Diario de Madrid
Sindicación
 
CASOS Y TIPOS
La jornada de ayer en el periódico: inenarrable. Jamás tuve tantas páginas para leer, aquello parecía una maratón de letra impresa, por un instante pensé que no sería capaz de terminar a tiempo. Pero pude con ello. Cuando ya habíamos terminado, a punto de irme, M-L R me comentó en un aparte que quieren contratar a otro corrector para liberarme un poco de trabajo... no sé, no sé. Temo que sea una persona mejor preparada que yo (lo cual no es difícil: no soy filólogo, lo mío es escribir, y funciono más bien por una intuición macerada con muchas horas de lectura a mis espaldas). ¿Qué sucederá el día en que surja una duda y el nuevo corrector me ponga en un aprieto? Miedo me da, entonces se comprobaría que soy un fiasco con patas. Bueno, non ti preocupare, Cornelio, lo que sea será.
Sueño de esta noche. Yo caminaba por Santander, una ciudad muy diferente a la que conozco, como si hubiera pasado por ella el ciclón de la guerra y aquello fueran las ruinas bombardeadas de lo que antaño habían sido calles y avenidas bien conservadas. Ni rastro de vida animal entre los escombros, algunas zonas expelían un humo negro y maloliente, a carne quemada. Una especie de zona cero en medio de un paisaje apocalíptico y lunar. De repente, estaba muy cerca del barrio de Porrúa, donde durante más de treinta años viviera la abuela Carmen, hasta que sufrió la trombosis que la confinó en una silla de ruedas y acabó con su independencia. Buscaba el edificio sin dar con él, todo era diferente, estaba cambiado. Recordaba el nombre de la calle (Portugal) y para cuando la encontré, después de muchas vueltas, el color arenoso de las fachadas, las paredes con profundas heridas en forma de desconchado y el aluminio feo de los portales, todo, era tal y como aún debe ser. Vi que ya no era una calle propiamente dicha: las dos hileras de edificios que la acotaban habían sido unidas desde arriba por una especie de techumbre gigante de uralita, así que ahora era un pasaje oscuro, como una especie de túnel negro y alargado. Entraba en él, y me ponía a buscar, con una cierta desazón, el piso de la abuela, un tercero sin ascensor al que se accedía a través de unas escaleras estrechas y cubiertas de baldosas en tonos grises. Tenía curiosidad por ver si la casa aún existía, si habían hecho obra o por el contrario conservaba su apariencia primigenia. En el sueño me parece que la hallé, pero no consigo ponerlo en claro una vez que estoy despierto. Sé que por ahí, como salida de la nada, aparecía la tía Peque –que vive muy cerca– y no tengo ni idea de lo que hablamos, aunque nos tiramos un buen rato contándonos cosas. El despertar fue agridulce: una gran nostalgia por algo que no ha de volver (la abuela y aquellos mediodías en su comedor, comiendo unos platos malísimos –la mujer cocinaba pésimo– y charlando sobre infinidad de cosas, sobre todo acerca de sus recuerdos más antiguos, de infancia y juventud) junto con la desazón al descubrir que todo estaba cambiado y sin embargo conservaba un rastro de lo que fue.
Tipos humanos. Al levantarme (el recuerdo de mi abuela paterna desapareciendo con los últimos girones del sueño), una amiga de mi prima que anda de visita por la capi y se quedará en casa hasta el domingo estaba viendo la tele en el salón. Nos saludamos. Por lo visto la conozco de algo (según me dijo), yo hice como que la recordaba, aunque sin las gafas –uno es presumido y no se muestra con ellas así como así– su rostro era impenetrable. Alta y rubia, estuve muy sociable con ella, como soy cuando quiero ganarme a alguien y estoy en vena.
–Al salir, ¿cierro arriba y abajo?–, me preguntó antes de que yo entrara en el baño.
–Sí, mejor cierras en ambas. Es que cuando vine a vivir aquí sólo había una cerradura y mi compañera de piso era una histérica que estaba empeñada en que cualquier día entrarían a robarnos.
–¿Sí?
–Como te lo cuento. Más de una vez, si yo había salido de marcha y volvía a las tantas un poco bolinga, me la encontraba esperándome tras la puerta de la cocina con un cuchillo en la mano y atacada de los nervios porque al oír ruido pensaba que eran ladrones. No sé quién de los dos gritaba más. Estoy vivo de milagro.
Se reía de la anécdota, con un deje muy santanderino en la voz, engolada y algo pija. Le pregunté si conocía Madrid.
–Bastante bien. A los dieciocho años viví aquí una temporada.
–Ahora es cuando yo me pongo en plan caballero y te digo que de eso hará, como muchísimo, un año...
–Ja, ja... No fuera malo. Voy a cumplir veintiséis.
–Pues pareces tu hermana pequeña–, contesté tratando de distinguirla entre brumas miopes.
Volvió a reírse. Antes de marchar, me arrancó la promesa de que esta noche nos tomamos unas cañas. Yo pensaba irme directo para la piltra, pero en fin... No me pierdo ni una, luego no me extraña que llegue el finde y esté muerto de cansancio.
Otro tipo humano. Lolo, cliente de un bar al que voy de vez en cuando. Rondará la cincuentena, orondo (aunque no gordo, más bien hinchado como un pavo relleno), con una gran papada que le cuelga de las mejillas lustrosas, brillantes y aceitosas, ojos grandes, reidores –ojos andaluces, se me ocurre escribir, no sé por qué–, naricilla respingona y pequeña en comparación con el rostro casi redondo, grandes gafas doradas, un moreno de solarium a todas luces excesivo y que hace daño a la vista, cabello blanco ahuecado hacia atrás, de rockero insurgente, mucho meneo de manos y teatralidad a lo Marujita Díaz pero en loca de barrio. Que es más sano. Venía de comprarse unos pantalones y un cinturón en Zara (blancos, siempre que le he visto por ahí va de blanco inmaculado, supongo que para resaltar lo más posible el moreno fosforito).
–Bajé a por unos polvos para mis rosales, que están hermosísimos pero han criado pulgones. Claro que, chico, entré en Zara y no me pude resistir, ¿a que son una preciosidad? A los rosales, que les den.
Mucho oro por centímetro cuadrado: dorado en los anillos, uno de ellos un sello enorme, en las pulseras, en las cadenas. Toda la joyería del mundo en manos y cuello, parecía un bazar andante. Es un hombre simpático, vividor y jaranero.
–Yo, en cuanto abren las piscinas, allá que voy cada día hasta fin de temporada. Me encanta el sol, soy como un lagarto. Y luego, claro, veo a cada ejemplar (aquí un gritito largo). Unos muchachos que me vuelven loco. Salgo malísimo de allí, qué torsos, qué brazos, qué muslos, qué pollas se les adivinan bajo los bañadores... Uff, cariño, me pongo enfermo sólo de pensarlo.
¿A esto llegaré? Espero que no. Como especimen que observar, está bien. Pero no me gustaría verme un día reflejado en el espejo con esta facha. Aunque el señor parece feliz tal y como es. No lo dudo.
 
Comentario:
No lo dudo, el hombre será feliz. Me gusta mucho este artículo, tipos y casos, el paso del tiempo, en sueños y en realidad, en ciudades y hombres, en niñas que no recuerdas y Lolos que se convirtieron en lo que son, un día, de repente, como cualquiera de nosotros puede convertirse en algo que ni sospechamos. Aunque yo no dudo que seremos felices, jeje, no crees?

Un beso.
No