NUEVO VIAJE A LA VISTA
En La Antorcha. El tema de la caldera anda en vías de solucionarse: después de un amago de inundación (que se quedó en nada, aunque pudo haber sido muy serio), los caseros llamaron al fontanero y allá los he dejado a todos desmontando la vieja y colocando la nueva. Volverán, aparte de las oscuras golondrinas, las duchas de agua caliente en mi bañera sus gotitas a repicar. Qué bien.
Acabo de hablar con Ma, que me cuenta sus últimas aventuras sexuales –se miden por número de pollas al día y tamaño de éstas– y los problemas, cercanos a lo marital, con J, su compañero de piso y ex rollo corneliano. En un momento dado, cuando me preguntó qué tal estaba de lo mío (léase mis irritados bajos a causa de la puñetera psoriasis invertida), le contresté que casi curado del todo: y la libido –bajísima en los últimos dos meses– disparada y por las nubes.
–Veo un tío bueno por la calle y me revoluciono. No puedo evitar el imaginarlo sin ropa, desnudo en mi cama. Sus muslos suaves al tacto, el vientre plano y palpitando, un culo bien redondo...
–No sigas, que me pongo–, se reía.
–Chico, tengo las hormonas a cien por hora.
–Oye, Cornelio... ¿Qué haces en Semana Santa?
–Nada. Me quedo en Madrid: el finde del 19, que es el Día del Padre, iré a Santander para ver a mi abuelo, pero después no tengo planes.
–Yo voy a Lisboa a casa de mis padres. ¿Y si te vienes conmigo? Casa hay, pagamos la gasolina a medias y nos corremos una buena juerga: conozco a mucha gente allí y nos lo podemos pasar en grande.
–Suena bien. Así me desquito del mal sabor de boca de principios de diciembre... Sí, hecho: vamos a Lisboa.
–Guay, tío. Pero una cosa, se lo he propuesto también a J. No creo que, después de los feos que me ha hecho últimamente, se atreva a venir. Por si acaso no le digas nada de que te vienes tú, es capaz de apuntarse para ver si se acuesta contigo.
–Uff, qué pereza... Mejor nos callamos como muertos.
Visto y no visto, de repente hay planazo para dentro de quince días. Me seduce la idea de regresar –esta vez de la mano de un nativo– a esa ciudad que tantos posibles despliega. Unos días de frivolidad, drogas y sexo por todo lo alto... Para entonces se supone que ya habré cobrado la extra, con lo que no hay problemas de dinero y sí muchas ganas de marcha: con Ma, ésta la tengo garantizada.
Anoche pasé por el Gris con E y Evísima, en parte por el repor de bares, en parte porque hacía mucho que no iba por allí y me apetecía. Luego terminamos en el Escape, remozado por dentro en tonos verdes y con metálicos por todas partes: había muy poca gente, y menos que habrá si son estrictos en la nueva política del bar. El portero nos miró de arriba abajo y berreó que por esta vez pasábamos, pero que en adelante debíamos calzar zapatos, no zapatillas de deporte. Vale que uno gasta un look muy poco fashion, con deportivas, el abrigo marrón a lo Resistencia francesa y un sombrero calado, pero estábamos en Chueca, no en Serrano, y los gays van mayoritariamente en zapas, no con calzado "normal". Además, muchas deportivas son dos y tres veces más caras que cualquier zapato. Ellos sabrán: yo, desde luego, no vuelvo a pisar por allí.
El teatro del sábado no me entusiasmó. Los mejores momentos de los Monty Python, mira tú qué bien. Llegué al Alfil con la lengua a la altura de las rodillas, de lo mucho que corrí para ser puntual (una llamada de Alejandra, de paso por Madrid y que quería verme, desestabilizó mis planes). Estuvimos J&A, R, Anuska y yo. Por su cuenta y en la zona de arriba (porque llegaron tarde), E y Eva. Luego tomé con ellos una caña rápida en El pez gordo y enseguida cambié de decorado para encontrarme con P** en La Tetería de la calle Minas. Fue por poco tiempo, él había quedado para cenar con unos amigos. Nos reímos bastante de lo ridículos que son ciertos personajes a quienes ambos conocemos, la capacidad de autoengaño que los pobres exhiben, cómo se atreven (la ignorancia, que es muy mala) a juzgar a los demás sin conocerlos siquiera, amparados en una supuesta capacidad para distinguir el bien del mal, y cómo van pidiendo a gritos un buen batacazo en la vida que les ponga los pies en el suelo... Después nos desentendimos del tema, que da para unos cuantos chistes pero no para mucho más. Hubo un momento en que le hubiera agarrado de la mano para arrastrarlo corriendo a la cama y echar un polvo (hubiera sido polvazo), pero no había tiempo y ahí se quedó la cosa. Cuando nos despedimos, a la altura de los cines Luna, de nuevo el deseo imperioso de aplastarlo contra el hueco de un portal oscuro y besarle salvajemente. De nuevo fui buen chico y no hice nada.
Acabo de hablar con Ma, que me cuenta sus últimas aventuras sexuales –se miden por número de pollas al día y tamaño de éstas– y los problemas, cercanos a lo marital, con J, su compañero de piso y ex rollo corneliano. En un momento dado, cuando me preguntó qué tal estaba de lo mío (léase mis irritados bajos a causa de la puñetera psoriasis invertida), le contresté que casi curado del todo: y la libido –bajísima en los últimos dos meses– disparada y por las nubes.
–Veo un tío bueno por la calle y me revoluciono. No puedo evitar el imaginarlo sin ropa, desnudo en mi cama. Sus muslos suaves al tacto, el vientre plano y palpitando, un culo bien redondo...
–No sigas, que me pongo–, se reía.
–Chico, tengo las hormonas a cien por hora.
–Oye, Cornelio... ¿Qué haces en Semana Santa?
–Nada. Me quedo en Madrid: el finde del 19, que es el Día del Padre, iré a Santander para ver a mi abuelo, pero después no tengo planes.
–Yo voy a Lisboa a casa de mis padres. ¿Y si te vienes conmigo? Casa hay, pagamos la gasolina a medias y nos corremos una buena juerga: conozco a mucha gente allí y nos lo podemos pasar en grande.
–Suena bien. Así me desquito del mal sabor de boca de principios de diciembre... Sí, hecho: vamos a Lisboa.
–Guay, tío. Pero una cosa, se lo he propuesto también a J. No creo que, después de los feos que me ha hecho últimamente, se atreva a venir. Por si acaso no le digas nada de que te vienes tú, es capaz de apuntarse para ver si se acuesta contigo.
–Uff, qué pereza... Mejor nos callamos como muertos.
Visto y no visto, de repente hay planazo para dentro de quince días. Me seduce la idea de regresar –esta vez de la mano de un nativo– a esa ciudad que tantos posibles despliega. Unos días de frivolidad, drogas y sexo por todo lo alto... Para entonces se supone que ya habré cobrado la extra, con lo que no hay problemas de dinero y sí muchas ganas de marcha: con Ma, ésta la tengo garantizada.
Anoche pasé por el Gris con E y Evísima, en parte por el repor de bares, en parte porque hacía mucho que no iba por allí y me apetecía. Luego terminamos en el Escape, remozado por dentro en tonos verdes y con metálicos por todas partes: había muy poca gente, y menos que habrá si son estrictos en la nueva política del bar. El portero nos miró de arriba abajo y berreó que por esta vez pasábamos, pero que en adelante debíamos calzar zapatos, no zapatillas de deporte. Vale que uno gasta un look muy poco fashion, con deportivas, el abrigo marrón a lo Resistencia francesa y un sombrero calado, pero estábamos en Chueca, no en Serrano, y los gays van mayoritariamente en zapas, no con calzado "normal". Además, muchas deportivas son dos y tres veces más caras que cualquier zapato. Ellos sabrán: yo, desde luego, no vuelvo a pisar por allí.
El teatro del sábado no me entusiasmó. Los mejores momentos de los Monty Python, mira tú qué bien. Llegué al Alfil con la lengua a la altura de las rodillas, de lo mucho que corrí para ser puntual (una llamada de Alejandra, de paso por Madrid y que quería verme, desestabilizó mis planes). Estuvimos J&A, R, Anuska y yo. Por su cuenta y en la zona de arriba (porque llegaron tarde), E y Eva. Luego tomé con ellos una caña rápida en El pez gordo y enseguida cambié de decorado para encontrarme con P** en La Tetería de la calle Minas. Fue por poco tiempo, él había quedado para cenar con unos amigos. Nos reímos bastante de lo ridículos que son ciertos personajes a quienes ambos conocemos, la capacidad de autoengaño que los pobres exhiben, cómo se atreven (la ignorancia, que es muy mala) a juzgar a los demás sin conocerlos siquiera, amparados en una supuesta capacidad para distinguir el bien del mal, y cómo van pidiendo a gritos un buen batacazo en la vida que les ponga los pies en el suelo... Después nos desentendimos del tema, que da para unos cuantos chistes pero no para mucho más. Hubo un momento en que le hubiera agarrado de la mano para arrastrarlo corriendo a la cama y echar un polvo (hubiera sido polvazo), pero no había tiempo y ahí se quedó la cosa. Cuando nos despedimos, a la altura de los cines Luna, de nuevo el deseo imperioso de aplastarlo contra el hueco de un portal oscuro y besarle salvajemente. De nuevo fui buen chico y no hice nada.