Diario de Madrid
Sindicación
 
NOCHE CON R**
Despierto desde las nueve de la mañana, me tomo un café con su zumo correspondiente en La Antorcha, mientras afuera llovizna sin ganas y hago tiempo para ir a Majadahonda, donde comeré con Mara. Ha pasado cerca de un año desde la última vez que nos vimos, y ya agoté todas las excusas para no quedar con ella –todas las creíbles, pero también alguna que otra inverosímil. Será una visita de médico porque ella anda convaleciente de su última operación y a mí me gustaría disponer, al menos, de una parte de la tarde para mis cosas. Aunque sea de unas horas para no hacer nada.
Ayer me llamó R**, a eso de las siete de la tarde, y mi estado de ánimo, algo decaidillo, se elevó de golpe y batió palmas de alegría (resulta tan fácil contentarme: alguna llamada de vez en cuando y unos golpecitos cariñosos en el moflete bastan y sobran). Quedamos en vernos por la noche. No quiso ir por Lavapiés, donde el grueso de la redacción nos esperaba a E y a mí, con la excusa de que no se sentía muy sociable. Lo que yo creo es que le horroriza cierto aspecto de mi vida, que él define como "perroflautismo" (un perroflauta es uno de estos hippilongos trasnochados con perro y flauta, cabello no muy limpio, pantalones raídos y un eterno porro pegado a los labios; todo esto definición de R**, no mía), y la idea de pasearse por los garitos de Lavapiés no le seduce nada de nada. Así que la cita fue en el Angie, para variar. E me acompañó hasta Tribunal; hacía buena noche y nos apetecía un paseo desde Serrano. Aguantó con paciencia infinita mi nerviosismo ante la idea de ver a R** en breve, después de casi una semana. Pensaba (cenizo y negativo, sí) que a lo mejor no teníamos mucho de qué hablar, que fuera de una evidente atracción física no hay demasiados elementos comunes entre su mundo y el mío. Ejemplo de ello, es esto del perroflautismo que he escrito un poco más arriba. Un estilo de vida que a mí me atrae y me parece interesante, para él resulta ridículo y despreciable. Cuando estábamos a la altura del metro de Tribunal, y mientras me despedía de E, llamó al móvil con un tono vehemente.
–¿Por dónde andas? Ya he llegado.
–Estoy aquí al lado. Dame cinco minutos.
–Venga... que me aburro.
Un tonillo de voz quejumbroso, de niño pequeño acostumbrado a que se haga lo que él dice, porque si no patalea y llora de rabia. Tomé nota. Una vez en el Angie, todo fue (sin embargo) sobre ruedas. Nos bebimos unas cervezas de descompresión y hubo besuqueo tímido ("Me da vergüenza morrearte aquí", dijo), además de una conversación, si no apasionante, al menos distendida. He de aprender a relajarme en este tipo de situaciones, no tanto para dominarlas desde la atalaya de autocontrol y confianza en uno mismo como para disfrutarlas, sin más. Me llevó al Tupperware, que yo no conocía, un templo indie repleto de erasmus bailongos donde ya los besos se sucedieron en orden ascendente. Era agradable sentir su presencia a mi lado, el saber que ahí había alguien atento al más pequeño de mis gestos. Cuando me propuso pasar la noche en su casa ("Mi madre se ha ido por unos días a la sierra con su novio", explicó al tiempo que me lanzaba una mirada turbia de noche y de deseo) no lo dudé ni un momento. Allá que nos fuimos, muy amartelados, como dos novios risueños, un taxi en lugar de carroza y sin zapatitos de cristal que pudieran romper el encanto. Claro que el encanto, quieras que no, siempre se rompe.
Vive con su madre en un primero espacioso y lleno de luz, decoración minimalista con algún toque orientalizante, bastantes libros en las estanterías –me mostró varios de su abuelo, el premio nacional de literatura allá por los años cuarenta– y su poquito de obra pictórica para vestir las paredes. Por la zona de Argüelles. La casa/tipo de una progresía setentera (hija de familia bien) que se encontró con dinero en el bolsillo, una vez iniciada la cultura del pelotazo en el felipismo, y muchas ganas de dilapidarlo y vivir bien. Dormimos en la habitación de su madre, con una cama enorme que acogió caricias y abrazos, sexo de baja intensidad y un sueño racheado, a ratos profundo y a ratos agitado, que se interrumpió a las nueve, cuando hubo que levantarse porque R** –como la gente normal, hoy, viernes– trabajaba.
Tiene un despertar malhumorado: no sé qué coño me pasa que siempre doy con tipos que se despiertan enfadados, con el rostro serio y desabrido. Yo habitualmente me levanto contento, con ganas de continuar la intimidad conquistada unas horas antes, y lo que me encuentro enfrente es un muro de contención de los sentimientos, una muralla china hecha de seriedad que casi parece fastidio porque yo siga ahí y no me haya desvanecido como las luces de neón y los vapores alcohólicos de la noche. Mientras se duchaba, curioseé un rato en su cuarto. Posters de macizas rubias y tetudas, libros sobre la movida madrileña –a la que está muy unido, como novio que fue de uno de sus protagonistas– y la foto claveteada en la pared de un R** adolescente y de pelo largo, recogido en una coleta (parecía un poco perroflauta, la verdad, pero no se lo dije). Le acompañé hasta el metro. La despedida fue fría, con la distancia que imprime la luz de la mañana sobre lo que, durante la noche, parecía brillante y fresco.
–Aquí sí que no te doy un beso.
–Bueno, vale. Te llamo esta noche.
Y lo haré. Venceré los miedos tontos que tengo a ser pesado. Aunque el despertar de hoy no haya resultado como yo esperaba.
No