MAÑANA EN MI CIUDAD NATAL
El viaje en coche con mi prima: prueba superada. Como no había ni radio ni CD ni nada, temía el pasar tantas horas con ella sin que mediara conversación posible. Pero no fue así, charlamos mucho, hicimos dos o tres paradas técnicas y fuimos escalando por la piel de toro hasta llegar a Santander. Como llovía y hacía un tiempo pésimo, tomamos el camino de Aguilar de Campoo en lugar de atrevernos con El Escudo. Yo casi me duermo en un par de ocasiones –mal, malísimo copiloto–, pero aguanté como un jabato y cumplí la función de entretener a la conductora. Salimos de Madrid en medio de un aguacero, después de semanas viviendo en un auténtico secarral. Fui a buscarla hasta su trabajo, en Doctor Zamenhof, y resultó una lástima la cortina densa de agua, que impedía el disfrutar del paseo hasta allí, cruzando desde la estación de Suanzes todo el parque Quinta de los Molinos. La tierra exhalaba un olor dulzón, a matriz fecundada, y los árboles, grandes pero dispersos, no servían gran cosa como enorme paraguas vegetal. Al llegar allí aún era pronto, así que busqué la seguridad de una marquesina para esperar fumando a que dieran las dos y saliera Anita del curro.
Entramos en Santander alrededor de las diez y pico de la noche. No fue difícil encontrar sitio cerca de casa, pero ya abuelito se había ido a la cama, cansado de esperarnos. Saludé a mi tío y dejé solos a padre e hija para que hablaran de sus cosas mientras yo acondicionaba el salón para estos próximos días. No me acosté muy tarde, y he madrugado relativamente. Nada más levantarme, miré por la ventana y los ojos se me llenaron de luz y cielo azul. Qué maravilla. Como esperaba chaparrones continuados de aquí al lunes, este día cálido y desusado de primavera es un bonus que me regala la ciudad, por haber sido un niño bueno. Ahora estoy en el bar cerca de casa, el de las máquinas tragaperras pero un café inmejorable, donde pasé la mañana del uno de enero, parece que hace milenios. En manga corta y acunado por las conversaciones de los clientes en la barra. No sabría decir por qué, pero este runrún cantarín e inconexo lo reconocería en cualquier parte: es el mismo castellano que en Madrid, pero con el deje cántabro que me dice que estoy en casa. Una vez más.
Abuelito parece estar bien de salud. Allí le he dejado, inundado de luminosidad a la mesa del salón, el periódico desplegado y leyéndolo minuciosamente, lupa en mano para desentrañar la letra pequeña. Dentro de dos horas nos veremos con mi madre en La Cepa Riojana, el bar en que suelen recalar todos los mediodías, tras su paseo, para tomar el aperitivo. Antes daré una vuelta larga y descansada por el muelle, para empaparme de este sol y de la vitalidad que transmite.
Cuando me desperté, Luisa, la interina, trasteaba por la cocina gamuza en mano. Hubo un segundo, cuando nos cruzamos en el pasillo, en que la confundí con abuelita y me dio un vuelco el corazón. No se parecen en nada, pero una cierta manera de moverse, un gesto mínimo de Luisa que recordó a mi abuela (y encima estábamos en su casa, en sus dominios), crearon el engaño y llevaron a la confusión. Por un momento pensé que a lo mejor... En fin. El ser humano, que nunca acepta del todo la desaparición de aquellos a quienes ama.
A través de la puerta del bar, desfila el tráfico calmo y escaso de esta mañana de jueves, día santo a decir de los cristianos, en que la ciudad se despereza y estira, aún con el sueño atrasado de la noche anterior. El Sardinero debe de recibir ya a los primeros bañistas, aunque a mí no me apetece gran cosa ir a la playa. Prefiero la inspección minuciosa de un paseo, para comprobar que todo sigue en pie y que mi sueño/pesadilla de la otra noche no fue más que producto de una mala digestión.
Entramos en Santander alrededor de las diez y pico de la noche. No fue difícil encontrar sitio cerca de casa, pero ya abuelito se había ido a la cama, cansado de esperarnos. Saludé a mi tío y dejé solos a padre e hija para que hablaran de sus cosas mientras yo acondicionaba el salón para estos próximos días. No me acosté muy tarde, y he madrugado relativamente. Nada más levantarme, miré por la ventana y los ojos se me llenaron de luz y cielo azul. Qué maravilla. Como esperaba chaparrones continuados de aquí al lunes, este día cálido y desusado de primavera es un bonus que me regala la ciudad, por haber sido un niño bueno. Ahora estoy en el bar cerca de casa, el de las máquinas tragaperras pero un café inmejorable, donde pasé la mañana del uno de enero, parece que hace milenios. En manga corta y acunado por las conversaciones de los clientes en la barra. No sabría decir por qué, pero este runrún cantarín e inconexo lo reconocería en cualquier parte: es el mismo castellano que en Madrid, pero con el deje cántabro que me dice que estoy en casa. Una vez más.
Abuelito parece estar bien de salud. Allí le he dejado, inundado de luminosidad a la mesa del salón, el periódico desplegado y leyéndolo minuciosamente, lupa en mano para desentrañar la letra pequeña. Dentro de dos horas nos veremos con mi madre en La Cepa Riojana, el bar en que suelen recalar todos los mediodías, tras su paseo, para tomar el aperitivo. Antes daré una vuelta larga y descansada por el muelle, para empaparme de este sol y de la vitalidad que transmite.
Cuando me desperté, Luisa, la interina, trasteaba por la cocina gamuza en mano. Hubo un segundo, cuando nos cruzamos en el pasillo, en que la confundí con abuelita y me dio un vuelco el corazón. No se parecen en nada, pero una cierta manera de moverse, un gesto mínimo de Luisa que recordó a mi abuela (y encima estábamos en su casa, en sus dominios), crearon el engaño y llevaron a la confusión. Por un momento pensé que a lo mejor... En fin. El ser humano, que nunca acepta del todo la desaparición de aquellos a quienes ama.
A través de la puerta del bar, desfila el tráfico calmo y escaso de esta mañana de jueves, día santo a decir de los cristianos, en que la ciudad se despereza y estira, aún con el sueño atrasado de la noche anterior. El Sardinero debe de recibir ya a los primeros bañistas, aunque a mí no me apetece gran cosa ir a la playa. Prefiero la inspección minuciosa de un paseo, para comprobar que todo sigue en pie y que mi sueño/pesadilla de la otra noche no fue más que producto de una mala digestión.