UMBRALIANA
Tarde del viernes, en La Antorcha. Mi amigo Ma acaba de comentarme que no habrá viaje a Lisboa: el gozo viajero de Cornelio en un pozo. Parece que no es el mejor momento para visitar a su familia, él sabrá por qué. Pero a mí me ha hecho cisco los planes: ya pedí el domingo 27 libre y movilicé (ayer mismo) a Eloísa para sustituirme. ¿Qué hago? Una opción, que era la de inicio, pasa por permanecer estos días en Madrid, pero reconozco que la posibilidad no me atrae mucho... ¿Santander? Ahora mismo, según escribo, debería estar montado en un autobús camino de la Tierruca, y así hubiera sido de no haber olvidado comprar los billetes. Anoche, sin ellos en la mano, me descubrí perezoso con la idea de ir para allá, así que lo anulé y me quedaré este fin de semana por los madriles. Total, nadie sabía de mi intención de subirme: con llamar mañana a abuelito y enviar un mensaje de felicitación a papá por su cumpleaños van que chutan. Ya les veré a todos en abril.
La comida de ayer con Francisco Umbral fue, cuando menos, interesante. Era en el ABC Serrano, a las dos de la tarde. Llegué puntual, y aún tuve tiempo para fumarme un cigarrillo nervioso a la puerta, no en vano estaba a punto a conocer a uno de los escritores que más me han influido y que, de algún modo, decidieron mi vocación. En la terraza de la cuarta planta, me encontré con toda la feria de las vanidades en pleno. El autor, hierático y sin gafas, con la mirada gavilana oculta entre los pliegues de la carne y una torpeza en sus movimientos más que preocupante, se sentaba en una silla a la sombra de unos macizos de flores, mientras los fotógrafos apuntaban con cuidado sus objetivos una y otra vez sobre la piel blanquísima de Umbral. Grupitos dispersos hablaban animadamente al tiempo que se movían por el rectángulo que era la azotea (entreví a Raúl del Pozo, un trasunto de Pepe Sancho pero en político de raza, idénticos rasgos de madurito interesante, misma sonrisa picarona, un moreno anacrónico y la mata de pelo, blanca pero todavía abundante, alborotada al viento; también a Ángel Antonio Herrera, vestido de negro, como un mosquetero de las letras, botas relucientes de puntera exagerada, una cazadora de cuero chulísima, tío, y la melena larga, oscura, apelmazada sobre los hombros de poeta maldito –pero cronista del mundo rosa más que bien pagado). Otros en fin, sin el aura de éxito de algunos, apuraban sus copas en solitario, como yo mismo. Algo intimidado, puse cara de "este tipo de eventos son mi desayuno de cada día", busqué un lugar discretito desde el que observar sin ser demasiado visto y agarré al vuelo la primera cerveza que me ofreció uno de los camareros. Esto del alcohol me sucede siempre: si bebo una o dos cañas (no más, entonces el efecto es negativo) soy capaz de encarar situaciones que, de otro modo, me superarían. Maldita timidez. No bien me posicioné en mi esquina, un rumor sordo y creciente, a mis espaldas, me avisó de que alguien importante llegaba. Resulta curioso cómo, antes de que el prócer en cuestión aparezca, viene siempre precedido del ruido de sables que su presencia concita. En efecto, rodeados por una manada de guardaespaldas –altos y macizos, como dogos amaestrados que comen de la mano de sus señores y gruñen, disuasorios, al resto de los mortales–, hicieron acto de presencia ("Venimos sólo a saludar, no podemos quedarnos", decía ella con voz cantarina) Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy. Pasaron por mi lado y se acercaron al escritor, que lentamente se levantó, con visible esfuerzo, de su asiento y les hizo los honores.
–Don Francisco, no te levantes–, sonreía Esperanza.
Quien, por cierto, me llamó la atención por lo bien conservada que está. La cara es la cara, qué le vamos a hacer (y ella no puede negar en la forma de mirar y de atender una cierta idiocia, a medio camino entre la sumisión y el saber estar de señora de toda la vida), pero el cuerpazo de la presidenta es digno de mención: delgada y muy elegante, el traje pantalón le modelaba unas piernas largas y finas, una cintura estrecha y flexible, un culo poderoso, rotundo, en absoluto acorde con su edad. Rajoy, con aire decimonónico y monacal, de señor feudal que visita sus tierras, palmeaba el brazo de Umbral mientras se interesaba por su salud. España, la mujer del homenajeado, cuchicheaba al oído de Aguirre, y los cámaras de televisión más los fotógrafos eran un enjambre de moscardones furiosos por inmortalizar el encuentro. Yo estaba a unos dos metros, sorbiendo de a poquito mi caña (que entraba como dios y me despejaba de una resaca monumental, recuerdo de la noche previa), asistiendo a todo aquello con manifiesto interés, no todos los días se encuentra uno con parte de la cúpula política del país.
Nada más irse los dos, que por lo visto llevaban mucha prisa, pasamos al salón. Suelo enmoquetado, lujo discreto, mesas redondas para seis comensales cada una. Umbral, cogido del brazo de uno de los mandamases de Planeta, caminaba a pasos cansados, envarado y muy puesto en su papel de escritor consagrado que gusta a las marquesas y se tira a las colegialas tísicas. Un triste recuerdo del bohemio de izquierdas que él se creó como sello de fábrica (nunca fue, en realidad, ni lo uno ni lo otro). Ya sentados a las mesas, hubo un discursito de Raúl del Pozo, que ejerció de padrino del libro ("Días felices en Argüelles"), bien escrito pero mal leído, y con ribetes umbralianos clarísimos: todos se impregnan de su prosa antropófaga, caen rendidos a sus pies de barro y oro. De toda la introducción lírica, una frase me llamó poderosamente la atención: "No cruza por sus páginas la maldad". Momentos antes afirmaba que en el libro de memorias (el enésimo) no hablaba bien de nadie excepto de su gata, así que la contradicción es patente. A ver si a Del Pozo también se le va la cabeza...
Aplausos tibios y respuesta inconexa del autor. Recordó los años sesenta y setenta, cuando ambos se conocieron y fueron activos periodistas de la cosa pública: "Somos bandidos por naturaleza... Hoy estamos humildemente acomodados (sic) pero no le robamos nada a nadie, ni siquiera metáforas a los clásicos, que siempre son los mismos". Nuevos aplausos, algo más cálidos en esta ocasión, que quien hablaba es un Cervantes y un hombre póstumo de sí mismo.
Comimos. En mi mesa éramos seis, dos fotógrafos y cuatro periodistas, uno de ellos de postín (P C). Apenas necesitamos estímulos para charlar (pero yo me pasé de la cerveza al vino, blanco y tinto, por si acaso), porque uno de los fotógrafos, cuarentón de voz bronca y gesto inteligente, se despachó a gusto con la sociedad española en general. A todo lo que decía, le añadía una coletilla: "Vamos a ser claros de una vez, coño; llamemos a las cosas por su nombre". Así, con la estatua de Franco que han retirado de Nuevos Ministerios, el mundo del rock, las relaciones hombre/mujer, etcétera. Yo pasé bien el trago, que no fue tan amargo como esperaba. Me explico: en las últimas comidas de este tipo a las que he acudido, yo hacía la crítica gastronómica, terreno en el que no me sentía del todo seguro, consciente de lo poco gastrónomo que soy (una nulidad, vaya). En esos casos, para que no se notara que no domino la materia, estaba siempre en guardia para no meter la pata, y ni lograba relajarme ni disfrutaba. Pero ayer, el tema de conversación (la literatura, los literatos y el mundo en que se mueven) me era más que familiar, con lo que pude participar en la conversación sin miedo a pifiarla. Otra cosa no, pero de Umbral uno se lo ha leído casi todo, era seguro que ninguno de mis compañeros de mesa iba a pillarme en falta.
A los postres, hubo turno de preguntas. Y Paco Umbral (en un tono balbuciente, ancianísimo) las fue leyendo una a una y contestándolas mal que bien. Más mal que bien, la verdad. A mí me dio mucha pena ver lo mayor y trabado que está el hombre. Independientemente de su ser como persona, está el escritor, ahora mediocre y repetitivo, pero un renovador del lenguaje no hace tanto.
Para terminar, varias perlas del personaje:
–Digamos la Península, porque decir España está mal visto, se ha vuelto un poco gay.
–En general, los periodistas podemos felicitarnos, hemos ganado en libertad con la democracia: hoy en día se puede hablar de todo.
–Mi devoción por Cela es absoluta. En "Cela, un cadáver exquisito", se aludía a un nudo de complicaciones, mayormente femeninas (risas entre el público), que salieron a la luz cuando se murió Camilo.
–La mejor manera de conocerse a uno mismo es escribiendo. Luego, si te pagan por ello, mucho mejor.
En fin. Una jornada para el recuerdo.
La comida de ayer con Francisco Umbral fue, cuando menos, interesante. Era en el ABC Serrano, a las dos de la tarde. Llegué puntual, y aún tuve tiempo para fumarme un cigarrillo nervioso a la puerta, no en vano estaba a punto a conocer a uno de los escritores que más me han influido y que, de algún modo, decidieron mi vocación. En la terraza de la cuarta planta, me encontré con toda la feria de las vanidades en pleno. El autor, hierático y sin gafas, con la mirada gavilana oculta entre los pliegues de la carne y una torpeza en sus movimientos más que preocupante, se sentaba en una silla a la sombra de unos macizos de flores, mientras los fotógrafos apuntaban con cuidado sus objetivos una y otra vez sobre la piel blanquísima de Umbral. Grupitos dispersos hablaban animadamente al tiempo que se movían por el rectángulo que era la azotea (entreví a Raúl del Pozo, un trasunto de Pepe Sancho pero en político de raza, idénticos rasgos de madurito interesante, misma sonrisa picarona, un moreno anacrónico y la mata de pelo, blanca pero todavía abundante, alborotada al viento; también a Ángel Antonio Herrera, vestido de negro, como un mosquetero de las letras, botas relucientes de puntera exagerada, una cazadora de cuero chulísima, tío, y la melena larga, oscura, apelmazada sobre los hombros de poeta maldito –pero cronista del mundo rosa más que bien pagado). Otros en fin, sin el aura de éxito de algunos, apuraban sus copas en solitario, como yo mismo. Algo intimidado, puse cara de "este tipo de eventos son mi desayuno de cada día", busqué un lugar discretito desde el que observar sin ser demasiado visto y agarré al vuelo la primera cerveza que me ofreció uno de los camareros. Esto del alcohol me sucede siempre: si bebo una o dos cañas (no más, entonces el efecto es negativo) soy capaz de encarar situaciones que, de otro modo, me superarían. Maldita timidez. No bien me posicioné en mi esquina, un rumor sordo y creciente, a mis espaldas, me avisó de que alguien importante llegaba. Resulta curioso cómo, antes de que el prócer en cuestión aparezca, viene siempre precedido del ruido de sables que su presencia concita. En efecto, rodeados por una manada de guardaespaldas –altos y macizos, como dogos amaestrados que comen de la mano de sus señores y gruñen, disuasorios, al resto de los mortales–, hicieron acto de presencia ("Venimos sólo a saludar, no podemos quedarnos", decía ella con voz cantarina) Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy. Pasaron por mi lado y se acercaron al escritor, que lentamente se levantó, con visible esfuerzo, de su asiento y les hizo los honores.
–Don Francisco, no te levantes–, sonreía Esperanza.
Quien, por cierto, me llamó la atención por lo bien conservada que está. La cara es la cara, qué le vamos a hacer (y ella no puede negar en la forma de mirar y de atender una cierta idiocia, a medio camino entre la sumisión y el saber estar de señora de toda la vida), pero el cuerpazo de la presidenta es digno de mención: delgada y muy elegante, el traje pantalón le modelaba unas piernas largas y finas, una cintura estrecha y flexible, un culo poderoso, rotundo, en absoluto acorde con su edad. Rajoy, con aire decimonónico y monacal, de señor feudal que visita sus tierras, palmeaba el brazo de Umbral mientras se interesaba por su salud. España, la mujer del homenajeado, cuchicheaba al oído de Aguirre, y los cámaras de televisión más los fotógrafos eran un enjambre de moscardones furiosos por inmortalizar el encuentro. Yo estaba a unos dos metros, sorbiendo de a poquito mi caña (que entraba como dios y me despejaba de una resaca monumental, recuerdo de la noche previa), asistiendo a todo aquello con manifiesto interés, no todos los días se encuentra uno con parte de la cúpula política del país.
Nada más irse los dos, que por lo visto llevaban mucha prisa, pasamos al salón. Suelo enmoquetado, lujo discreto, mesas redondas para seis comensales cada una. Umbral, cogido del brazo de uno de los mandamases de Planeta, caminaba a pasos cansados, envarado y muy puesto en su papel de escritor consagrado que gusta a las marquesas y se tira a las colegialas tísicas. Un triste recuerdo del bohemio de izquierdas que él se creó como sello de fábrica (nunca fue, en realidad, ni lo uno ni lo otro). Ya sentados a las mesas, hubo un discursito de Raúl del Pozo, que ejerció de padrino del libro ("Días felices en Argüelles"), bien escrito pero mal leído, y con ribetes umbralianos clarísimos: todos se impregnan de su prosa antropófaga, caen rendidos a sus pies de barro y oro. De toda la introducción lírica, una frase me llamó poderosamente la atención: "No cruza por sus páginas la maldad". Momentos antes afirmaba que en el libro de memorias (el enésimo) no hablaba bien de nadie excepto de su gata, así que la contradicción es patente. A ver si a Del Pozo también se le va la cabeza...
Aplausos tibios y respuesta inconexa del autor. Recordó los años sesenta y setenta, cuando ambos se conocieron y fueron activos periodistas de la cosa pública: "Somos bandidos por naturaleza... Hoy estamos humildemente acomodados (sic) pero no le robamos nada a nadie, ni siquiera metáforas a los clásicos, que siempre son los mismos". Nuevos aplausos, algo más cálidos en esta ocasión, que quien hablaba es un Cervantes y un hombre póstumo de sí mismo.
Comimos. En mi mesa éramos seis, dos fotógrafos y cuatro periodistas, uno de ellos de postín (P C). Apenas necesitamos estímulos para charlar (pero yo me pasé de la cerveza al vino, blanco y tinto, por si acaso), porque uno de los fotógrafos, cuarentón de voz bronca y gesto inteligente, se despachó a gusto con la sociedad española en general. A todo lo que decía, le añadía una coletilla: "Vamos a ser claros de una vez, coño; llamemos a las cosas por su nombre". Así, con la estatua de Franco que han retirado de Nuevos Ministerios, el mundo del rock, las relaciones hombre/mujer, etcétera. Yo pasé bien el trago, que no fue tan amargo como esperaba. Me explico: en las últimas comidas de este tipo a las que he acudido, yo hacía la crítica gastronómica, terreno en el que no me sentía del todo seguro, consciente de lo poco gastrónomo que soy (una nulidad, vaya). En esos casos, para que no se notara que no domino la materia, estaba siempre en guardia para no meter la pata, y ni lograba relajarme ni disfrutaba. Pero ayer, el tema de conversación (la literatura, los literatos y el mundo en que se mueven) me era más que familiar, con lo que pude participar en la conversación sin miedo a pifiarla. Otra cosa no, pero de Umbral uno se lo ha leído casi todo, era seguro que ninguno de mis compañeros de mesa iba a pillarme en falta.
A los postres, hubo turno de preguntas. Y Paco Umbral (en un tono balbuciente, ancianísimo) las fue leyendo una a una y contestándolas mal que bien. Más mal que bien, la verdad. A mí me dio mucha pena ver lo mayor y trabado que está el hombre. Independientemente de su ser como persona, está el escritor, ahora mediocre y repetitivo, pero un renovador del lenguaje no hace tanto.
Para terminar, varias perlas del personaje:
–Digamos la Península, porque decir España está mal visto, se ha vuelto un poco gay.
–En general, los periodistas podemos felicitarnos, hemos ganado en libertad con la democracia: hoy en día se puede hablar de todo.
–Mi devoción por Cela es absoluta. En "Cela, un cadáver exquisito", se aludía a un nudo de complicaciones, mayormente femeninas (risas entre el público), que salieron a la luz cuando se murió Camilo.
–La mejor manera de conocerse a uno mismo es escribiendo. Luego, si te pagan por ello, mucho mejor.
En fin. Una jornada para el recuerdo.