Diario de Madrid
Sindicación
 
NOCHE DE JUERGA
Aún atontado tras la farra de ayer, que fue de órdago. Salimos los de siempre más Charo, la redactora de Málaga, Miguel y un amigo suyo. Perdí la cuenta de las cervezas que bebí y las pavadas que dije. Al principio, la gente estaba como inhibida, no terminaban de encajar los unos con los otros. Se formaron dos grupos, los chicos por un lado y las chicas por el suyo. Más tarde, en cuanto el alcohol fue calentándonos las venas, ya fuimos todos muy colegas, como si nos conociéramos de toda la vida. Los elementos extraños encajaron sin problema. La reina de la fiesta fue Charo. E le ponía ojos golositos. La niña es –como diría un abuelete– una real hembra. Mirada dulce, curvas por las que perderse y marearse, un rostro muy agradable y todo el gracejo del sur en la voz aterciopelada, susurrante. Ella se dejaba querer, pero yo creo que de un modo inconsciente, como quien no sabe que es el vórtice de los deseos. Javi resoplaba de cuando en cuando, como diciendo "qué buena está esta tía", a mí me hacía gracia el juego erótico festivo de (casi) todos con ella. Miguel también rondaba a la víctima propiciatoria, con gestos calculados de cazador nocturno, movimientos lentos, cada vez más cerca de la pieza a cobrar (si alguien se la lleva, por lo que entreví anoche, será él). R bailaba enloquecida, girando sobre sí misma como una peonza, con mucha gestualidad a lo Sarah Bernard, mientras el amigo de Miguelón me contaba algo que no me interesaba gran cosa, la verdad. Lo pasé muy bien, y quise coronar la noche con E en casa, viendo Aquí no hay quien viva mientras tomábamos cerveza gentileza de la casa (léase mi prima Anita, que ayer por la tarde se fue a Santander para la boda de una tía suya y me había dejado cerveza en la nevera y dos porros sobre la mesa del salón). No aguanté ni dos asaltos, en cuanto le di una calada al canuto el salón comenzó a dar vueltas y ya no fui capaz de seguir la trama de la serie. Le di unas llaves a E para que pudiera salir y yo me desmayé sobre la cama después de recorrer el pasillo –que se me hizo larguísimo– dando tumbos.
La mañana ha discurrido frente al televisor, en bata y zapatillas, con las gafas puestas y muy, muy pocas ganas de ponerme en marcha. Terminé de ver el capítulo que había dejado a medias mientras hacía acopio de fuerzas para levantarme, ir al baño, ponerme las lentillas y darme una ducha. No hubo manera hasta más allá de las tres. Ahora son las cuatro de la tarde y me tomo el primer café del día en el BAires, a ver si me entono un poco y soy capaz de rendir en el trabajo. Hoy me toca noche, y ni siquiera tengo preparado el local del que hablar. Ay, igualito que a los dieciocho en la facultad, algunas cosas nunca cambiarán. De todos modos, tampoco me preocupo, por algún lugar saldrá el sol (aunque sea por Antequera). Además, ayer me curré la columna para nada: como era muy cañera con Esperanza Aguirre, decidieron que no podía publicarse, porque el periódico ha firmado una publicidad muy jugosa con el Gobierno regional y no era plan de estropearle el desayuno a Espe con un artículo crítico. Anda y que les den. He guardado el texto, que me gusta, y para cuando vuelva E B –en Santander durante toda la semana, su madre falleció hace dos días– se lo enseñaré para que decida o no su publicación. Confío en la manga ancha que siempre ha mostrado para conmigo. Debo de estar aprendiendo a contenerme con el tiempo, porque hace bien poco me hubieran cabreado muchísimo los tijeretazos de la censura. Ayer, en cambio, acepté los hechos sin rechistar (y ML R se sorprendió, porque esperaba que me rebelara más). Arrieros somos.
 
Comentario:
Vaya, así que estamos en épocas de censuras aún, no, si ya me lo imaginaba yo, por eso a las noticias ni plim.

Sigo leyendo.
 
Comentario:
No recuerdo bien la noche en la que sucedió y, ni tan siquiera, sé si ocurrió de verdad; es más, siéndote sincero, si me propusiera volver a aquel lugar, creo que no sería capaz de lograrlo por mi mismo sin acabar vagando sin rumbo por unas calles que me son, en cierto modo, desconocidas.
Mi guía particular, mi Campanilla de una noche apenas recién conocida, nos guió hasta allí.¡Como lucía mientras la seguíamos! Y aún lo sigue haciendo.
Tu hablaste de efebos, yo de música; tu estabas en un lado, yo en otro; tú debías querer acercarte: y no lo hiciste.
Un saludo.
 
Comentario:
Debe ser una verdadera putada que te empeñes y escribas algo con lo que te sientas satisfecho y luego te hagan eso...ainss...

Besotes
No