CONFLICTOS
Viernes Santo. Nublado y algo más fresco que el día de ayer, cafeteo en La Viña, casi la única hora de la jornada en que salgo a la calle y me relaciono (poco, por no decir nada) con los demás. Viejos en todas sus formas y acepciones, desde los renqueantes y derrotados hasta los exultantes que disfrutan de una segunda juventud agreste y montaraz. Sentados a las mesas, de pie ante la barra. Me observan con desconfianza, como a un intruso en su mundo reglado y siempre igual, petanca para ellos los sábados y festivos, tertulia en las cafeterías del centro para ellas. Santander es el oasis pacífico de la tercera edad; dónde mejor que en una ciudad de provincias, al borde del mar y con estatua de Franco en la plaza del Ayuntamiento iban a estar... A mí me sucede como de costumbre: los primeros días son un ejercicio de adaptación, después llega el periodo de disfrute y, más tarde –pero no habrá tiempo en esta ocasión–, la necesidad imperiosa de salir de aquí y respirar aire puro, no viciado de provincianismo.
Ayer, tras un paseo por el muelle, tomé el aperitivo con mis padres y abuelito. Papá, como siempre, haciendo chistes sobre mí.
–Caray Cornelio, te estás quedando pelón...
–No te creas. Aquí hay pelo, sólo que me lo rapo al cero, es más cómodo.
–Ya, ya. Macho, vas camino de quedarte como una bola de billar.
–Qué le vamos a hacer, serán los genes.
Me preguntó de qué manera puede leer mis artículos, porque ahora navega mucho por Internet y en la página web del periódico no los encuentra. Le expliqué los pasos a seguir. Y ahí entró mamá con su batería de preguntas: que sobre qué versaba el último. Comenzamos una discusión, en ningún momento apasionada (mi padre no se metió en ella, cosa rara en él), acerca de los socialistas y su primer año de mandato.
–Dios mío, ¿y qué te parece que han hecho bien?
–Se trata de ver qué han hecho mal, mamá. Yo creo que por ahora están cumpliendo. Y noto más transparencia en el Gobierno que antes. No sé, algo más de libertad.
–Zapatero es un cantamañanas.
–Como antes lo fueron, a su manera, Aznar y González. Todos los políticos son iguales.
Mi madrecita del alma querida fruncía las cejas sin decir nada. Estaba claro que debía pensar algo así como "este hijo mío es irrecuperable, está vendido a los malos". Es lo que sucede si se lee solamente el ABC y se escucha a todas horas la cadena Cope. Que el concepto de realidad se distorsiona. Me lo confirmó cuando echó un vistazo a la trilogía de Primo Levi.
–Creo que es muy bueno. El otro día, por la radio, César Vidal habló muy bien de este libro.
César Vidal, un tipo a quien nunca he podido soportar, untuoso y torticero, con una visión de España completamente opuesta a la que yo defiendo. Esta madre mía es irrecuperable, está vendida a los malos...
Al salir del bar, comprobé satisfecho que abuelito llevaba consigo el bastón. Bien. Una de mis preocupaciones era pensar en una eventual caída (no sería la primera ni la segunda) que, a sus años, podría ser fatal. Mamá me confirmó que ya no sale nunca sin la cachava (como él le dice):
–Se ve que se encuentra más seguro y ya se ha bajado de la parra.
El bastón, para él, suponía una nueva renunciación, aceptar el peso de los años y su derrota en la lucha contra el tiempo. Pero le veo bien, mejor que hace unos meses; empiezo a confiar en que resistirá algunos años más. Crucemos los dedos.
Mi tío y mamá tuvieron ayer un conato de bronca. Hasta la fecha han manejado bien lo de la viudez de su padre y la consiguiente dependencia del hombre para casi todo lo material. Lo que pasa es que en el día a día, entre hermanos que se quieren pero son tan diferentes, surgen piques, acusaciones soterradas, pequeños terremotos internos que apenas se notan, si no es con una lente de aumento. Fue por la perra, a la que hay que sacar tres veces al día. Charly le pidió a mamá que la bajaran ella y mi padre, para poder irse a tomar unas cañas con su novia. Mi madre se negó y mi tío torció el gesto. Volvió a insistir, y mamá contestó de nuevo que no. Él salió de casa furioso y pegando gritos.
–Ya le dije, "a mí no me grites, vete a ver si te calmas un rato". Para una cosa que tiene que hacer...
Ésa era la versión de mamá, que todos los mediodías llega a casa de abuelito, da un paseo con él y le prepara la comida. La de mi tío, necesariamente, es muy distinta:
–Vale que ella hace esto cada día, pero el que está aquí a todas horas soy yo. Tu madre, con tres horas que esté, ya ha cumplido. Saco a la perra siempre, y me parece que no se le tendrían que caer los anillos por hacerme el favor de vez en cuando. Además, a tu abuelo le hubiera gustado.
Intento no meterme en estas movidas. Sé que hay mar de fondo –pequeñas heridas no cerradas del todo que supuran en cuanto se las toca– y sólo paso en Santander un tiempo breve cada dos o tres meses. Lo único que puedo (y quiero) hacer es descargar a Charly de trabajo. No olvido que él es un experto en quitarse responsabilidades de encima, pero también es verdad que ha de estar ahí casi a todas horas, y la esclavitud es grande. Ahora abuelito ha cogido miedo y no quiere quedarse solo por la noche. Así que ni esa evasión –pasar alguna que otra noche con Caque en casa de ésta– tiene.
Ayer, tras un paseo por el muelle, tomé el aperitivo con mis padres y abuelito. Papá, como siempre, haciendo chistes sobre mí.
–Caray Cornelio, te estás quedando pelón...
–No te creas. Aquí hay pelo, sólo que me lo rapo al cero, es más cómodo.
–Ya, ya. Macho, vas camino de quedarte como una bola de billar.
–Qué le vamos a hacer, serán los genes.
Me preguntó de qué manera puede leer mis artículos, porque ahora navega mucho por Internet y en la página web del periódico no los encuentra. Le expliqué los pasos a seguir. Y ahí entró mamá con su batería de preguntas: que sobre qué versaba el último. Comenzamos una discusión, en ningún momento apasionada (mi padre no se metió en ella, cosa rara en él), acerca de los socialistas y su primer año de mandato.
–Dios mío, ¿y qué te parece que han hecho bien?
–Se trata de ver qué han hecho mal, mamá. Yo creo que por ahora están cumpliendo. Y noto más transparencia en el Gobierno que antes. No sé, algo más de libertad.
–Zapatero es un cantamañanas.
–Como antes lo fueron, a su manera, Aznar y González. Todos los políticos son iguales.
Mi madrecita del alma querida fruncía las cejas sin decir nada. Estaba claro que debía pensar algo así como "este hijo mío es irrecuperable, está vendido a los malos". Es lo que sucede si se lee solamente el ABC y se escucha a todas horas la cadena Cope. Que el concepto de realidad se distorsiona. Me lo confirmó cuando echó un vistazo a la trilogía de Primo Levi.
–Creo que es muy bueno. El otro día, por la radio, César Vidal habló muy bien de este libro.
César Vidal, un tipo a quien nunca he podido soportar, untuoso y torticero, con una visión de España completamente opuesta a la que yo defiendo. Esta madre mía es irrecuperable, está vendida a los malos...
Al salir del bar, comprobé satisfecho que abuelito llevaba consigo el bastón. Bien. Una de mis preocupaciones era pensar en una eventual caída (no sería la primera ni la segunda) que, a sus años, podría ser fatal. Mamá me confirmó que ya no sale nunca sin la cachava (como él le dice):
–Se ve que se encuentra más seguro y ya se ha bajado de la parra.
El bastón, para él, suponía una nueva renunciación, aceptar el peso de los años y su derrota en la lucha contra el tiempo. Pero le veo bien, mejor que hace unos meses; empiezo a confiar en que resistirá algunos años más. Crucemos los dedos.
Mi tío y mamá tuvieron ayer un conato de bronca. Hasta la fecha han manejado bien lo de la viudez de su padre y la consiguiente dependencia del hombre para casi todo lo material. Lo que pasa es que en el día a día, entre hermanos que se quieren pero son tan diferentes, surgen piques, acusaciones soterradas, pequeños terremotos internos que apenas se notan, si no es con una lente de aumento. Fue por la perra, a la que hay que sacar tres veces al día. Charly le pidió a mamá que la bajaran ella y mi padre, para poder irse a tomar unas cañas con su novia. Mi madre se negó y mi tío torció el gesto. Volvió a insistir, y mamá contestó de nuevo que no. Él salió de casa furioso y pegando gritos.
–Ya le dije, "a mí no me grites, vete a ver si te calmas un rato". Para una cosa que tiene que hacer...
Ésa era la versión de mamá, que todos los mediodías llega a casa de abuelito, da un paseo con él y le prepara la comida. La de mi tío, necesariamente, es muy distinta:
–Vale que ella hace esto cada día, pero el que está aquí a todas horas soy yo. Tu madre, con tres horas que esté, ya ha cumplido. Saco a la perra siempre, y me parece que no se le tendrían que caer los anillos por hacerme el favor de vez en cuando. Además, a tu abuelo le hubiera gustado.
Intento no meterme en estas movidas. Sé que hay mar de fondo –pequeñas heridas no cerradas del todo que supuran en cuanto se las toca– y sólo paso en Santander un tiempo breve cada dos o tres meses. Lo único que puedo (y quiero) hacer es descargar a Charly de trabajo. No olvido que él es un experto en quitarse responsabilidades de encima, pero también es verdad que ha de estar ahí casi a todas horas, y la esclavitud es grande. Ahora abuelito ha cogido miedo y no quiere quedarse solo por la noche. Así que ni esa evasión –pasar alguna que otra noche con Caque en casa de ésta– tiene.