DON ROMÁN
Primer atisbo de primavera en mucho tiempo. Bien envuelto en mi abrigo, con la bufanda al cuello y la boina de viejo, acabo de salir a la calle y me encuentro con el regalo inesperado de un día espléndido, sol y temperaturas algo más altas que las últimas semanas. Se nota en cómo camina la gente, con un suplemento de alegría en la mirada. Hemos sobrevivido al crudo invierno, parecen decir. Y es verdad que se echaban de menos los días largos, llenos de luz, de atardeceres cálidos. El sol es vida, energía, actividad desenfrenada. Este mediodía, al salir de casa, he recibido una inyección de optimismo.
Supe ayer, a través de Daniel P, que su tío Román murió hace una semana. El padre de quien fuera, por muchos años, mi mejor amigo. Menuda temporadita llevamos. Le recuerdo como un hombre feo, de enorme cabeza casi despoblada de pelo, una manera de hablar que podía resultar cómica –y para sus alumnos en el colegio, sin duda, fuente de inspiración para bromas y chanzas– y un magnífico fondo. Era un tipo de una bondad a prueba de apodos estudiantiles, desengaños amorosos y batacazos vitales. Tenía setenta y dos años, vivía desde hace más de una década con su madre (que le sobrevive, pobre mujer) y portaba un aura de tristeza, de dulce rendición, con gran dignidad. Debió de casarse muy enamorado, allá por el 60 o el 61, pero con el tiempo su matrimonio se torció. Pilar, su ex, no me parece un ser ni muy maduro ni muy equilibrado emocionalmente: en las fotografías de la boda, se la ve jovencita e ingenua, con un parecido asombroso con la más pequeña de sus hijos, Belén; para cuando yo la conocí, a mediados de los ochenta, era una arpía de labios finos, apretados en un gesto de enfado permanente, lengua viperina y muy cotilla. Bastante poco inteligente también. Ella se lió con un cura del colegio donde el pobre Román daba clase, así que, al estallar la cosa, el escándalo fue mayúsculo y marcó para siempre a toda la familia.
Ana, una de las mayores, recordaba haber hecho un viaje con Pilar al pueblo de los padres del sacerdote, y cómo a media noche se había despertado para comprobar que su madre no estaba en la cama de al lado. Durante el tiempo que duró su estancia allí, cada noche Pilar salía a hurtadillas del cuarto para encontrarse con su amante. Ana rondaría los doce o trece años. Y nunca lo olvidó. Roberto O, por su parte, además de las broncas monumentales que hubo de presenciar, todavía mucho después se encontró cartas del amor adúltero olvidadas en algún cajón de la cómoda. Al cura, una vez descubierto el pastel, lo enviaron lejos, la historia se rompió y en los inicios de nuestra amistad aún vivían ambos (Román y Pilar) bajo el mismo techo, pero en diferentes habitaciones y sin apenas dirigirse la palabra. Yo venía de un hogar unido, todo cuanto había visto entre mis padres era respeto, cariño y confianza, así que fue un golpe el saber de una realidad tan dañada, de una familia tan desestructurada. Imagino lo que debe ser vivir bajo el mismo techo con alguien a quien amaste pero que ahora te desprecia. Incluso un día, delante mío, Pilar llamó calzonazos a su marido. Él no respondió nada, aguantó como pudo la humillación continua. Hasta que también de allí le expulsaron, ignoro de qué manera y con qué excusas (me parece recordar algo de unas obras en el piso y la necesidad de que abandonara, "por un tiempo", su dormitorio). Regresó a casa de su madre viuda. Román no gozaba de buena salud, en el 96 le ingresaron por una tromboflebitis en la pierna durante más de una semana. Sólo espero –y deseo– que estos últimos años haya podido ser medianamente feliz. Da miedo comprobar que ninguna ley no escrita nos garantiza, al nacer, una vida llena de venturas. La de don Román, el viejo y vencido profesor de EGB, estuvo llena de sinsabores.
Anoche volví a romper mi promesa de no salir entre semana (por tercer día consecutivo... me pregunto qué fuerza de voluntad tengo: ninguna) y tomé unas cervezas con M y E en el Angie. Era la primera salida nocturna de él tras su gripazo, con lo que todavía no estaba del todo bien. En principio se iba a quedar en mi casa a dormir, por no volverse a Lavapiés con el frío intenso que caía fuera a cuchillo, pero le comenzó a doler la cabeza y nos abandonó antes de lo previsto. Nosotros cerramos el local, eran más de las cuatro cuando nos despedimos en la esquina de Corredera Alta con San Vicente Ferrer. Estuvo bien.
Supe ayer, a través de Daniel P, que su tío Román murió hace una semana. El padre de quien fuera, por muchos años, mi mejor amigo. Menuda temporadita llevamos. Le recuerdo como un hombre feo, de enorme cabeza casi despoblada de pelo, una manera de hablar que podía resultar cómica –y para sus alumnos en el colegio, sin duda, fuente de inspiración para bromas y chanzas– y un magnífico fondo. Era un tipo de una bondad a prueba de apodos estudiantiles, desengaños amorosos y batacazos vitales. Tenía setenta y dos años, vivía desde hace más de una década con su madre (que le sobrevive, pobre mujer) y portaba un aura de tristeza, de dulce rendición, con gran dignidad. Debió de casarse muy enamorado, allá por el 60 o el 61, pero con el tiempo su matrimonio se torció. Pilar, su ex, no me parece un ser ni muy maduro ni muy equilibrado emocionalmente: en las fotografías de la boda, se la ve jovencita e ingenua, con un parecido asombroso con la más pequeña de sus hijos, Belén; para cuando yo la conocí, a mediados de los ochenta, era una arpía de labios finos, apretados en un gesto de enfado permanente, lengua viperina y muy cotilla. Bastante poco inteligente también. Ella se lió con un cura del colegio donde el pobre Román daba clase, así que, al estallar la cosa, el escándalo fue mayúsculo y marcó para siempre a toda la familia.
Ana, una de las mayores, recordaba haber hecho un viaje con Pilar al pueblo de los padres del sacerdote, y cómo a media noche se había despertado para comprobar que su madre no estaba en la cama de al lado. Durante el tiempo que duró su estancia allí, cada noche Pilar salía a hurtadillas del cuarto para encontrarse con su amante. Ana rondaría los doce o trece años. Y nunca lo olvidó. Roberto O, por su parte, además de las broncas monumentales que hubo de presenciar, todavía mucho después se encontró cartas del amor adúltero olvidadas en algún cajón de la cómoda. Al cura, una vez descubierto el pastel, lo enviaron lejos, la historia se rompió y en los inicios de nuestra amistad aún vivían ambos (Román y Pilar) bajo el mismo techo, pero en diferentes habitaciones y sin apenas dirigirse la palabra. Yo venía de un hogar unido, todo cuanto había visto entre mis padres era respeto, cariño y confianza, así que fue un golpe el saber de una realidad tan dañada, de una familia tan desestructurada. Imagino lo que debe ser vivir bajo el mismo techo con alguien a quien amaste pero que ahora te desprecia. Incluso un día, delante mío, Pilar llamó calzonazos a su marido. Él no respondió nada, aguantó como pudo la humillación continua. Hasta que también de allí le expulsaron, ignoro de qué manera y con qué excusas (me parece recordar algo de unas obras en el piso y la necesidad de que abandonara, "por un tiempo", su dormitorio). Regresó a casa de su madre viuda. Román no gozaba de buena salud, en el 96 le ingresaron por una tromboflebitis en la pierna durante más de una semana. Sólo espero –y deseo– que estos últimos años haya podido ser medianamente feliz. Da miedo comprobar que ninguna ley no escrita nos garantiza, al nacer, una vida llena de venturas. La de don Román, el viejo y vencido profesor de EGB, estuvo llena de sinsabores.
Anoche volví a romper mi promesa de no salir entre semana (por tercer día consecutivo... me pregunto qué fuerza de voluntad tengo: ninguna) y tomé unas cervezas con M y E en el Angie. Era la primera salida nocturna de él tras su gripazo, con lo que todavía no estaba del todo bien. En principio se iba a quedar en mi casa a dormir, por no volverse a Lavapiés con el frío intenso que caía fuera a cuchillo, pero le comenzó a doler la cabeza y nos abandonó antes de lo previsto. Nosotros cerramos el local, eran más de las cuatro cuando nos despedimos en la esquina de Corredera Alta con San Vicente Ferrer. Estuvo bien.