SAN JORGE Y EL DRAGÓN
Experiencia directa y brutal con el tema de la legalización de inmigrantes de fondo. Fali, amigo de mi tío Charly, se largó hace un mes a vivir a Brasil y necesita el permiso de residencia. Primero fueron los pasos dados en Santander, ahora se precisan unos cuantos sellos de diversos organismos aquí en Madrid. El marrón le cayó a Anita, que como curra por las mañanas me ha pedido a mí el favor. Ayer, sobre las doce y media, me acerqué hasta el ministerio de Asuntos Exteriores, en General Pardiñas. Calles amplias y edificios de piedra, aristocráticos y de líneas puras. En mi ingenuidad para con la burocracia, creí que sería cosa de unos minutos. Pero no. A cuenta de la conclusión del plazo para la legalización en España, aquello estaba rebosante de gente y me condujeron a una gran sala donde, obedientes y poseedores de una paciencia infinita, un grupo de cerca de cincuenta personas (hispanoamericanos y marroquíes en mayor medida, pero también angoleños y guineanos y emigrados de la Europa más oriental) aguardaba su turno, como pequeños y desvalidos sanjorges que portaban la lanza de unos cuantos papeles manoseados y sucios de ventanillas y colas imposibles contra el dragón sin sentimientos del Estado español. El tiempo se arrastraba, lento, y una madre daba el pecho a su hijo sin rastro de pudor por la centena de ojos que la observaban; dos amigos se encontraban con otros tres ("Salam aleikum", "Aleikum salam") y hablaban rápido, en su jerga enrevesada; un hombre de mediana edad, alto y delgado como un palo, se aflojaba el cuello de la camisa, embutido en el traje marrón que, casi seguro, guarda para las grandes ocasiones.
De tanto en tanto, uno de los guardias uniformados de la entrada se acercaba y gritaba fuerte la nueva tanda de números que tocaba. Entonces, los afortunados se disponían a seguirle, siempre con los papeles/talismán bien visibles en la mano alzada, como tabla de náufrago o guía hacia la salvación. A medida que las sillas de plástico habilitadas para todos nosotros se vaciaban, el silencio iba ganando terreno entre los que quedábamos allí. Yo era incapaz de leer, con el miedo tonto de que pudiera no oír mi número arrebatado por la trama de la novela. Salí a fumar un cigarrillo rápido y al sol del mediodía vegeté unos minutos antes de zambullirme de nuevo en los entresijos del ministerio.
Finalmente le llegó el turno a mi grupo, unas quince personas. Otro individuo uniformado nos condujo fuera del edificio hasta uno de los laterales, donde nos aguardaba otra cola frente a la puerta custodiada por dos guardianes de la ley. Una vez en el interior, me llevaron hasta una sala de espera diminuta, donde hube de agenciarme un nuevo número. Allá sólo estábamos dos mujeres y yo, más el ojo rojo de un contador detenido en el número 83 (yo tenía el 87). Al cabo del tiempo, viendo que aquello no se movía y que el resto de mis compañeros había desaparecido en no sé qué estancia, volví a la entrada y le pregunté al guardia de seguridad si donde yo esperaba era el lugar que me correspondía.
-¿Le ha enviado mi compañero?
-Sí.
-Pues entonces siga allí que ya le atenderán.
Estos grandes monstruos de cemento y burocracia, si algo tienen de particular, es que te anulan la personalidad y hasta al más osado le vuelven corderito en menos que canta un gallo. Cuánto más a mí, que raramente elevo la voz o me enfado en estos casos, que soy paciente en extremo y confío siempre en la bondad de quien me atiende tras una ventanilla y en su capacidad de compasión para con el prójimo. Así que, lechal que bala, me volví por donde había venido y continué aguardando no sabía muy bien qué. A los quince o veinte minutos, el ojo rojo seguía sin parpadear, congelado en aquel 83 maldito, mientras las dos mujeres se enredaban en una conversación sobre maridos maltratadores, niños de teta y labores propias del hogar. Vino más gente y uno preguntó si ése era el sitio de espera para recabar información. ¿Información? Qué coño hacía yo en una cola para pedir información si lo que necesitaba como el comer -aparte de salir de allí cuanto antes- era un sello de nada. De nuevo me acerqué hasta el vigilante, pero esta vez ya enfadado y con la mala ostia hinchándome la yugular.
-Llevo treinta minutos esperando y me entero ahora de que no es donde tengo que estar. Necesito que me sellen este documento, no que me informen de nada- le espeté al tiempo que esgrimía ante sus narices el papel de Fali, yo también un iluso sanjorge dispuesto a plantarle cara al dragón de las mil bocas.
-Pero si mi compañero le envió allí...
-Su compañero no tiene ni idea de a qué he venido al ministerio. Mire, entro a trabajar dentro de poco y hace más de una hora que espero.
-No sé... Pregunte en información.
-¿Y he de hacer cola para eso? No tengo ni tiempo ni ganas, la verdad. Yo entro directo.
-Sí, sí, claro. Es esa puerta de la derecha. Llame y entre sin esperar la respuesta.
A información que me fui, indignado. Una habitación amplia y vacía, con varias ventanillas al otro lado de la estancia donde cuatro funcionarias sin otra cosa que hacer más que mirarse las uñas y desgranar lo que había sido su fin de semana (interesantísimo, seguro) se aburrían a dos manos. Me acerqué hasta una de ellas, que me miró desde la lejanía de su puesto de trabajo, con un hastío y una indiferencia infinitos. Le enseñé el papel de marras.
-Eso no es aquí.
-Ya sé que no es aquí. Por eso le pregunto a dónde he de ir.
-Al fondo del pasillo, a la derecha.
Ay, qué sería de un ministerio sin su incontable gama de pasillos, corredores, despachitos cual celdas en la colmena y sus funcionarios cansados, pendientes del reloj y del café (los cafés) del mediodía. Cuando entré en la nueva celda, allí estaban las abejas que yo había dejado atrás, junto con dos zánganos (él y ella) tras el cristal de sus respectivas ventanillas. Como mi número ya había pasado, hube de coger otro más y armarme, nuevamente, de paciencia. Dios, qué cruz. A los veinte minutos, pasé por el ventanuco donde se asomaba él -ella se demoraba en una explicación complicadísima a una anciana marroquí de los pasos a seguir en el tema de la legalización, a voz en grito, para que todos la oyeran- y en cuestión de segundos obtuve el preciado sello. Estaba salvado. Salí al exterior como quien vuelve del infierno, un hades de prohibiciones y papeleo que existe, aunque no lo veamos, en esos condenados edificios oficiales. Encabronado con la burocracia estúpida, pero aliviado porque había sobrevivido y estaba entero.
Queda pasar por la Embajada de Brasil, en Almagro. Eso lo haré mañana, que hoy no estoy de humor como para perder unas preciosas horas de sol antes del trabajo.
De tanto en tanto, uno de los guardias uniformados de la entrada se acercaba y gritaba fuerte la nueva tanda de números que tocaba. Entonces, los afortunados se disponían a seguirle, siempre con los papeles/talismán bien visibles en la mano alzada, como tabla de náufrago o guía hacia la salvación. A medida que las sillas de plástico habilitadas para todos nosotros se vaciaban, el silencio iba ganando terreno entre los que quedábamos allí. Yo era incapaz de leer, con el miedo tonto de que pudiera no oír mi número arrebatado por la trama de la novela. Salí a fumar un cigarrillo rápido y al sol del mediodía vegeté unos minutos antes de zambullirme de nuevo en los entresijos del ministerio.
Finalmente le llegó el turno a mi grupo, unas quince personas. Otro individuo uniformado nos condujo fuera del edificio hasta uno de los laterales, donde nos aguardaba otra cola frente a la puerta custodiada por dos guardianes de la ley. Una vez en el interior, me llevaron hasta una sala de espera diminuta, donde hube de agenciarme un nuevo número. Allá sólo estábamos dos mujeres y yo, más el ojo rojo de un contador detenido en el número 83 (yo tenía el 87). Al cabo del tiempo, viendo que aquello no se movía y que el resto de mis compañeros había desaparecido en no sé qué estancia, volví a la entrada y le pregunté al guardia de seguridad si donde yo esperaba era el lugar que me correspondía.
-¿Le ha enviado mi compañero?
-Sí.
-Pues entonces siga allí que ya le atenderán.
Estos grandes monstruos de cemento y burocracia, si algo tienen de particular, es que te anulan la personalidad y hasta al más osado le vuelven corderito en menos que canta un gallo. Cuánto más a mí, que raramente elevo la voz o me enfado en estos casos, que soy paciente en extremo y confío siempre en la bondad de quien me atiende tras una ventanilla y en su capacidad de compasión para con el prójimo. Así que, lechal que bala, me volví por donde había venido y continué aguardando no sabía muy bien qué. A los quince o veinte minutos, el ojo rojo seguía sin parpadear, congelado en aquel 83 maldito, mientras las dos mujeres se enredaban en una conversación sobre maridos maltratadores, niños de teta y labores propias del hogar. Vino más gente y uno preguntó si ése era el sitio de espera para recabar información. ¿Información? Qué coño hacía yo en una cola para pedir información si lo que necesitaba como el comer -aparte de salir de allí cuanto antes- era un sello de nada. De nuevo me acerqué hasta el vigilante, pero esta vez ya enfadado y con la mala ostia hinchándome la yugular.
-Llevo treinta minutos esperando y me entero ahora de que no es donde tengo que estar. Necesito que me sellen este documento, no que me informen de nada- le espeté al tiempo que esgrimía ante sus narices el papel de Fali, yo también un iluso sanjorge dispuesto a plantarle cara al dragón de las mil bocas.
-Pero si mi compañero le envió allí...
-Su compañero no tiene ni idea de a qué he venido al ministerio. Mire, entro a trabajar dentro de poco y hace más de una hora que espero.
-No sé... Pregunte en información.
-¿Y he de hacer cola para eso? No tengo ni tiempo ni ganas, la verdad. Yo entro directo.
-Sí, sí, claro. Es esa puerta de la derecha. Llame y entre sin esperar la respuesta.
A información que me fui, indignado. Una habitación amplia y vacía, con varias ventanillas al otro lado de la estancia donde cuatro funcionarias sin otra cosa que hacer más que mirarse las uñas y desgranar lo que había sido su fin de semana (interesantísimo, seguro) se aburrían a dos manos. Me acerqué hasta una de ellas, que me miró desde la lejanía de su puesto de trabajo, con un hastío y una indiferencia infinitos. Le enseñé el papel de marras.
-Eso no es aquí.
-Ya sé que no es aquí. Por eso le pregunto a dónde he de ir.
-Al fondo del pasillo, a la derecha.
Ay, qué sería de un ministerio sin su incontable gama de pasillos, corredores, despachitos cual celdas en la colmena y sus funcionarios cansados, pendientes del reloj y del café (los cafés) del mediodía. Cuando entré en la nueva celda, allí estaban las abejas que yo había dejado atrás, junto con dos zánganos (él y ella) tras el cristal de sus respectivas ventanillas. Como mi número ya había pasado, hube de coger otro más y armarme, nuevamente, de paciencia. Dios, qué cruz. A los veinte minutos, pasé por el ventanuco donde se asomaba él -ella se demoraba en una explicación complicadísima a una anciana marroquí de los pasos a seguir en el tema de la legalización, a voz en grito, para que todos la oyeran- y en cuestión de segundos obtuve el preciado sello. Estaba salvado. Salí al exterior como quien vuelve del infierno, un hades de prohibiciones y papeleo que existe, aunque no lo veamos, en esos condenados edificios oficiales. Encabronado con la burocracia estúpida, pero aliviado porque había sobrevivido y estaba entero.
Queda pasar por la Embajada de Brasil, en Almagro. Eso lo haré mañana, que hoy no estoy de humor como para perder unas preciosas horas de sol antes del trabajo.
Comentario:
Comentario:
Mi experiencia fue peor porque en el ministerio de cultura una funcionaria (no todos son terribles) me avisó: madruga para hacer cola porque los inmigrantes han montado una mafia y venden su turno, y me dió una fotocopia de un artículo de EL País en la que se informaba de ello.
Así que me he pasado unas cuantas madrugás en Pardiñas y he visto como, efectivamente, se organizaban. Parece que ya se resolvió el problema. El hombre es un lobo para el hombre... y algunos inmigrantes no lo son menos.
Prepárate para el consulado, porque también son tela (especialmente no confíes en el español que atiende al teléfono porque informa desganado y, lo que es peor, da mal la información). Lo mejor es cuando fui una vez y me le encontré en la puerta morreándose con la novia. Unas ganas de... en fin. Suerte. Por cierto, últimamemte Brasil te rodea, ¿dónde anda el amigo de tu tio? ¿vas a venir alguna vez?
Así que me he pasado unas cuantas madrugás en Pardiñas y he visto como, efectivamente, se organizaban. Parece que ya se resolvió el problema. El hombre es un lobo para el hombre... y algunos inmigrantes no lo son menos.
Prepárate para el consulado, porque también son tela (especialmente no confíes en el español que atiende al teléfono porque informa desganado y, lo que es peor, da mal la información). Lo mejor es cuando fui una vez y me le encontré en la puerta morreándose con la novia. Unas ganas de... en fin. Suerte. Por cierto, últimamemte Brasil te rodea, ¿dónde anda el amigo de tu tio? ¿vas a venir alguna vez?