Diario de Madrid
Sindicación
 
FIN DE SEMANA IN LOVE...
Todavía no estoy del todo recuperado, tras el intensísimo fin de semana vivido. Reencuentro con Marcos tras su estancia de quince días en Palestina; un cúmulo de casualidades que se arman en su puzzle extraño –por no decir imposible– y me hacen un regalo inesperado en forma de chico guapo y dispuesto; comida en casa de Anuska con parte de la redacción del periódico (la parte buena); cita abortada con un estudiante de periodismo, diecinueve años muy poco agraciados junto con algún kilo de más repartido por un cuerpo grande y peludo; comida del sábado, acompañado por Paula, en casa de mis primos –Mariblanca más calmada y feliz ahora que Rubén anda por Oviedo, desintoxicándose, y Azucena levantó el vuelo hasta casa de su novio. Muchas cosas, en los días en que no he escrito. Vayamos por partes.
Marcos recaló en Madrid la madrugada del 31, y como no salió esa noche nos vimos ya el viernes, a la una de la tarde en Sol. Tomamos un café largo y distendido a la vera de la Gran Vía y su tráfico loco de gente, marea humana y gastadora en el primer día de mes (cuando la bolsa está llena y de repente uno descubre cuantísimas cosas le hacen falta para ser un poco más feliz). Me enseñó fotografías de su viaje y contó infinidad de anécdotas: un pueblo oprimido por otro, con la complicación ambiental de muchos grupos étnicos y religiosos que atomizan la sociedad, son como chinitas en los zapatos durante el camino, tortuoso y lleno de espinas, hacia la paz. Judíos ortodoxos, judíos laicos, árabes musulmanes, árabes católicos, árabes laicos, negros judíos... Controles de la policía –brutal, avasalladora–, jóvenes de ambos sexos con el uniforme militar y el arma al costado, siempre a punto para ser disparada. El odio apostado en cada esquina, que de repente estalla en forma de pedrada a un carro de combate, la fábula de David y Goliat que, necesariamente, muestra a un Goliat poderoso que siempre gana al David harapiento y enclenque que es el pueblo palestino. Una madre árabe reñía a su hijito de cinco años porque éste no tiraba piedras a los soldados israelíes como sí hacían el resto de sus amigos. El mundo al revés.
De allí, corriendo, a casa de Anuska, por Palos de la Frontera. Comimos ocho alrededor de la mesa, en un ambiente distendido y agradable, y hubo tertulia hasta las seis y pico, con muchas risas, chistes y guiños de complicidad. Ya sólo tuve tiempo para pasar por casa, en plan escala técnica, cruzar varias frases con mi prima Paula y bajar a La ida, donde debía encontrarme con K. Eran las ocho, el local estaba semivacío y el niñato con que me encontré resultó un fiasco en toda regla: la fotografía que me había enviado le mostraba más finito y guapo; lo que yo tenía enfrente era un tipo grande, con enormes lorzas a los costados y una mirada bovina, cardenalicia, que no me atraía en absoluto. Más bien lo contrario. Como estudia periodismo, por ahí sacamos tema de conversación suficiente para varias cervezas, que me dejaron un poco tocado. Luego él se marchó con sus amigos ("¿Te quieres venir?", me preguntó; "Muchas gracias, pero no: me quedo en casa", contesté) y yo, bastante borrachillo, llamé a Marcos para ver qué hacía. Al no contestarme, ya me apalanqué frente al televisor dispuesto a pasar una noche de viernes tranquila y casera. Pero, oh cielos, el destino nunca para mientes en si uno está cansado o no. Pasada la medianoche, recibí una llamada de Marcos, que salía en esos momentos del cine en compañía de Marta S y el sobrino de ésta, Carlos. Me propusieron una cerveza por mi zona, así que hablamos de encontrarnos en El Pez Gordo unos quince minutos más tarde. Llegué yo primero, y allí estaba Vera con unos amigos, entre ellos Laura, a la que no veía desde nuestro viaje a Castellcir, hace dos años. Me besó muy efusiva y lo primero que me preguntó, acercándose a mi oído, fue si tengo novio.
–¿Estás soltero?
–Sí.
–Pues ya verás, te voy a presentar a un amigo que acaba de dejarlo con su pareja.
–No, no. Paso de movidas de ésas, que me pongo muy nervioso.
Pero Laura, cuando se siente celestina y va algo cargada de copas, no atiende a razones. No sólo me presentó a R** –un morenito alto y desgarbado que, es cierto, me entró por los ojos desde el primer momento–, sino que estuvo toda la noche pesadita, lanzando indirectas al uno y al otro, frases cargadas de intención matrimonial que yo hacía por no oír. Del primer bar, después de una desbandada generalizada que redujo el grupo a cuatro (R**, Laura, Marcos y yo), fuimos a otro garito, donde cayó la primera raya de coca, invitación de R**. Y de ahí, ya embalados, a un bar curiosísimo, por Chueca, que yo no conocía: llegas, saludas al dueño, le pides medio gramo o lo que sea de cocaína y te lo sirve junto con la copa, allí delante de todo el mundo, como quien te pone medio kilo de carne sobre la mesa. Un supermercado de la droga. A mí me sorprendió tanto desparpajo.
–¿Y no tienen problemas con la poli?
–Yo he estado aquí con unas rayas sobre la mesa, ha entrado la policía y no me han dicho nada–, respondió tan tranquilo R**.
Supongo que por medio habrá una jugosa comisión para que los agentes uniformados (de moral intachable, qué risa) hagan la vista gorda.
Más noche y más comunicación a cuatro, R** y yo cada vez un poco más juntos, ganando rápidamente en intimidad. Laura se me colgó por la calle del brazo.
–¿Qué te ha parecido mi amigo?
–Muy bien, es un chaval majo.
–Cómo me alegro, a él también le gustas. Y es la primera vez que me dice eso de alguien desde que rompió con el otro. Que, por cierto, se llama como tú.
–No fastidies. Qué mal rollo.
En el antiguo Baticano (de cuyo nombre actual no tengo ni idea) nos besamos por primera vez. Unos besos robados en el baño con la premura de quien espera más aún y tiene prisa por quemar etapas. De allí, los invité a subir a casa para montarnos un chill out que duró hasta casi las ocho y media de la mañana, cuando Laura y Marcos (cada uno por su lado, para frustración de él) se fueron. A Marcos le hubiera apetecido enrollarse con Laura, pero ella tiene novio y no había mucho que hacer. Así se lo dije cuando me preguntó. Por fin se marcharon, y ya nos quedamos R** y yo solos en casa.
R** es un tío cariñoso, simpático y muy en la línea de lo que me gusta. Follamos, nos acariciamos, dormimos juntos hasta la una de la tarde. Bueno, durmió él, más acostumbrado a la farlopa, porque yo fui incapaz de conciliar el sueño. De hecho, me levanté volado y con una pereza de aúpa con sólo pensar que, en una hora, Paula y yo debíamos coger el bus en Méndez Álvaro para el pueblo de Blanca. Todavía nos demoramos un rato en la cama, estudiando el cuerpo del otro con las manos, que son los ojos del deseo. Él me comía la boca a lengüetazos y yo respondía con idéntico ímpetu, seguro y cómodo entre sus brazos. Cuando nos despedimos en Tribunal, me escocía la nariz y un sentimiento cercano a la plenitud (pero con el cansancio royéndome las neuronas) hacía que flotara por los pasillos del metro, con mi prima al lado. Que me dio el visto bueno.
–Es muy mono.
Y sí que lo es. Después de la visita familiar, alrededor de las diez de la noche, ya de vuelta en Madrid, me llamó y quedamos en vernos algo más tarde. Yo había dudado durante todo el día en proponérselo o no, porque es ley no escrita (aunque muy seguida) eso de que hay que dejar pasar dos o tres días para que la pieza no se asuste y no parezca que buscamos ponerle el anillo de casado o el cartel de vendido al mejor postor. Pudieron mis ganas de verle, así que mandé a la mierda todas las leyes del mundo y le envié un mensaje en que le decía que me apetecía estar con él. Así fue. Recorrimos los bares de la zona hasta las tres, y las miradas quemaban, y los cuerpos transmitían una extraña radiación que sólo se aplacaba con la cercanía, el roce, la entrega del otro, ahí para lo que fuera.
–¿Me vas a invitar a dormir en tu casa?–, preguntó con voz ronca y acuciante.
–Claro que sí. No deseo otra cosa desde que te vi.
Muy bonito, bucólico, idílico y tal. Volvimos a dormir pegados, y era hermoso sentir a alguien en la cama que de cuando en cuando, y en sueños, se abrazaba a mí con fuerza. La verdad es que lo he pasado muy bien este fin de semana y creo que hay posibilidades de que la cosa continúe. Entre semana es difícil que nos encontremos, por su horario y el mío, pero no dejo de pensar en el próximo viernes para retomar esto que nos ha nacido casi sin esperarlo. Hay un solo fallo en este muchacho: su afición a las drogas. El sábado pretendía que nos metiéramos de nuevo y yo dije que no. Paso de seguir a nadie por un camino que conozco de sobra y no me convence. Como exceso que se comete de vez en cuando, sí, pero no como algo habitual y, me temo, necesario. Esto es algo que nos puede alejar, lo sé. Veremos.

Los días con Paula en casa me han descubierto a la persona que es mi prima muchísimo más que el trato puntual, deslavazado, cortés, de los últimos quince años. A punto de cumplir veintiséis, es una mujer dulce de intensos ojos azules y un gran parecido –más en la forma que en el fondo– a mi tío Charly, su padre. Si uno rasca la superficie de pijismo, que es producto del ambiente de familia bien santanderina en que ha sido educada, encuentra un ser duro y fuerte, pero también muy vulnerable, que desea con todas sus ganas ser feliz y de momento no lo ha logrado. Aunque vino a remolque mío hasta el pueblo donde Mariblanca vegeta, disfrutó mucho con la visita, y era evidente que se sentía a sus anchas después del cocido que nuestra prima segunda (fiel a lo de que donde comen dos comen tres) nos metió entre pecho y espalda. Con los vapores del café y de la sobremesa, se fue desgranando una charleta amable, a ratos intensa, que puso al descubierto muchas miserias y alguna rara virtud en mi familia materna. Luego, ya en el autobús, antes de descolgarse con una serie de confidencias que no esperaba, me confesó que lo había pasado bien. Me alegro. En cuanto a los secretos que me reveló... en fin, pertenecen a su intimidad y no es justo que yo los airee a los cuatro vientos. Pero me reafirmaron en la idea de que Paula es un ser con los sentimientos a flor de piel y una disposición innata al sufrimiento que, espero, no le pase factura. Al contrario que su hermana –mucho más preparada para batirse en duelo frente al mundo, si fuera necesario–, ella arrastra una tristeza infinita que me apena, porque sé muy bien de dónde viene y el daño que causa. Sólo confío en que sea capaz de desprenderse de todo un universo (ficticio y asfixiante) de amigas repollo y encuentre su camino. Lo merece.

La muerte del Papa nos ha pillado a todos en el curro con el paso –de Semana Santa– cambiado. Llevamos dos días de hagiografía vergonzante, con varias páginas dedicadas al pontífice (para no decir más que vanalidades, porque la noticia es que ha fallecido y cuáles son los pasos a seguir por la Iglesia para buscarle sucesor; lo demás entra dentro del relleno más evidente, el tópico más repugnante y la beatitud más grimosa). Hasta la sección de cartas al director está dedicada íntegramente al óbito. Lectores que hablan del "amigo Karol", del "hombre vestido de blanco", de su ejemplo "de sufrimiento y coraje". Para vomitar. Encima, con el despido fulminante e inesperado de Enrique B (el pasado jueves), que nos ha dejado a todos un amargo sabor de boca, el río revuelto de la redacción está más enlodado que nunca, y ML R pesca a dos manos en él, encantada con su nueva posición de directora en funciones. Cómo no darse a la bebida, después de la dosis habitual de mediocridad, cada noche.


 
Comentario:
Wow!!

Me alegro de que tengas a la vista alguien especial! Disfrútalo!

BEsotes, niño!
 
Comentario:
Sí, creo q lo nombraron...
 
Comentario:
En el “Tentaciones” del viernes pasado nombraron tu blog, verdad?
No