PAÑO DE LÁGRIMAS
Comí con Victor y después me inventé un pretexto tonto para que la cosa no se alargara demasiado. Niñín majo, pero en los antípodas de lo que me despierta la libido y las ganas de guerrear. Cita fallida, pues. A ver cuándo aprendo la lección y dejo de hozar en el estercolero de Internet por ver de hallar alguna trufa mágica que me consuele de una soledad muchas veces buscada (entonces, calma balsámica) pero en ocasiones impuesta (en ese caso, enemiga a batir).
Por la tarde, un conato de siesta en el salón, con el libro de Alan Pauls a un lado, incapaz de descifrar las líneas apretadas y compactas del relato, se vio abortado en sus inicios por la llamada de auxilio de Javi, que poco antes lo había dejado con Anna. Nos encontramos en La ida, donde traté –torpemente– de ejercer como paño de lágrimas. Se me da mal esto de proporcionar consuelo a mis semejantes: rebusco en mi interior, a la caza de la palabra mágica que cauterice heridas, y nunca la encuentro, sé que está por ahí, recóndita, pero no doy con ella. Y me lanzo a un discurso apresurado, lleno de lugares comunes y muy poco efectivo. Estuve a su lado, eso sí, acompañándolo con mi silencio –mientras él desgranaba la lista de frases inconclusas, de pequeñas frustraciones, de desapegos que fueron minando una relación aparentemente perfecta, hablaba de modo entrecortado, casi al borde de una emoción intensa–, un muchacho sensible y desorientado con su posición de malo de la película en las primeras horas de su nueva vida sin Anna, la novia de dos años. A eso de las nueve y media subimos a casa y vimos un vídeo junto con Anita y una amiga de Santander (¿Cacón? Bueno, algo parecido a eso, uno de tantos nombres imposibles de niña bien). R** me envió un mensaje a su salida del concierto de Fangoria: se iba derechito para casa porque tres porros mal asimilados le habían tumbado. ¿Me importó? En absoluto, casi fue un alivio saber que era él quien rompía la posibilidad de un encuentro. Estoy ya a años luz de esta historia, que se me antoja antediluviana. Así que, cuando Javi se marchó, decidí no moverme de casa y continuar un rato más con mi prima y su amiga en el salón, hasta que el sueño se volvió marea poderosa y me arrastró, quieras que no, a la cama.
Hoy me he levantado sin resaca, alrededor de las once y media. Con un mensaje de Raquel y de Jose emplazándome una hora más tarde en La Antorcha. Allí tertuliamos, junto con M, hasta las tres de la tarde. Están bien estas citas sabatinas, da gusto hablar con los dos, y reírse, y a ratos ponerse serio y discursear un poco sobre la condición humana.
De La Antorcha –previo paso por caja en FNAC, donde me hice con tres nuevas películas: esto comienza a ser una costumbre peligrosa– fui a casa a dormir una siesta que resultó corta e insuficiente, atrapado como estoy entre las mallas de la prosa potente, maravillosa, de Alan Pauls. Hay párrafos en que, de puro perfectos, he de pararme para tomar aliento y continuar, mareado, la lectura. Metáforas por las cuales mataría, si es que matar fuera la clave secreta que conduce a la sabiduría del escritor auténtico, excelso. Me reconozco un aprendiz de todo, muy poco maestro en la vida. Y libros como el que ahora me ocupa son una tabla de náufrago al mismo tiempo que la soga de desesperación que yo mismo me anudo al cuello. No hay más remedio que quitarse el sombrero en señal de reconocimiento y seguir tratando de aprender, como sea, a toda costa.
Escribo en el Nuevo Barbieri, por Lavapiés. Café de techos altos, paredes desconchadas y amplios ventanales. Lo que más me gusta a la hora de cafetear yo solo por ahí. Eso sí, hay demasiada gente; y muy ruidosa, además. A una de las mesas del fondo, se sienta un bebito que bien podría ser M hace unos años, sólo que con el cabello y las cejas más negros. De cuando en cuando, dejo de garabatear en el Diario y deslizo la mirada hasta él, me lleno de su gestualidad (mueve mucho las manos) y de su sonrisa, que prodiga con frecuencia. Ni siquiera busco que me mire: es más bien una especie de ancla que me mantiene en esta realidad de sábado por la tarde e impide que me vaya por los cerros de Úbeda. Como la obra de arte que cuelga en el salón y atempera las cosas con su sola presencia.
En media hora veré a M y a Lucía para el concierto, no sé dónde, de Samba da rua. A mí este tipo de música no me emociona, pero la posibilidad de algún encuentro fortuito con quien yo me sé es motivo de sobra para acudir.
Por la tarde, un conato de siesta en el salón, con el libro de Alan Pauls a un lado, incapaz de descifrar las líneas apretadas y compactas del relato, se vio abortado en sus inicios por la llamada de auxilio de Javi, que poco antes lo había dejado con Anna. Nos encontramos en La ida, donde traté –torpemente– de ejercer como paño de lágrimas. Se me da mal esto de proporcionar consuelo a mis semejantes: rebusco en mi interior, a la caza de la palabra mágica que cauterice heridas, y nunca la encuentro, sé que está por ahí, recóndita, pero no doy con ella. Y me lanzo a un discurso apresurado, lleno de lugares comunes y muy poco efectivo. Estuve a su lado, eso sí, acompañándolo con mi silencio –mientras él desgranaba la lista de frases inconclusas, de pequeñas frustraciones, de desapegos que fueron minando una relación aparentemente perfecta, hablaba de modo entrecortado, casi al borde de una emoción intensa–, un muchacho sensible y desorientado con su posición de malo de la película en las primeras horas de su nueva vida sin Anna, la novia de dos años. A eso de las nueve y media subimos a casa y vimos un vídeo junto con Anita y una amiga de Santander (¿Cacón? Bueno, algo parecido a eso, uno de tantos nombres imposibles de niña bien). R** me envió un mensaje a su salida del concierto de Fangoria: se iba derechito para casa porque tres porros mal asimilados le habían tumbado. ¿Me importó? En absoluto, casi fue un alivio saber que era él quien rompía la posibilidad de un encuentro. Estoy ya a años luz de esta historia, que se me antoja antediluviana. Así que, cuando Javi se marchó, decidí no moverme de casa y continuar un rato más con mi prima y su amiga en el salón, hasta que el sueño se volvió marea poderosa y me arrastró, quieras que no, a la cama.
Hoy me he levantado sin resaca, alrededor de las once y media. Con un mensaje de Raquel y de Jose emplazándome una hora más tarde en La Antorcha. Allí tertuliamos, junto con M, hasta las tres de la tarde. Están bien estas citas sabatinas, da gusto hablar con los dos, y reírse, y a ratos ponerse serio y discursear un poco sobre la condición humana.
De La Antorcha –previo paso por caja en FNAC, donde me hice con tres nuevas películas: esto comienza a ser una costumbre peligrosa– fui a casa a dormir una siesta que resultó corta e insuficiente, atrapado como estoy entre las mallas de la prosa potente, maravillosa, de Alan Pauls. Hay párrafos en que, de puro perfectos, he de pararme para tomar aliento y continuar, mareado, la lectura. Metáforas por las cuales mataría, si es que matar fuera la clave secreta que conduce a la sabiduría del escritor auténtico, excelso. Me reconozco un aprendiz de todo, muy poco maestro en la vida. Y libros como el que ahora me ocupa son una tabla de náufrago al mismo tiempo que la soga de desesperación que yo mismo me anudo al cuello. No hay más remedio que quitarse el sombrero en señal de reconocimiento y seguir tratando de aprender, como sea, a toda costa.
Escribo en el Nuevo Barbieri, por Lavapiés. Café de techos altos, paredes desconchadas y amplios ventanales. Lo que más me gusta a la hora de cafetear yo solo por ahí. Eso sí, hay demasiada gente; y muy ruidosa, además. A una de las mesas del fondo, se sienta un bebito que bien podría ser M hace unos años, sólo que con el cabello y las cejas más negros. De cuando en cuando, dejo de garabatear en el Diario y deslizo la mirada hasta él, me lleno de su gestualidad (mueve mucho las manos) y de su sonrisa, que prodiga con frecuencia. Ni siquiera busco que me mire: es más bien una especie de ancla que me mantiene en esta realidad de sábado por la tarde e impide que me vaya por los cerros de Úbeda. Como la obra de arte que cuelga en el salón y atempera las cosas con su sola presencia.
En media hora veré a M y a Lucía para el concierto, no sé dónde, de Samba da rua. A mí este tipo de música no me emociona, pero la posibilidad de algún encuentro fortuito con quien yo me sé es motivo de sobra para acudir.
Comentario:
hola monotema (que no... que ya estás más variadito). a mi, a estas horas, sí que me pillas emocionado con mi monotema: desde el techo te escribo, a tres metros del suelo! este finde te cuento. besooo