PÉSAME
Por fin regresó E B a la redacción. Cuando llegué, hube de obligarme a entrar en su despacho para darle el pésame, él lo hizo en su momento con abuelita y no podía comportarme como si su madre no hubiera muerto esta semana pasada. Pero las palabras, si se repiten hasta la saciedad durante siglos de cultura, dicen tan poco... mi más sentido pésame, te acompaño en el sentimiento, descansó el (la) pobre. Son fórmulas milenarias que acallan la mala conciencia de quien las dice. ¿Realmente acompaño a esta persona en el sentimiento?, ¿siento como ella, puedo ponerme en su lugar por algo más de unos segundos y compartir un dolor tan personal?, ¿soy consciente de lo devastadora que haya podido resultar esta muerte para la persona en cuestión? Siempre me veo muy falso en estas situaciones, nada cómodo con el papel que toca representar, quisiera poseer el don de la sanación que el lenguaje, por manido, me niega. Yo a la madre de E B no llegué a conocerla, no puedo sentir pesar por un fallecimiento que ni me roza, de tan ajeno que es a mí. Uno suelta, sin pestañear, la consabida letanía y enseguida se da media vuelta y bromea con el compañero de mesa. La vida sigue. Nada ni nadie se va a detener por una desgracia personal (ni tampoco por una colectiva): el sol continúa su amanecer y su ocaso, los amores surgen por las esquinas con la primavera y casi nunca sobreviven al final del verano, los bebés nacen y engordan a lo largo de meses, las tristezas y alegrías se suceden en una danza vertiginosa. ¿Qué es una muerte sino un fin necesario?
Lo único que le dije –porque soy muy consciente de todo lo anterior– fue que entendía el proceso por el que está pasando. Que, aunque no es comparable una abuela con una madre (pero aquí habría mucho que discutir, de hecho, yo lo discuto), no hace aún un año que pasé por algo similar. Me comentó que ha sido terrible, un mazazo del que le va a costar recuperarse: estaba muy unido a ella y ni siquiera pudo verla despierta, ya había entrado en coma para cuando él pudo llegar a Santander. Al parecer fue muy repentino, la mujer era una persona activa, "llena de vida". Lo que parecía una gripe se complicó en neumonía, los médicos no supieron verlo a tiempo y fin de la historia. Cómo, en estos casos, uno se da cuenta de lo efímero que resulta todo. Pobre hombre, le entiendo perfectamente. Estuvimos un rato largo en el despacho, creo que comunicándonos de verdad, me parece que era evidente que yo no estaba haciendo el paripé.
Esto es una carrera hacia la disolución y la nada. Cuando el zarpazo de la guadaña nos toca de cerca, las dimensiones de nuestro día a día se vuelven mínimas, desaparecen: ¿para qué me levanto cada mañana?, ¿por qué esta lucha feroz por la supervivencia? Allá en el horizonte, antes o después, también a nosotros nos espera el hoyo. Cuando yo muera, ¿se acordará alguien de mí? Y en el caso de que así sea, ¿a mí qué coño me importa? Uno no cree en el más allá, ni en la resurrección de ninguna carne, ni en cielos o infiernos que premien y castiguen, así que lo único que me resta es este discurrir cotidiano. Y es bello estar vivo, vaya que sí, soy el primero que se alegra cada mañana por seguir aquí. Pero hacer el viaje sin aquellos a quienes quisimos... a veces se vuelve intolerable. Sé que abuelita ha muerto porque la vi, como un muñeco cerúleo que recordaba vagamente a quien era, dentro del ataúd. Las veces que he acompañado a mi abuelo al cementerio, sin embargo, hube de hacer un esfuerzo de comprensión para entender que tras la lápida del nicho (una piedra lisa con su nombre, apellidos, edad y fecha de fallecimiento), está el cuerpo de mi abuela en descomposición. ¿Y el alma? Su espíritu reside en mí, en todos y cada uno de los recuerdos que conservo de ella –y son cientos. Bien poco, la verdad. Daría esos recuerdos (aire en el aire) por que apareciera ahora mismo por la puerta del Colby, con su manera de caminar tan personal, que se sentara a la mesa y me sonriera una vez más. Cogerla de la mano y decirle de nuevo cuánto la quiero. Y pedirle que me contara un cuento, o la sinopsis de una película muda de las que veía de pequeña con su abuela. O que jugáramos a la brisca, aunque me ganara cien veces. Sé que no es posible, pero mi mente se rebela ante la estupidez de una muerte estúpida. Cayó el telón y soy como ese espectador que no comprende que la obra terminó, los actores saludaron y fueron aplaudidos, las luces de las candilejas, una a una, se apagaron: obstinado, me mantengo atento a las bambalinas por si un milagro ocurre y el espectáculo comienza de nuevo. Ha de venir el acomodador e indicarme la salida, por un lateral del edificio. Afuera están en pleno Carnaval. Qué absurdo es todo.
Lo único que le dije –porque soy muy consciente de todo lo anterior– fue que entendía el proceso por el que está pasando. Que, aunque no es comparable una abuela con una madre (pero aquí habría mucho que discutir, de hecho, yo lo discuto), no hace aún un año que pasé por algo similar. Me comentó que ha sido terrible, un mazazo del que le va a costar recuperarse: estaba muy unido a ella y ni siquiera pudo verla despierta, ya había entrado en coma para cuando él pudo llegar a Santander. Al parecer fue muy repentino, la mujer era una persona activa, "llena de vida". Lo que parecía una gripe se complicó en neumonía, los médicos no supieron verlo a tiempo y fin de la historia. Cómo, en estos casos, uno se da cuenta de lo efímero que resulta todo. Pobre hombre, le entiendo perfectamente. Estuvimos un rato largo en el despacho, creo que comunicándonos de verdad, me parece que era evidente que yo no estaba haciendo el paripé.
Esto es una carrera hacia la disolución y la nada. Cuando el zarpazo de la guadaña nos toca de cerca, las dimensiones de nuestro día a día se vuelven mínimas, desaparecen: ¿para qué me levanto cada mañana?, ¿por qué esta lucha feroz por la supervivencia? Allá en el horizonte, antes o después, también a nosotros nos espera el hoyo. Cuando yo muera, ¿se acordará alguien de mí? Y en el caso de que así sea, ¿a mí qué coño me importa? Uno no cree en el más allá, ni en la resurrección de ninguna carne, ni en cielos o infiernos que premien y castiguen, así que lo único que me resta es este discurrir cotidiano. Y es bello estar vivo, vaya que sí, soy el primero que se alegra cada mañana por seguir aquí. Pero hacer el viaje sin aquellos a quienes quisimos... a veces se vuelve intolerable. Sé que abuelita ha muerto porque la vi, como un muñeco cerúleo que recordaba vagamente a quien era, dentro del ataúd. Las veces que he acompañado a mi abuelo al cementerio, sin embargo, hube de hacer un esfuerzo de comprensión para entender que tras la lápida del nicho (una piedra lisa con su nombre, apellidos, edad y fecha de fallecimiento), está el cuerpo de mi abuela en descomposición. ¿Y el alma? Su espíritu reside en mí, en todos y cada uno de los recuerdos que conservo de ella –y son cientos. Bien poco, la verdad. Daría esos recuerdos (aire en el aire) por que apareciera ahora mismo por la puerta del Colby, con su manera de caminar tan personal, que se sentara a la mesa y me sonriera una vez más. Cogerla de la mano y decirle de nuevo cuánto la quiero. Y pedirle que me contara un cuento, o la sinopsis de una película muda de las que veía de pequeña con su abuela. O que jugáramos a la brisca, aunque me ganara cien veces. Sé que no es posible, pero mi mente se rebela ante la estupidez de una muerte estúpida. Cayó el telón y soy como ese espectador que no comprende que la obra terminó, los actores saludaron y fueron aplaudidos, las luces de las candilejas, una a una, se apagaron: obstinado, me mantengo atento a las bambalinas por si un milagro ocurre y el espectáculo comienza de nuevo. Ha de venir el acomodador e indicarme la salida, por un lateral del edificio. Afuera están en pleno Carnaval. Qué absurdo es todo.
Comentario:
Cuando pierdes a alguien, la vida sigue y tu estás como parado con tu dolor. Todo te parece absurdo.
Pero tarde o temprano tienes que volver al mundo y seguir adelante.
Creo que lo has definido muy bien. Una pérdida es un teatro vacío mientras fuera siempre es carnaval.
Pero tarde o temprano tienes que volver al mundo y seguir adelante.
Creo que lo has definido muy bien. Una pérdida es un teatro vacío mientras fuera siempre es carnaval.
Comentario:
A mi también me choca siempre el típico "te acompaño en el sentimiento".....cuando ni conoces al muerto y casi no conoces al afectado por la muerte, porque, si al menos conoces a éste último, puedes sentirte mal por el proceso que pasan, desde una perspectiva empática.
Por otro lado, lo de las muertes y la composición social que las rodea siempre me recuerda al pueblo de mi padre, donde el entierro de la semana se anuncia en carteles por las principales calles y todo el mundo va en plan acto social...
Por otro lado, lo de las muertes y la composición social que las rodea siempre me recuerda al pueblo de mi padre, donde el entierro de la semana se anuncia en carteles por las principales calles y todo el mundo va en plan acto social...