Diario de Madrid
Sindicación
 
FOTOGRAFÍA
Según llegué al periódico, ayer tarde, O P me miró con ojos dulces, movió su melena rizada de sirenita y, en medio de un vaho a maquillaje y feminidad, me contó que ha habido un sorteo entre las redacciones por no sé qué motivo y soy el flamante ganador de un Home Cinema. Mira tú qué bien: se agradecen estos detalles de empresa, tan lindos. He de ponerme en contacto con una tal Nuria, de Barcelona, y no tengo ni idea de cómo será la cosa. ¿Me lo llevarán a casa? ¿Al curro? La verdad es que, como a mí estas movidas de tecnología punta nunca me llamaron mucho la atención, no me sentí especialmente emocionado. "Otro trasto en casa", pensé. Parece que la primavera comienza con buen pie. Y siempre queda la reventa.
Recibí dos mails cortos de M desde Palestina. Por lo visto se encuentra bien y pasó el trago del aeropuerto de Tel Aviv sin mayores problemas. Dentro de diez días, a su vuelta, le agarraré por banda para que me cuente todas las historias, los personajes, las vivencias y aventuras de su viaje. Espero que lo pase en grande.



Revolviendo por los cajones de mi cuarto, he encontrado una vieja fotografía del verano de 1979. Celebrábamos el cumpleaños de mi hermana Eva y yo era el orgulloso poseedor de un reloj de pulsera –regalo de la Bisa en mi Primera Comunión, mes y pico antes. En la foto, con el fondo setentero del papel de la pared, me carcajeo ante algo que alguien dice. Olvidé de qué se trataba, y tampoco sé a quién se dirigía la risotada (una de las pocas instantáneas en las que me permito reír sin reservas, francamente), pero recuerdo perfectamente cómo me gustaba el tacto de la correa del reloj en la muñeca (signo de adultez, ya era capaz de leer la hora) y lo bien que lo pasamos esa tarde. Emparedados para comer, pasteles a los postres, juegos y canciones; la expresión de Eva, arrobada con sus regalos, a medida que iba recibiendo a sus amigos. La mano del extremo inferior izquierdo, ¿es la suya? Lo ignoro. Ya no hay mucha gente por el mundo que recuerde a este niño, aparentemente feliz y despreocupado, fuera de mí mismo: en la sonrisa, en la manera de acercar la palma hacia la boca, para taparla, estoy y soy yo. El mismo de ahora. Un crío de ocho años atrapado en este cuerpo de treinta y cuatro. Y entre medias, toda una vida, muchas experiencias que (se supone) me han hecho crecer y madurar. Pero, en esencia, continúo siendo ese chaval asomado al mundo con una risa traviesa, ingenua, que ya alguien se encargará de borrar más adelante.

Café con G, que se estira como una pantera a mi lado, me estudia con detenimiento y un poco de lascivia, se levanta la camiseta para enseñarme un ombligo en donde caracolean cuatro pelos negros. Hoy he descubierto el motivo principal por el que nunca me siento del todo a gusto en su presencia. Mientras me habla (con la incontinencia propia de su pueblo, que ha dado grandes oradores y mejores buhoneros) y busca el contacto físico –una mano sobre mi rodilla, sus muslos cerca de los míos, esos labios, gruesos y abultados, que me susurran obscenidades al oído: yo no hago nada, me quedo muy quieto y le dejo hacer–, no cesa de otear a su alrededor, eternamente en guardia, atento al más mínimo movimiento en torno suyo. Y ese estar ojo a vizor, ese no bajar la guardia, propio de quien ha pasado necesidades y sabe que dormirse en los laureles puede ser un error mayúsculo, me pone en tensión a mí también, me transmite un desasosiego cercano al pánico. Como si yo mismo fuera un animal salvaje que depende de la propia astucia para sobrevivir en un hábitat hostil, rodeado de alimañas. Ahora que leo a Primo Levi –y me acongojo con su narración del día a día en un campo de exterminio nazi–, estoy por asegurar que G sobreviviría en el "Lager" muchísimo mejor que yo, gracias a su capacidad de reacción (y de adaptación), a su inteligencia natural, a su mayor conocimiento de los intríngulis del ser humano, con sus zonas de sombra, que yo apenas he intuido. Esta actitud la he visto ya en otros sudamericanos, gente que ha pasado lo suyo, que a base de golpes y de humillaciones aprendió que nada se da gratis y todo, todo, es susceptible de ser comprado.
 
Comentario:
no se si es por el mono que tenía de leerte tras trece días que bailan en mi cabeza como burbujas frenéticas (aun tienen que posarse, espero) o porque de verdad sales muy mono, en la foto, o porque es cierto lo que dices al final del post... pero me ha encantado leerte. acabo de llegar. tenemos que vernos! bso
 
Comentario:
Que mono el niño...Si eres iwual de wapo por dentro que entonces lo eras por fuera, es un gran logro :P

Besotes
No