CENA DEL SÁBADO
La garganta fastidiada desde hace varios días, con una ronquera persistente que el tabaco no ayuda a curar, todo el agotamiento del mundo encima, pesándome sobre los párpados, que se cierran a la mínima, y ninguna gana de trabajar esta tarde. He amanecido a la una, después de seis horas de sueño pétreo y sin imágenes. Anoche fue la cena en casa de Lucía –que yo esperaba con expectación creciente–, y volví a hacer honor a mi fama de tipo introvertido y absurdo. En fin. Como el personaje de Gil de Biedma en muchos de sus mejores poemas, ese alter ego incómodo con el que hubo de convivir (como yo con el mío), soy el muchacho de más de treinta años que no entiende que su sonrisa ya no es seductora, "es un resto penoso, un intento patético". Que el tiempo fue horadando la roca frondosa de juventud hasta reducirla a mero islote de náufrago, pelado y sin vegetación, un granito en medio del océano a merced de las tempestades. Sin entidad propia que me defina, represento lo que el ojo del espectador ve en cada momento. Así, frente a R**, que está demostrando un relativo interés que no merezco (y que ya no me llama la atención: el otro día, cuando Lucía le conoció, se me terminó de caer la venda de irrealidad), me siento fuerte y yo mismo, capaz de una naturalidad que anoche, de todas todas, brilló por su ausencia.
Por de pronto, las cosas comenzaron a torcerse cuando me quedé dormido y no llegué a la hora en que se nos había dicho. Mi idea, después de una tarde tirado en el sofá de casa, frente al televisor, era dormir una pequeña siesta, levantarme con tiempo suficiente para afeitarme, cortarme el pelo y darme una ducha. Ponerme guapo, vaya, que es una manera como otra cualquiera de ganar en seguridad. A las nueve y media me despertó una llamada de M, que ya estaba en El Carmen y se preguntaba dónde coño me habría metido. "Estupendo", pensé. Adiós preliminares en el cuarto de baño. Un afeitado rápido, tratando de no cortarme en el cuello, y salir escopetado en dirección al metro. Ya dentro, me di cuenta de que con las prisas no había cogido la botella de vino que pensaba llevar. "Esstupendo", pensé. Llegaba tarde y encima con las manos vacías. Una vez en El Carmen, llamada a Lucía, para que me diera la dirección de su piso. La pobre tuvo humor como para acercarse hasta donde yo estaba y llevarme de la mano, por si me perdía. Cuando llegué, presentación a todo el mundo –a mí me pitaban los oídos de retraimiento y confusión– y a la mesa rápidamente, que estaban aguardando a que yo apareciera para hincarle el diente a la cena. "Essstupendo", pensé. Si quería pasar desapercibido, no podía haberlo hecho mejor...
Conocí a Roberto, el amigo de Lucía que hace unos meses me causara tanta impresión en el Angie. Alto, desgarbado, con una belleza asimétrica que hacía que, cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos, un pequeño seísmo de curiosidad y deseo se aposentara en mí para tormento de este pobre desgraciado (cúmulo de rarezas e inseguridades) que soy yo. No estuve en mi mejor momento, eso es cierto, y más bien vegeté en las aguas tranquilas, sin monzones, de la hospitalidad de Sara y Lucía, más sus amigos. Todos ellos universitarios –me parece– en su último tramo de facultad, henchidos de conocimiento y con una curiosa mezcla de ingenuidad y suficiencia al hablar que me recordó a mí mismo hace unos años. Gente muy agradable. Y Roberto en medio, no sólo guapo –eso es, me atrevería a decir, y lo digo, lo menos interesante de su persona– sino también inteligente, y simpático y tímido. Con una timidez encantadora que supuraba sensibilidad por los cuatro costados. Un ente inalcanzable, casi perfecto si tenemos en cuenta lo que a mí me atrae en un chico. Ay, qué adusto, áspero y gilipollas puedo llegar a ser. En la mesa, estuvo sentado a mi izquierda y lo único que podía hacer era fijarme en sus manos, sin pasar más arriba, por miedo a decir tonterías y balbucear frases sin sentido... Más tarde, mientras jugábamos a las pelis, de nuevo a mi lado, de cuando en cuando, ligerísimo, un contacto que me quemaba y ponía más y más nervioso. Bueno. Pudo haber sido peor.
Prueba superada, sin llegar al medallero (ni un triste bronce) pero también sin hacer el ridículo de ser el último en ninguna carrera. Del montón, sin más. Cuando salimos de allí, M y yo, al filo de las seis de la madrugada, se lo dije.
–Menos mal que no he de verle todos los días. Que no es un compañero de trabajo, o algo así, con quien mantener un trato continuado.
–¿Por?
–Porque podría enamorarme hasta las patas de él.
El día en que estas zozobras del corazón no me afecten, creo que seré feliz. O a lo mejor es que para entonces estoy muerto.
Por de pronto, las cosas comenzaron a torcerse cuando me quedé dormido y no llegué a la hora en que se nos había dicho. Mi idea, después de una tarde tirado en el sofá de casa, frente al televisor, era dormir una pequeña siesta, levantarme con tiempo suficiente para afeitarme, cortarme el pelo y darme una ducha. Ponerme guapo, vaya, que es una manera como otra cualquiera de ganar en seguridad. A las nueve y media me despertó una llamada de M, que ya estaba en El Carmen y se preguntaba dónde coño me habría metido. "Estupendo", pensé. Adiós preliminares en el cuarto de baño. Un afeitado rápido, tratando de no cortarme en el cuello, y salir escopetado en dirección al metro. Ya dentro, me di cuenta de que con las prisas no había cogido la botella de vino que pensaba llevar. "Esstupendo", pensé. Llegaba tarde y encima con las manos vacías. Una vez en El Carmen, llamada a Lucía, para que me diera la dirección de su piso. La pobre tuvo humor como para acercarse hasta donde yo estaba y llevarme de la mano, por si me perdía. Cuando llegué, presentación a todo el mundo –a mí me pitaban los oídos de retraimiento y confusión– y a la mesa rápidamente, que estaban aguardando a que yo apareciera para hincarle el diente a la cena. "Essstupendo", pensé. Si quería pasar desapercibido, no podía haberlo hecho mejor...
Conocí a Roberto, el amigo de Lucía que hace unos meses me causara tanta impresión en el Angie. Alto, desgarbado, con una belleza asimétrica que hacía que, cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos, un pequeño seísmo de curiosidad y deseo se aposentara en mí para tormento de este pobre desgraciado (cúmulo de rarezas e inseguridades) que soy yo. No estuve en mi mejor momento, eso es cierto, y más bien vegeté en las aguas tranquilas, sin monzones, de la hospitalidad de Sara y Lucía, más sus amigos. Todos ellos universitarios –me parece– en su último tramo de facultad, henchidos de conocimiento y con una curiosa mezcla de ingenuidad y suficiencia al hablar que me recordó a mí mismo hace unos años. Gente muy agradable. Y Roberto en medio, no sólo guapo –eso es, me atrevería a decir, y lo digo, lo menos interesante de su persona– sino también inteligente, y simpático y tímido. Con una timidez encantadora que supuraba sensibilidad por los cuatro costados. Un ente inalcanzable, casi perfecto si tenemos en cuenta lo que a mí me atrae en un chico. Ay, qué adusto, áspero y gilipollas puedo llegar a ser. En la mesa, estuvo sentado a mi izquierda y lo único que podía hacer era fijarme en sus manos, sin pasar más arriba, por miedo a decir tonterías y balbucear frases sin sentido... Más tarde, mientras jugábamos a las pelis, de nuevo a mi lado, de cuando en cuando, ligerísimo, un contacto que me quemaba y ponía más y más nervioso. Bueno. Pudo haber sido peor.
Prueba superada, sin llegar al medallero (ni un triste bronce) pero también sin hacer el ridículo de ser el último en ninguna carrera. Del montón, sin más. Cuando salimos de allí, M y yo, al filo de las seis de la madrugada, se lo dije.
–Menos mal que no he de verle todos los días. Que no es un compañero de trabajo, o algo así, con quien mantener un trato continuado.
–¿Por?
–Porque podría enamorarme hasta las patas de él.
El día en que estas zozobras del corazón no me afecten, creo que seré feliz. O a lo mejor es que para entonces estoy muerto.