LA EXTRAÑA PAREJA
Coincidí, de nuevo, con Lolo, el curioso personaje que describí en el Diario hace unos días. Y se añadieron datos para dar el perfil completo de quien, por lo que supe ayer, resulta mucho más completo de lo que yo pensaba. Lleno de oros como de costumbre, la camisa de seda estampada abierta hasta el ombligo, mostrando un pecho renegrido y libre de vello, el moreno encendido y la mirada igual de ingenua y juvenil, esperaba a su mujer, que llegó puntual a la cita. Una matrona de cincuenta y dos tacos, generosa en carnes, de un rubio pajizo y la piel blanquísima, apenas surcada por unas cuantas arrugas de expresión. Por fuerza se destaca frente al cobrizo de la dermis y las canas elegantes de Lolo. Son pareja –sin estar casados– desde hace veintinueve años. Que se dice pronto. Ella sabe de la homosexualidad de él, lo cual no impide que se respire a su alrededor un aire amoroso y de respeto mutuo que para sí querrían muchos matrimonios "normales". Y son padres de varios chicos y chicas (creo que siete, de los veintiocho a los dieciséis años) a quienes, seguro, han criado con mucho cariño y no poco sufrimiento. He aquí, me dije, otro ejemplo de que los catolicones y su concepto cerrado de familia se da de bruces con la vida, que bulle y se agita de múltiples formas, alegre, y siempre triunfa, pase lo que pase –como el agua de un torrente para la que no bastan acequias ni diques que canalicen su avance. Sentí una ternura infinita hacia estos dos, que han sido capaces de crear un mundo propio y defenderlo a capa y espada durante casi tres décadas.
También una punzada de envidia, claro.
También una punzada de envidia, claro.