ARTÍCULO
Anoche fue un tanto patético el fin de fiesta. Después de unas horas en amor y compañía con los crápulas del curro (somos una orden mendicante –de cervezas– que crece a buen ritmo), decidí que no quería dormir solo y me lancé a esos bajos fondos de dios a la búsqueda de una tierna paloma a la que hincarle el diente. Lo único que conseguí fue ligar con un pesado que estaba empeñado en darme un masaje... Para cuando conseguí quitármelo de encima, ya estaban encendiendo las luces y echándonos a todos del local. Así que me fui, pasito a paso, hasta mi casa, calenté un poco de la lasaña de tía Ana y vi, entre brumas etílicas, el último capítulo de "Aquí no hay quien viva".
Definitivamente, por cuestiones ajenas a la redacción, no se publica la columna. El caso es que no me apetece que se pierda, así que la copio aquí, para que conste en acta (y para atenuar mi frustración de articulista censurado):
LA CARIDAD MAL ENTENDIDA
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha bajado al metro para encontrarse con el pueblo, así, sin red. A pelo. Como una aparición mariana, pero mejor vestida, qué duda cabe. Y con ropa de marca. Un baño de cotidianidad que la ha rejuvenecido, no hay más que verla: está guapetona doña Esperanza, con su cutis perfumado de presidencias (la de la Comunidad más la del PP madrileño) y su cabello bien peinado a lo chica Telva, que se lleva mucho entre la rancia progresía del Partido Popular. Esto de rancia progresía podría parecer una paradoja, y de hecho lo es. Se trata de reflejar una imagen moderna, aunque sin pasarse, manteniendo al mismo tiempo –por dentro, para que no se note demasiado– la férrea ideología que hace del PP ese partido que quisiera ser de centro y nunca pasa de una tibia derecha europeizante. De ahí para atrás, hasta las cavernas donde rugen Fraga y Álvarez-Cascos. Esperanza pone morritos de no enterarse de nada (de nada que no le interese, claro), observa con mirada sorprendida cuanto le rodea, da la mano a unos y a otros, se monta en los vagones y lanza exclamaciones de admiración ante lo que ve, como una colegiala a quien las monjitas llevaron de excursión, por excelente estudiante y mejor presidenta. “Pues tampoco está tan mal esto del metro, la gente es que se queja de vicio”, parece pensar mientras regala su sonrisa más electoral a quien quiera recogerla. A su séquito lo tiene frito a preguntas, porque son muchas novedades en un solo día y ella quiere saber, como Mercedes Milá pero en gran señora. Salir del palacio ducal es lo que tiene. Uno se mezcla con la plebe –que huele un poquito a sudor y a letras sin pagar, qué fastidio, pero no pasa nada: un buen Diorazo y como nueva– para tratar de entender a esas hormigas que, allá abajo, se rompen los cuernos por el pan suyo de cada día. Digo suyo porque Aguirre, probablemente, lo tiene más que asegurado: ella es rica por su casa (aparte de Dama del Imperio Británico, una cosita muy mona que viste mucho en fiestas y saraos). Pero es difícil comprender a quien madruga cada día y tiene problemas para llegar a fin de mes. Esperanza Aguirre, como tantos otros políticos de altura, necesita un cursillo acelerado que le ayude a moverse entre la clase media.
Para qué mentir, a estas alturas de artículo, sobre lo que pienso de la bajada a los infiernos de Esperanza/Rimbaud. No hay cosa que me ponga de peor humor que ver a nuestros políticos haciendo de Reyes Magos por un día, pasando la mano (envuelta en guantes de cabritilla) por la cabeza al populacho verbenero y tan poco de diseño. La normalidad es aburridísima, no destila glamour alguno. Parece que el tiempo no ha pasado por la Europa nuestra de cada día, menos por la España camisa blanca de mi Esperanza. Cuando, en los años previos a la Revolución de 1789, María Antonieta supo que el pueblo se quejaba porque no tenía pan, ensayó un mohín de fastidio y dijo: “Harían bien en comer bollos”. Con razón le cortaron la cabeza...
La hermosa cabeza de Aguirre no parece peligrar: la gente es muy tímida cuando se encuentra de sopetón con sus dirigentes, sólo acierta a balbucear unas palabras y generalmente no molesta con reivindicaciones incómodas. Menos bollos, menos sonrisas acrisoladas y menos “estudiaré su caso”. No se trata de poner un parche a la realidad, que te topes un buen día con el prócer de turno (tu alcalde, tu presidente regional, tu ministra de Vivienda), le caigas en gracia y te toque con su varita mágica. La política social, creo yo, es algo más que realizar obras de caridad. Las damas del PP diríase que se han quedado en chicas de la Cruz Roja, cuando era divertidísimo salir a postular para que los chinitos se convirtieran y comieran caliente al menos una vez al día. De tanto en tanto salen a la calle para hacer la obra pía del semestre y luego vuelven, reconfortadas y sintiéndose unas santas, a sus palacios de invierno. Afuera hace mucho frío, pero un baño de sales aromáticas, un buen masaje en la espalda, manicura y peluquería, y ya no olerán a humedad y a pueblo llano. Menudo incordio esto de mezclarse con la clase trabajadora, menos mal que siempre les quedarán Prada y Chanel.
Definitivamente, por cuestiones ajenas a la redacción, no se publica la columna. El caso es que no me apetece que se pierda, así que la copio aquí, para que conste en acta (y para atenuar mi frustración de articulista censurado):
LA CARIDAD MAL ENTENDIDA
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha bajado al metro para encontrarse con el pueblo, así, sin red. A pelo. Como una aparición mariana, pero mejor vestida, qué duda cabe. Y con ropa de marca. Un baño de cotidianidad que la ha rejuvenecido, no hay más que verla: está guapetona doña Esperanza, con su cutis perfumado de presidencias (la de la Comunidad más la del PP madrileño) y su cabello bien peinado a lo chica Telva, que se lleva mucho entre la rancia progresía del Partido Popular. Esto de rancia progresía podría parecer una paradoja, y de hecho lo es. Se trata de reflejar una imagen moderna, aunque sin pasarse, manteniendo al mismo tiempo –por dentro, para que no se note demasiado– la férrea ideología que hace del PP ese partido que quisiera ser de centro y nunca pasa de una tibia derecha europeizante. De ahí para atrás, hasta las cavernas donde rugen Fraga y Álvarez-Cascos. Esperanza pone morritos de no enterarse de nada (de nada que no le interese, claro), observa con mirada sorprendida cuanto le rodea, da la mano a unos y a otros, se monta en los vagones y lanza exclamaciones de admiración ante lo que ve, como una colegiala a quien las monjitas llevaron de excursión, por excelente estudiante y mejor presidenta. “Pues tampoco está tan mal esto del metro, la gente es que se queja de vicio”, parece pensar mientras regala su sonrisa más electoral a quien quiera recogerla. A su séquito lo tiene frito a preguntas, porque son muchas novedades en un solo día y ella quiere saber, como Mercedes Milá pero en gran señora. Salir del palacio ducal es lo que tiene. Uno se mezcla con la plebe –que huele un poquito a sudor y a letras sin pagar, qué fastidio, pero no pasa nada: un buen Diorazo y como nueva– para tratar de entender a esas hormigas que, allá abajo, se rompen los cuernos por el pan suyo de cada día. Digo suyo porque Aguirre, probablemente, lo tiene más que asegurado: ella es rica por su casa (aparte de Dama del Imperio Británico, una cosita muy mona que viste mucho en fiestas y saraos). Pero es difícil comprender a quien madruga cada día y tiene problemas para llegar a fin de mes. Esperanza Aguirre, como tantos otros políticos de altura, necesita un cursillo acelerado que le ayude a moverse entre la clase media.
Para qué mentir, a estas alturas de artículo, sobre lo que pienso de la bajada a los infiernos de Esperanza/Rimbaud. No hay cosa que me ponga de peor humor que ver a nuestros políticos haciendo de Reyes Magos por un día, pasando la mano (envuelta en guantes de cabritilla) por la cabeza al populacho verbenero y tan poco de diseño. La normalidad es aburridísima, no destila glamour alguno. Parece que el tiempo no ha pasado por la Europa nuestra de cada día, menos por la España camisa blanca de mi Esperanza. Cuando, en los años previos a la Revolución de 1789, María Antonieta supo que el pueblo se quejaba porque no tenía pan, ensayó un mohín de fastidio y dijo: “Harían bien en comer bollos”. Con razón le cortaron la cabeza...
La hermosa cabeza de Aguirre no parece peligrar: la gente es muy tímida cuando se encuentra de sopetón con sus dirigentes, sólo acierta a balbucear unas palabras y generalmente no molesta con reivindicaciones incómodas. Menos bollos, menos sonrisas acrisoladas y menos “estudiaré su caso”. No se trata de poner un parche a la realidad, que te topes un buen día con el prócer de turno (tu alcalde, tu presidente regional, tu ministra de Vivienda), le caigas en gracia y te toque con su varita mágica. La política social, creo yo, es algo más que realizar obras de caridad. Las damas del PP diríase que se han quedado en chicas de la Cruz Roja, cuando era divertidísimo salir a postular para que los chinitos se convirtieran y comieran caliente al menos una vez al día. De tanto en tanto salen a la calle para hacer la obra pía del semestre y luego vuelven, reconfortadas y sintiéndose unas santas, a sus palacios de invierno. Afuera hace mucho frío, pero un baño de sales aromáticas, un buen masaje en la espalda, manicura y peluquería, y ya no olerán a humedad y a pueblo llano. Menudo incordio esto de mezclarse con la clase trabajadora, menos mal que siempre les quedarán Prada y Chanel.
Comentario:
Eres un gran crítico! Enhorabuena!
Comentario:
Así que Espe tambien baja de la nubeeeeeeeee jejjejejeje
Comentario:
jejeje!!
Muy ácido, a mi también me gusta.
Pero que malo eres con la Espe!!
Muy ácido, a mi también me gusta.
Pero que malo eres con la Espe!!
Comentario:
Jojojoojojo.
Vamos, que quieren algo más sutil, no?
A mí también me ha gustado, jeje. Gracias por ponerlo aquí.
Un beso.
Vamos, que quieren algo más sutil, no?
A mí también me ha gustado, jeje. Gracias por ponerlo aquí.
Un beso.
Comentario:
Pues a mí me gusta el articulillo, mordaz, sí señor.