en nuestro flanco, dulcemente, suavemente, maritalmente. He pasado toda mi vida sin esa presencia y sé que podría vivir el resto de mis días sin haberla encontrado, pero no sería una vida completa –o ahora lo veo así. Supongo que es el daño irreparable que las películas de Hollywood y los cuentos de princesas encantadas nos han hecho. Nos educan con la idea del gran amor que algún día llegará e iluminará con su sola presencia hasta los rincones más oscuros de nuestra alma; cuando éste no se presenta –o tarda en venir o se nos hurta delante de las narices momentos antes de que podamos hacerlo nuestro (en un juego de magia absurdo)–, sentimos que alguien o algo nos ha arrebatado lo que en justicia nos pertenece. Pero esto es falso, claro. A nadie se le prometen las mieles del amor. Tocan en suerte o no. Eso es todo: tan simple y tan terrible como que tú puede que nunca encuentres a nadie mientras que tu vecino, sin ningún esfuerzo, tuvo la fortuna que a ti te falta. La suerte del ganador unida a un cierto afán por ganar. El que no es aventurero –y yo no lo soy: es algo que no se aprende, o se es o no se es– difícilmente logrará vivir historias que le conduzcan al límite. Cómo acercarse al universo de los demás, a esa otredad que asoma las orejas por el horizonte, sin dar un triple salto mortal sin red. Existe el riesgo de partirse la crisma en el intento, sí, pero también la posibilidad de caer sobre un suelo mullido de algodón.

Uno de los clientes habituales del bar en que escribo –tan habitual como yo mismo, que comienzo a ser una especie de elemento arquitectónico más– se ha quedado ciego. Creo que aún no cumple los cuarenta, por mucho que la línea irregular del cráneo desprovisto de pelo, el rostro cadavérico y las arruguillas en torno a unos ojos empequeñecidos y muy azules o a una boca sin labios digan lo contrario. Es joven y tiene toda una vida por delante que, en cuestión de días, se arruina y deshace entre los dedos. Una semana atrás, amaneció con la visión dañada sin motivo aparente. Y un día más tarde la cosa había ido a peor. Lo llevaron al hospital, le miraron de arriba abajo y le dejaron marchar (estrés, cansancio acumulado, algo de esto debieron diagnosticarle). Esta mañana, ya directamente no veía nada. Lo han vuelto a ingresar, de Urgencias, y sólo queda esperar algún milagro de la ciencia. Yo soy pesimista: la cosa pinta mal. Pobre hombre.
Y, de improviso, uno cae en la cuenta de lo efímero que es todo en esta vida, lo cerca que estamos siempre de la tragedia, de la enfermedad, del fin. Caminamos por la vida con las anteojeras del presente más inmediato. Ahora me levanto, en media hora tomaré un café que me despabile, mañana he de entregar un trabajo urgente. Ese cuerpo entrevisto mientras esperaba el semáforo me despierta una desazón y una sexualidad imperiosas. Hay que pagar la factura de la luz, la factura del agua, la factura del teléfono. Todas las facturas. Y, sumidos en esa inmediatez, no queremos pensar (no podemos permitírnoslo) en que algún día todas esas menudencias que jalonan nuestra existencia serán mero recuerdo, una triste prueba de que alguna vez tuvimos toda la vida por delante. La misma que entonces se escapará con una risa maliciosa, esquiva. Telón y final.
 
Comentario:
Chico, cada dia escribes mejor. Por cierto, con respecto al comentario que hiciste en mi blog, q esa persona es 24 horas asi? Cuenta cuenta! Queremos saber! jejej. Besos.
 
Comentario:
¿Robertitis o robertosis? Hay que disfrutar, como tú sabes hacer, pero si aparece el amor hay que estar preparado y saber reconocerlo. Quizás sea R, aún no lo sabemos.
 
Comentario:
por qué siempre se unen el amor y la muerte? porque son lo absoluto? no creo que sea una cuestión de azar conseguir ese absoluto, aunque también. pero hay que despojarse de corazas, hay que trabajarse, y cambiarse... para entrar en el universo del otro. que el otro absoluto llega solo, sin avisar como tu dices. punto y final. qué miedo!
No