Diario de Madrid
Sindicación
 
BARBACOA FAMILIAR
Este verano, mis padres me invitaron a una barbacoa en su casa. Estamos tratando de redefinir (qué bien, y políticamente correcto, suena esto) nuestra relación, que ha pasado por tantos altos y bajos. A raíz de la enfermedad y muerte de abuelita, hice un esfuerzo y volví a tratarlos, después de casi tres años sin apenas dirigirnos la palabra. Ahora, ambas partes realizamos ímprobos esfuerzos por llevarnos bien y restañar viejas, viejísimas heridas. La barbacoa de ese sábado de agosto fue, pues, una gran pipa de la paz que nos fumamos entre todos.
Llegué al pueblo donde viven ahora (creo que se llama Entrambasaguas) alrededor de las cinco, en una tarde de cielos azules y calor intenso, perfecta como marco para una de esas reuniones familiares que siempre hicieron las delicias de dramaturgos del teatro del absurdo y directores de cine (si suecos, mejor) en general. Íbamos a ser diez a cenar. A saber, papá y mamá, los tíos B&P, L&R, Li&M y la tía V, sin su marido, que andaba navegando por aguas del Oriente Próximo. Guau, menuda representación de la familia. A muchos de ellos hacía años que no les veía, y me invadía una mezcla de curiosidad morbosa y de temor (por qué no admitirlo) a lo que pudiera resultar de la mezcla. La cosa podía ir muy bien o muy mal. Y la cosa fue, efectivamente, muy bien y muy mal. Mis tíos (todos por la parte de papá) llegaron escalonadamente al chalet, visitaron la casa, alabaron el buen gusto de mamá como decoradora y comenzaron a posicionarse en torno a la mesa del jardín, donde un poco más tarde nos daríamos el homenaje. A B&P, que viven aquí en Madrid, los encontré mayores, son casi una pareja de ancianitos, llenos de hijos y de nietos por los cuatro costados. Siempre me cayó bien él, general en la reserva del ejército, un tipo con el sentido del humor ágil y una manera de guiñar el ojo, cuando yo era pequeño, que siempre me hizo sentir a gusto y confiado. No bien me vieron, ella (hermana mayor de mi padre) me dio dos besos de lo más falsos y me soltó que estoy muy delgado.
-Estás muy delgado, ¿no?
-¿Tú crees? Yo me veo como siempre.
-No, no, estás mucho más delgado. Claro, que con la vida que debes hacer en Madrid...
Dos frases y ya me había clavado el estilete. Qué bien. Inmediatamente después, le tocó el turno a su señor esposo, que enfiló muy serio hacia donde me encontraba, me tendió la mano muy serio y, muy serio, me dijo que de cuando en cuando me lee. Dios, con el tonillo que empleó quedó clarísimo que no sólo me lee sino que no aprueba ni de coña lo que escribo. Supongo que resulta demasiado liberal para su ser español y militar a ultranza.
A lo largo de la barbacoa se habló, sobre todo, de política. Ahora en Cantabria, con el cambio de Gobierno, la gente está muy esquinada en sus opiniones. Es a favor o en contra, sin término medio desde el que conversar de un modo pausado. El general, cuando se refería a Zapatero le llamaba Rodríguez (será que a su nariz finamente aristocrática le huelen mal todos los apellidos que no sean compuestos y tengan pedigree), y llegó a decir, refiriéndose a los matrimonios gays, que dentro de poco, a este paso, el pastor podría casarse con la oveja a la que se folla. Muchas risas y alguna que otra mirada intranquila (de mamá a papá, temiéndose que yo saltara y montara un pollo). Pero no hizo falta. La tía M salió en defensa de la política social de Rodríguez (Zapatero) y le faltó el canto de un duro para pegarse con B, que, al comentario de "es que tú te mueves en un ambiente muy conservador, de la extrema derecha del ejército", enarcó una ceja, se ofendió un poco (parecía una gallina clueca protestando por lo que le habían dicho) y luego ya estuvo calladita, por si acaso.
Yo le pegué bien al vino y a la cerveza, charlé por los codos con Li, hermano pequeño de papá y uno de mis tíos preferidos, aluciné con algunas de las cosas que allí se dijeron y me dediqué de lleno a la barbacoa, que estas reuniones taaan familiares me dan un hambre de caballo, mira tú.
Casi al final de toda la movida, V (la mujer de mi tío el marino) soltó la siguiente perla:
-Cuando era joven siempre estaba fantaseando con cómo serían mis hijos... Lo que más me apetecía era casarme y tener hijos para ser una buena ama de casa. Y Dios me ha bendecido.
La madre que me parió. Tuve que pegarle un trago a la cerveza para que no se me leyera en la cara lo que pensaba de la pobre V y sus aspiraciones de juventud. ¿No es un poco triste en una mujer de 48 años? El día que el marino vuelva a casa para siempre, los niños le crezcan del todo y se den al botellón (primero) y se vayan de casa (segundo), a ésta le da el patatús, se nos deprime y descubre que ha tirado por la borda toda su vida de servicio y sumisión. Lástima.
No