MEDIODÍA DE DOMINGO
Café tras café (un día de estos voy a sufrir una intoxicación aguda de cafeína), el tiempo que aún resta hasta la hora de entrar en el periódico se adelgaza, imperceptiblemente. De momento, aún hay ocasión de leer y escribir, con calma, en este local de la calle Pez. Por fin estoy solo, después de dos horas en que primero me encontré con Oriol –más de un año sin vernos, la conversación fue lenta y como a trompicones– y más tarde con una de las clientas habituales del bar, ni siquiera sé su nombre: una mujer en los últimos treinta, perfectamente vulgar en su normalidad, de rostro ancho y ojos muy separados. Piel gruesa y cetrina: la típica madrileña de barrio castizo. Ahora mismo vive sola, pero desde niña lo ha hecho en torno al eje de Corredera Baja. Por los garitos de la zona se toma sus cervezas, mira la vida pasar y hace amigos, casi todos meros conocidos con o sin derecho a roce.
–Me fui de casa a los veintidós, por culpa de mi madre, que era muy católica y estricta. Figúrate que a las diez nos obligaba a estar en casa. Yo es que ("ej que") dicen que siempre he sido muy ligera de cascos.
Charla agradable. Aunque ya me apetecía tomar posesión de esta mesa pegada al ventanal. Leo a Primo Levi y su "Trilogía de Auschwitz", conmovedora en la desnudez ornamental con que narra los hechos más devastadores, la bajada a los infiernos de los judíos en los campos de concentración. Como Semprún, pero en otro tono menos erudito y por tanto, quizá, más cercano a la confesión descarnada. Pone los pelos de punta. Una situación extrema que no debería repetirse jamás. Sin embargo, ¿qué es Guantánamo sino un calco de Buchenwald o Auschwitz, los campos de exterminio? Sabemos (intuimos) que allá se vulneran los derechos más elementales del ser humano, se humilla al otro, se le conduce a una muerte segura (puede que no física, pero sí de los sentidos, de la propia personalidad: todo aquello que hace que un hombre sea un hombre y no un fantasma idiotizado). Qué hago yo por ellos. Nada. Qué podría hacer... Aquí estoy, con un café sobre la mesa, la cajetilla de tabaco a mano y escuchando música brasileña. Luego, dentro de un tiempo, puede que un antiguo preso en Guantánamo escriba sus recuerdos. Entonces sabremos con pelos y señales lo que está ocurriendo allá. Y nos rasgaremos las vestiduras. ¿Ahora? A seguir con los cafés y la vida contemplativa. Saber, en ocasiones, supone una responsabilidad excesiva, nos exige posicionarnos. Es más cómodo mirar para otro lado.
La tarde de ayer salí de Madrid, en dirección a Segovia, con E y Eva más Angelillo y M**. Nuestro destino era Valsaín, un pueblito lleno de caballos y turisteo rural, donde ya nos esperaban Laura y Antón, junto a Pochi, para comer en un asador argentino que hay allí. El atracón a carnaza fue superior, creí que no iba a poder levantarme de la mesa. Aun así, logré vencer mi natural desidia y les acompañé, en un corto paseo, hasta la orilla del río, donde nos tiramos sobre la hierba a fumar canutos y llenarnos la vista de Naturaleza (un tanto rala y pobre, para uno del norte como yo), muy en nuestro papel de urbanitas en busca de la serenidad que no hallamos en las ciudades. El olor intenso de la tierra mojada, las aguas del río, allá abajo, discurriendo tranquilas mientras hablabamos, con la desgana propia de la digestión lenta, pesada. Yo, como siempre, en mi línea bufonesca, juego de palabras va, juego de palabras viene. Fue una lástima que el solecito que nos acompañó durante la comida se escondiera tras las brumas grises y tristonas del atardecer. Aún es pronto para que llegue el calor del verano, y un frío repentino (pero tolerable) nos arrancó de allí, camino del coche. Regresamos a Madrid hacia las nueve y media de la noche.
Ya tengo organizada la Semana Santa. Ayer llamé a abuelito por lo del Día del Padre y me cayó una pequeña bronca:
–Hombre, Cornelio. Dichosos los oídos.
–Hola abuelito, ¿qué tal estás?
–Bien, ¿y tú? Nunca llamas.
–Es que estoy muy liado... Pero me acuerdo de vosotros.
–Pues un telefonazo de vez en cuando, hijo, se agradece.
–Tienes razón. Lo siento–, ya nervioso con el sesgo de la conversación, que tomaba derroteros imprevistos... Y para ganarme la indulgencia plenaria: –Pero el miércoles subo con Anita en coche y pasaré con vosotros cuatro o cinco días, lo prometo.
–Bien, bien. Pues nos vemos el miércoles. Un beso.
–Un beso, hasta luego.
Podría explicarle que llamar para no hablar de nada (mi abuelo es un ser cerrado, parco en palabras) me resulta molesto y desasosegante (con abuelita nunca sucedió así). Pero tiene razón: a sus ojos, este nieto mayor es un descastado. Trataré de hacérmelo perdonar durante mi visita. Rumbo a Santander, pues.
–Me fui de casa a los veintidós, por culpa de mi madre, que era muy católica y estricta. Figúrate que a las diez nos obligaba a estar en casa. Yo es que ("ej que") dicen que siempre he sido muy ligera de cascos.
Charla agradable. Aunque ya me apetecía tomar posesión de esta mesa pegada al ventanal. Leo a Primo Levi y su "Trilogía de Auschwitz", conmovedora en la desnudez ornamental con que narra los hechos más devastadores, la bajada a los infiernos de los judíos en los campos de concentración. Como Semprún, pero en otro tono menos erudito y por tanto, quizá, más cercano a la confesión descarnada. Pone los pelos de punta. Una situación extrema que no debería repetirse jamás. Sin embargo, ¿qué es Guantánamo sino un calco de Buchenwald o Auschwitz, los campos de exterminio? Sabemos (intuimos) que allá se vulneran los derechos más elementales del ser humano, se humilla al otro, se le conduce a una muerte segura (puede que no física, pero sí de los sentidos, de la propia personalidad: todo aquello que hace que un hombre sea un hombre y no un fantasma idiotizado). Qué hago yo por ellos. Nada. Qué podría hacer... Aquí estoy, con un café sobre la mesa, la cajetilla de tabaco a mano y escuchando música brasileña. Luego, dentro de un tiempo, puede que un antiguo preso en Guantánamo escriba sus recuerdos. Entonces sabremos con pelos y señales lo que está ocurriendo allá. Y nos rasgaremos las vestiduras. ¿Ahora? A seguir con los cafés y la vida contemplativa. Saber, en ocasiones, supone una responsabilidad excesiva, nos exige posicionarnos. Es más cómodo mirar para otro lado.
La tarde de ayer salí de Madrid, en dirección a Segovia, con E y Eva más Angelillo y M**. Nuestro destino era Valsaín, un pueblito lleno de caballos y turisteo rural, donde ya nos esperaban Laura y Antón, junto a Pochi, para comer en un asador argentino que hay allí. El atracón a carnaza fue superior, creí que no iba a poder levantarme de la mesa. Aun así, logré vencer mi natural desidia y les acompañé, en un corto paseo, hasta la orilla del río, donde nos tiramos sobre la hierba a fumar canutos y llenarnos la vista de Naturaleza (un tanto rala y pobre, para uno del norte como yo), muy en nuestro papel de urbanitas en busca de la serenidad que no hallamos en las ciudades. El olor intenso de la tierra mojada, las aguas del río, allá abajo, discurriendo tranquilas mientras hablabamos, con la desgana propia de la digestión lenta, pesada. Yo, como siempre, en mi línea bufonesca, juego de palabras va, juego de palabras viene. Fue una lástima que el solecito que nos acompañó durante la comida se escondiera tras las brumas grises y tristonas del atardecer. Aún es pronto para que llegue el calor del verano, y un frío repentino (pero tolerable) nos arrancó de allí, camino del coche. Regresamos a Madrid hacia las nueve y media de la noche.
Ya tengo organizada la Semana Santa. Ayer llamé a abuelito por lo del Día del Padre y me cayó una pequeña bronca:
–Hombre, Cornelio. Dichosos los oídos.
–Hola abuelito, ¿qué tal estás?
–Bien, ¿y tú? Nunca llamas.
–Es que estoy muy liado... Pero me acuerdo de vosotros.
–Pues un telefonazo de vez en cuando, hijo, se agradece.
–Tienes razón. Lo siento–, ya nervioso con el sesgo de la conversación, que tomaba derroteros imprevistos... Y para ganarme la indulgencia plenaria: –Pero el miércoles subo con Anita en coche y pasaré con vosotros cuatro o cinco días, lo prometo.
–Bien, bien. Pues nos vemos el miércoles. Un beso.
–Un beso, hasta luego.
Podría explicarle que llamar para no hablar de nada (mi abuelo es un ser cerrado, parco en palabras) me resulta molesto y desasosegante (con abuelita nunca sucedió así). Pero tiene razón: a sus ojos, este nieto mayor es un descastado. Trataré de hacérmelo perdonar durante mi visita. Rumbo a Santander, pues.
Comentario:
Hola!!!
Hacía tiempo que no pasaba por aquí, y lo hago para anunciarte que tengo nuevo blog. Se llama "Palabra Lacrada", y me gustaría enlazarlo con el tuyo como ya estaba "El Chico de la Puerta". Tu nombre ya está en mi página, aunque desde la tuya todavía se va al antiguo blog. ¿Me harías el favor de cambiar el enlace? ¡¡Te lo agradezco de antemano!!! Espero que nos sigamos leyendo a menudo. Un abrazo. David
http://blogs.ya.com/palabralacrada
Hacía tiempo que no pasaba por aquí, y lo hago para anunciarte que tengo nuevo blog. Se llama "Palabra Lacrada", y me gustaría enlazarlo con el tuyo como ya estaba "El Chico de la Puerta". Tu nombre ya está en mi página, aunque desde la tuya todavía se va al antiguo blog. ¿Me harías el favor de cambiar el enlace? ¡¡Te lo agradezco de antemano!!! Espero que nos sigamos leyendo a menudo. Un abrazo. David
http://blogs.ya.com/palabralacrada
Comentario:
Como ha dixo ya Wis....nor resulta fácil y se deja pasar y pasar y pasar la cosa...Al menos es lo que yo hago..
Y luego, quizás , me arrepiento.
Saludos
Y luego, quizás , me arrepiento.
Saludos
Comentario:
Vaya, te veo últimamente "relacionado" con Brasil, ya sabes, por lo de la música... Si necesitas alguna recomendación (musical) no tienes más que preguntar. Un abrazo.
Comentario:
El tema este de no llamar a ciertos parientes me lo conozco.
Pero es que a veces no resulta nada facil, sobre todo cuando es gente muy áspera. La verdad que no apetece nada en absoluto, aunque sepas que debes hacerlo y que en el fondo son buena gente.
Te seguimos leyendo.
Pero es que a veces no resulta nada facil, sobre todo cuando es gente muy áspera. La verdad que no apetece nada en absoluto, aunque sepas que debes hacerlo y que en el fondo son buena gente.
Te seguimos leyendo.