Diario de Madrid
Sindicación
 
MIRIAM
Es la una de la tarde de un día diáfano y soleado. Las primeras camisetas en manga corta se pasean por las calles (y nos ponen los dientes largos de deseo) al tiempo que espero a Miguel en La Antorcha, donde nos tomaremos un algo y me propondrá negocios "gastronómicos", ahora que la sección ha vuelto, momentáneamente, a mis manos. Anteanoche, ML R pidió hablar conmigo y, con motivo de sus nuevas atribuciones tras el despido de E B, me comentó que anda muy liada y no puede encargarse de gastronomía. Bien: más dinero en la bolsa para mí.
Las cosas en la redacción están raras. Ha habido filtraciones a otros medios de la crisis vivida aquí en las últimas dos semanas, y los jefazos están inquietos y muy molestos. Resulta evidente que hay un topo entre nosotros, ¿quién será? Lo ignoro. Ayer, nada más llegar al curro, me cogió por banda A G-A y, mientras fumábamos un cigarrillo, soltó la bomba informativa.
–Con lo de que alguien se ha ido de la lengua, están muy mosqueados. Van a investigar quién puede haber sido. Esta mañana, en la fotocopiadora, uno de ellos me dijo que sospecha de ti, como te contrató M**...
–¿Qué? Pero bueno. Es alucinante. ¿Por qué iba a poner en peligro mi puesto de trabajo jugando a ser espía? Además, yo comencé a colaborar con el periódico cuando M** era la directora, vale, pero se me contrató estando ya en su puesto ML R. A M** no la veo desde hace más de dos años. Esto es ridículo. Y frustrante.
–Ya contesté yo que pongo la mano en el fuego por ti.
–¿Y quién es esa lumbrera que sospecha de mí?
–Se dice el pecado pero no el pecador.
Pues mira qué bien, ya se me puso mal cuerpo para el resto de la jornada. Al no saber quién podía ser el tío del dedo acusador, me pasé toda la tarde observando a mis compañeros y demás personal de la empresa, tratando de descubrir alguna mirada que me pusiera sobre la pista, dudando de unos y de otros. A G-A me ha prometido que, cuando se calmen las aguas y esto pase, me dirá quién ha sido. Yo estoy limpio y no tengo nada que ocultar, así que por mí que hagan lo que quieran.

La noche del domingo al lunes, con Ma, me lié la manta a la cabeza y salí en plan bestia por la noche madrileña. De R** no tenía noticias, le había llamado el viernes por si le apetecía quedar y me había dicho que estaba muy cansado y que ya me llamaría él el sábado. Cosa que no hizo. Así que me apetecía un poco de marchilla, después de un fin de semana aburrido y a la espera de que sonara el móvil. Estuvimos en Kapital, más tarde en Velada y finalmente en otro garito de cuyo nombre ni podría no quisiera acordarme. Un antro de los que funcionan como after, con mucho desquiciado y lo peor de cada casa reunido en unos pocos metros cuadrados, música atronadora y luces bajísimas. Nos acompañaba Bruno, amigo de Ma y relaciones públicas de medio Madrid –por lo que dio a entender–, un chico de veintiún años demasiado hablador aunque simpático. Y con él venía Miriam, travesti rubia con unas tetas enormes, embutida en un top rosa y con minifalda del mismo color, botas altas de tacón de aguja. Una buena chica, por lo que entreví con un gran corazón, pero totalmente trastornada –acaso por las hormonas, o por la droga, o por la vida dura y terrible que debe llevar–, muy loca e impulsiva. Trabaja haciendo la calle en Almagro (por donde yo paso casi todas las noches camino a casa) y ha de chupar muchas pollas al día para sacarse el dinero necesario para vivir.
–Yo soy puta. Y no lo oculto como otras.
Delante de mí, pues, uno de los ejemplares que pululan por los transversales de la sociedad, un ser utilizado y con las mismas abandonado por aquellos que buscan emociones nuevas, experiencias fuertes, diferentes, pero siguen siendo muy machos y se la meten por el culo a un travelo en la Casa de Campo pero luego jamás se tomarían un café con ella, qué pensaría la gente. Antes de llegar al último after, lo intentamos en otro lugar, pero la dueña no nos dejó pasar con el argumento de que no quiere ni travestis ni moros en su local. A Miriam, que le habían robado el bolso con doscientos euros –su recaudación de la noche anterior– se le saltaban las lágrimas.
–Pero si yo siempre me he portado bien en ese sitio... ¿Verdad, Bruno? Nunca monto números ni me follo a ninguno en los baños.
Pobrecilla. ¿A quién le importan realmente los sentimientos de Miriam? ¿Dónde estará el amorcito de su vida, para cuidarla y mimarla? Medio chico, medio chica, es el monstruo al que observar desde lejos, dando un codazo entre divertido y escandalizado al vecino, para luego, con las mismas, borrarla de la mente.
 
Comentario:
¿Y chinos? Tampoco aceptarán chinos...

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