MÁS DE LO MISMO
Sigo a vueltas con lo de Roberto, que me ha afectado más de lo que sospechaba. No tanto por él mismo cuanto por lo claro que me quedó lo mucho que aún he de aprender. Digamos que Roberto se presenta como el síntoma que me hace descubrir la enfermedad. Veremos ahora si hay tratamiento posible.
Anoche, estuve contándole a Anita cómo fue la cena del sábado y el poquísimo caso que le hice, no porque no me gustara sino precisamente porque me gustaba. Cada vez que me dirigía la palabra –y yo lograba sostenerle, a duras penas, la mirada–, era incapaz de elaborar una simple frase de respuesta, me bloqueaba y buscaba una salida del atolladero hablando con los otros, dándole ostensiblemente la espalda. Que el triunfo (en forma de felicidad, por muy efímera que sea ésta) pertenece a los valientes, me parece –a esta altura de mi película– una verdad incuestionable. Desde luego, con la cobardía que me caracteriza, poco puedo esperar. O parezco idiota, o un tío sobrado y casi, casi borde, o un pedantillo al que nadie soporta más de media hora seguida. Y muchas veces un bonito compendio de los tres.
Ayer a primera hora de la tarde, antes de ir a trabajar, nos tomamos M S y yo unas cervezas en La ida e hicimos terapia, que ambos estamos necesitados de ella. Cada uno en su estilo. Ella dice que nota cómo he crecido y madurado en los últimos años, desde que me conoció. No lo veo, la verdad. O, como le dije entre risas (que hay que reírse, y de uno mismo el primero), ahora soy capaz de contar mis desventuras con un mínimo de humor y de distanciamiento –del Cornelio cronista frente al Cornelio personaje. Pero nada más. Los problemas de autoestima continúan allí, como el puto dinosaurio de Monterroso bajo la cama, tras la luna del armario, dentro de un cajón, haciendo burla y descojonándose de mí. Y no hay manera de echarlo. Yo ya me doy por vencido.
Todo esto para decir que Roberto ocupa mi pensamiento. Y que tengo la impresión –la seguridad– de que el ¿examen? de la otra noche lo cateé, en gran medida por mi culpa. No habrá muchas más oportunidades: de aquí a que Lucía organice una nueva cena (y me invite) pueden pasar meses. Y encontrarnos por la calle, en este Madrid de millones de almas, es bien difícil. Perdí el tren.
Anoche, estuve contándole a Anita cómo fue la cena del sábado y el poquísimo caso que le hice, no porque no me gustara sino precisamente porque me gustaba. Cada vez que me dirigía la palabra –y yo lograba sostenerle, a duras penas, la mirada–, era incapaz de elaborar una simple frase de respuesta, me bloqueaba y buscaba una salida del atolladero hablando con los otros, dándole ostensiblemente la espalda. Que el triunfo (en forma de felicidad, por muy efímera que sea ésta) pertenece a los valientes, me parece –a esta altura de mi película– una verdad incuestionable. Desde luego, con la cobardía que me caracteriza, poco puedo esperar. O parezco idiota, o un tío sobrado y casi, casi borde, o un pedantillo al que nadie soporta más de media hora seguida. Y muchas veces un bonito compendio de los tres.
Ayer a primera hora de la tarde, antes de ir a trabajar, nos tomamos M S y yo unas cervezas en La ida e hicimos terapia, que ambos estamos necesitados de ella. Cada uno en su estilo. Ella dice que nota cómo he crecido y madurado en los últimos años, desde que me conoció. No lo veo, la verdad. O, como le dije entre risas (que hay que reírse, y de uno mismo el primero), ahora soy capaz de contar mis desventuras con un mínimo de humor y de distanciamiento –del Cornelio cronista frente al Cornelio personaje. Pero nada más. Los problemas de autoestima continúan allí, como el puto dinosaurio de Monterroso bajo la cama, tras la luna del armario, dentro de un cajón, haciendo burla y descojonándose de mí. Y no hay manera de echarlo. Yo ya me doy por vencido.
Todo esto para decir que Roberto ocupa mi pensamiento. Y que tengo la impresión –la seguridad– de que el ¿examen? de la otra noche lo cateé, en gran medida por mi culpa. No habrá muchas más oportunidades: de aquí a que Lucía organice una nueva cena (y me invite) pueden pasar meses. Y encontrarnos por la calle, en este Madrid de millones de almas, es bien difícil. Perdí el tren.
Comentario:
Alguien me dijo una vez que cuando se pierde el tren aún se puede pillar un taxi!! xDD
Inténtalo!
Besotes, Corn!
Inténtalo!
Besotes, Corn!