SEGUNDO ROUND
Debo tragarme mis palabras de ayer y reconocer que el concierto de Samba da rua me gustó, me electrizó y puso en contacto con un tipo de gente que habitualmente no trato. En la plaza de Cabestreros, rodeados de un gentío diverso, nos dejamos envolver por el ritmo atronador, sincopado, de los tambores, en una especie de comunión magnífica: todos jóvenes, todos felices, todos combativos, reclamando el uso de las calles y su disfrute. Yo estaba nervioso, claro, y envarado, con Roberto muy cerca, apenas a dos metros de distancia que se me hacían enormes e insalvables. Charlaba animadamente con Lucía y yo no sabía cómo hacer para acercarme hasta ellos. Tardé en relajarme: no fue hasta más tarde (en parte gracias a los porros y la cerveza) cuando me sacudí el yugo de inseguridades y pude iniciar una tímida conversación con él. Creo que las ganas de conocernos eran mutuas, no podría asegurarlo pero me parece que sí. Poco a poco, fuimos entrando en materia, pasando de las frases cortas y sin sustancia a una conversación con más enjundia, al tiempo que a nuestro alrededor todo era un remolino de grupos compactos, chicos y chicas con rastas, el porro prendido en los labios, la ropa casi andrajosa y la música como una bicha peligrosa corriéndoles por dentro. La fiesta se trasladó hasta la plaza de Lavapiés, por callejas angostas y sinuosas –los vecinos asomados a sus balcones, participando también del ambiente distendido y festivalero– fuimos bailando al son de los bombos, también nosotros atrapados en la hermosa utopía de una humanidad hermanada y en paz.
Una vez en la plaza, desistimos de seguir a los músicos y sus cohortes Ave María arriba, que el hambre apretaba, y terminamos en una terraza de Argumosa, el aire de la noche un tanto frío aunque agradable y la sensación de estar viviendo dentro de una película. Impresión que se incrementó cuando un hombrecillo en la cincuentena, armado con un acordeón, cantó varias canciones de su tierra, con aires balcánicos y ligeramente italianizantes. Fue un momento bello, la noche detenida, nosotros sentados alrededor de una mesa, riendo y bebiendo y comiendo, la voz trémula y emocionada del hombre flotando por encima de nuestras cabezas. ¿Qué más pedir? Amigos y el (oscuro) objeto de deseo ahí enfrente, abriendo despacio sus pétalos de abundancia para mostrarme un universo rico en matices, que no puedo sino querer explorar.
Anoche, cuando ya era capaz de enfrentarle a los ojos, me zambullía en su mirada mientras hablábamos, junto a Lucía/Hada madrina, de "cosas serias". La muerte, el afán de inmortalidad, temas profundos que sin embargo se me antojaban livianos a su lado, fáciles de tratar, como puertas esotéricas que se abrían a estancias secretas del otro, en que descansar y perderse del mundo. Ya me ha sucedido otras veces –pero no demasiadas– esto de sentir una tonta felicidad por el mero hecho de estar charlando con alguien que me gusta: formar parte de su círculo (aunque sea por unos minutos) es regalo suficiente. Claro que luego nunca me conformo con esas migajas y quiero más. Estuvimos en un lugar curiosísimo, que yo no conocía y me entusiasmó, Oeste Celeste, al que debo regresar con algo más de tiempo y calma. Luego terminamos en La Ventura, muy fashion y cool, con un gran cuadro de Lucía Etxebarría en la barra, a mayor gloria del ego de su propietaria. Allí se formaron grupitos, y a mí me parecía que Roberto buscaba mi compañía. No sé, a lo mejor todo es una broma del destino y mi imaginación me hace ver cosas que no existen, confunde anhelo con realidad. La pena fue que se marchó pronto, antes de las tres, y la noche perdió toda su tersura para mí, se terminó en ese mismo punto, el Cornelio que continuó bebiendo y danzando en realidad estaba muy lejos de esa gente y de ese barrio. La despedida, rara e intensa, no se me olvida. Yo había ido a por otra copa y cuando volví de la barra le vi de pie (habíamos estado sentados, los dos, en medio de un caudal mareante de palabras), con la chamarra puesta y listo para salir.
–¿Te vas ya?– pregunté con un matiz de fastidio en la voz.
–Sí, es que mañana tengo muchas cosas que hacer y he de madrugar.
–Bueno, pues nada...– contesté al tiempo que me desinflaba como un globo abatido y enfermo al que le niegan oxígeno.
Nos quedamos de pie, en silencio, mirándonos (a lo mejor, yo un poco demasiado fijamente), y se creó una cierta tensión, no sabría explicar de qué tipo.
–Nos veremos un día de estos...–dijo.
–Sí, claro.
Y eso fue todo. Pero no me dio un apretón de manos, que es como nos saludábamos hasta ahora, tanto al vernos como al despedirnos. Igual me estoy columpiando, pero creo que eso es un paso adelante. Algo así como "no me atrevo con el beso, pero lo de darnos la mano es demasiado frío". Bien. Yo estaba a dos metros por encima del suelo, y cuando una hora más tarde me despedí de M, Lucía y su hermano Miguel, que continuaban la marcha en la sala Sol, llegué a casa en una nube, con la sonrisa tonta moldeándome los labios. Ahora sí que es imposible cualquier otra historia paralela, los R** y los Víctor y los G son nada en comparación con lo que me provoca la mera presencia física de Roberto.
Como no hubo intercambio de teléfonos, dependo nuevamente de Lucía para una próxima quedada. No tengo prisa aunque sí una gran curiosidad por ahondar en la personalidad del primer chaval que me gusta en mucho tiempo.
Una vez en la plaza, desistimos de seguir a los músicos y sus cohortes Ave María arriba, que el hambre apretaba, y terminamos en una terraza de Argumosa, el aire de la noche un tanto frío aunque agradable y la sensación de estar viviendo dentro de una película. Impresión que se incrementó cuando un hombrecillo en la cincuentena, armado con un acordeón, cantó varias canciones de su tierra, con aires balcánicos y ligeramente italianizantes. Fue un momento bello, la noche detenida, nosotros sentados alrededor de una mesa, riendo y bebiendo y comiendo, la voz trémula y emocionada del hombre flotando por encima de nuestras cabezas. ¿Qué más pedir? Amigos y el (oscuro) objeto de deseo ahí enfrente, abriendo despacio sus pétalos de abundancia para mostrarme un universo rico en matices, que no puedo sino querer explorar.
Anoche, cuando ya era capaz de enfrentarle a los ojos, me zambullía en su mirada mientras hablábamos, junto a Lucía/Hada madrina, de "cosas serias". La muerte, el afán de inmortalidad, temas profundos que sin embargo se me antojaban livianos a su lado, fáciles de tratar, como puertas esotéricas que se abrían a estancias secretas del otro, en que descansar y perderse del mundo. Ya me ha sucedido otras veces –pero no demasiadas– esto de sentir una tonta felicidad por el mero hecho de estar charlando con alguien que me gusta: formar parte de su círculo (aunque sea por unos minutos) es regalo suficiente. Claro que luego nunca me conformo con esas migajas y quiero más. Estuvimos en un lugar curiosísimo, que yo no conocía y me entusiasmó, Oeste Celeste, al que debo regresar con algo más de tiempo y calma. Luego terminamos en La Ventura, muy fashion y cool, con un gran cuadro de Lucía Etxebarría en la barra, a mayor gloria del ego de su propietaria. Allí se formaron grupitos, y a mí me parecía que Roberto buscaba mi compañía. No sé, a lo mejor todo es una broma del destino y mi imaginación me hace ver cosas que no existen, confunde anhelo con realidad. La pena fue que se marchó pronto, antes de las tres, y la noche perdió toda su tersura para mí, se terminó en ese mismo punto, el Cornelio que continuó bebiendo y danzando en realidad estaba muy lejos de esa gente y de ese barrio. La despedida, rara e intensa, no se me olvida. Yo había ido a por otra copa y cuando volví de la barra le vi de pie (habíamos estado sentados, los dos, en medio de un caudal mareante de palabras), con la chamarra puesta y listo para salir.
–¿Te vas ya?– pregunté con un matiz de fastidio en la voz.
–Sí, es que mañana tengo muchas cosas que hacer y he de madrugar.
–Bueno, pues nada...– contesté al tiempo que me desinflaba como un globo abatido y enfermo al que le niegan oxígeno.
Nos quedamos de pie, en silencio, mirándonos (a lo mejor, yo un poco demasiado fijamente), y se creó una cierta tensión, no sabría explicar de qué tipo.
–Nos veremos un día de estos...–dijo.
–Sí, claro.
Y eso fue todo. Pero no me dio un apretón de manos, que es como nos saludábamos hasta ahora, tanto al vernos como al despedirnos. Igual me estoy columpiando, pero creo que eso es un paso adelante. Algo así como "no me atrevo con el beso, pero lo de darnos la mano es demasiado frío". Bien. Yo estaba a dos metros por encima del suelo, y cuando una hora más tarde me despedí de M, Lucía y su hermano Miguel, que continuaban la marcha en la sala Sol, llegué a casa en una nube, con la sonrisa tonta moldeándome los labios. Ahora sí que es imposible cualquier otra historia paralela, los R** y los Víctor y los G son nada en comparación con lo que me provoca la mera presencia física de Roberto.
Como no hubo intercambio de teléfonos, dependo nuevamente de Lucía para una próxima quedada. No tengo prisa aunque sí una gran curiosidad por ahondar en la personalidad del primer chaval que me gusta en mucho tiempo.